—Quisiera, señor Francisco (que así habia dicho él que se llamaba), haberos hecho tantas buenas obras, que os obligara á no negarme cualquiera cosa que pudiera ó quisiera pediros; pero el poco tiempo que há que os conozco, no ha dado lugar á ello: podria ser que en el que está por venir conociésedes lo que merece mi deseo; y si al que ahora tengo no gustáredes de satisfacer, no por eso dejaré de ser vuestro servidor, como lo soy tambien ántes que os le descubra. Quiero tambien que sepais que aunque tengo tan pocos años como los vuestros, tengo mas esperiencia de las cosas de mundo que ellos prometen, pues con ella he venido á sospechar que vos no sois varon como vuestro traje lo muestra, sino mujer, y tan bien nacida como vuestra hermosura publica, y quizá tan desdichada como lo da á entender la mudanza del traje; pues jamas tales mudanzas son por bien de quien las hace: si es verdad lo que sospecho, decídmelo, que os juro por la fe de caballero que profeso, de ayudaros y serviros en todo aquello que pudiere. De que seais mujer, no me lo podeis negar, pues por las ventanas de vuestras orejas se ve esta verdad bien clara, y habeis andado descuidada en no cerrar y disimular esos agujeros con alguna cera encarnada, que pudiera ser que otro tan curioso como yo y no tan honrado, sacara á luz lo que vos tan mal habeis sabido encubrir: digo que no dudeis de decirme quién sois, con presupuesto que os ofrezco mi ayuda, y os aseguro el secreto que quisiéredes que tenga.

Con grande atencion estaba el mancebo escuchando lo que Teodoro le decia, y viendo que ya callaba, ántes que le respondiese palabra, le tomó las manos, y llegándoselas á la boca, se las besó por fuerza, y aun se las bañó con gran cantidad de lágrimas que de sus hermosos ojos derramaba, cuyo estraño sentimiento le causó en Teodoro de manera, que no pudo dejar de acompañarle en ellas (propia y natural condicion de mujeres principales enternecerse de los sentimientos y trabajos ajenos); pero despues que con dificultad retiró sus manos de la boca del mancebo, estuvo atenta á ver lo que le respondia, el cual dando un profundo gemido, acompañado de muchos suspiros, dijo:

—No quiero ni puedo negaros, señor, que vuestra sospecha no haya sido verdadera: mujer soy, y la mas desdichada que echaron al mundo las mujeres; y pues las obras que me habeis hecho y los ofrecimientos que me haceis, me obligan á obedeceros en cuanto me mandáredes, escuchad, que yo os diré quién soy (si ya no os cansa oir ajenas desventuras).

—En ellas viva yo siempre, replicó Teodoro, si no llegue el gusto de saberlas á la pena que me darán el ser vuestras, que ya las voy sintiendo como propias mias.

Y tornándole á abrazar, y á hacer nuevos y verdaderos ofrecimientos, el mancebo algo mas sosegado comenzó á decir estas razones.

—En lo que toca á mi patria, la verdad he dicho: en lo que toca á mis padres, no la dije; porque D. Enrique no lo es, sino mi tio, y su hermano D. Sancho mi padre, que yo soy la hija desventurada que vuestro hermano dice que D. Sancho tiene tan celebrada de hermosa, cuyo engaño y desengaño se echa de ver en la ninguna hermosura que tengo: mi nombre es Leocadia: la ocasion de la mudanza de mi traje oiréis ahora. Dos leguas de mi lugar está otro de los mas ricos y nobles de la Andalucía, en el cual vive un principal caballero que trae su origen de los nobles y antiguos Adornos de Génova: este tiene un hijo, que si no es que la fama se adelanta en sus alabanzas, como en las mias, es de los gentiles-hombres que desearse puede. Este pues, así por la vecindad de los lugares, como por ser aficionado al ejercicio de la caza cómo mi padre, algunas veces venia á mi casa, y en ella se estaba cinco ó seis dias, que todos y aun parte de las noches él y mi padre las pasaban en el campo: desta ocasion tomó la fortuna, ó el amor, ó mi poca advertencia la que fué bastante para derribarme de la alteza de mis buenos pensamientos, á la bajeza del estado en que me veo; pues habiendo mirado, mas de aquello que fuera lícito á una recatada doncella, la gentileza y discrecion de Marco Antonio, y considerado la calidad de su linaje y la mucha cantidad de los bienes que llaman de fortuna, que su padre tenia, me pareció que si le alcanzaba por esposo, era toda la felicidad que podia caber en mi deseo: con este pensamiento le comencé á mirar con mas cuidado, y debió de ser sin duda con mas descuido, pues él vino á caer en que yo le miraba; y no quiso ni le fué menester al traidor otra entrada para entrarse en el secreto de mi pecho, y robarme las mejores prendas de mi alma. Mas no sé para qué me pongo á contaros, señor, punto por punto las menudencias de mis amores, pues hacen tan poco al caso, sino deciros de una vez lo que él con muchas de solicitud granjeó conmigo, que fué que habiéndome dado su fe y palabra, debajo de grandes, á mi parecer, firmes y cristianos juramentos de ser mi esposo, me ofrecí á que hiciese de mí todo lo que quisiese; pero aun no bien satisfecha de sus juramentos y palabras, porque no se las llevase el viento, hice que las escribiese en una cédula que él me dió firmada de su nombre, con tantas circunstancias y fuerzas escrita, que me satisfizo. Recebida la cédula, di traza como una noche viniese de su lugar al mio, y entrase por las paredes de un jardin á mi aposento, donde sin sobresalto alguno podia coger el fruto que para él solo estaba destinado. Llegóse en fin la noche por mí tan deseada.

Hasta este punto habia estado callando Teodoro, teniendo pendiente el alma de las palabras de Leocadia, que con cada una dellas le traspasaba el alma, especialmente cuando oyó el nombre de Marco Antonio, y vió la peregrina hermosura de Leocadia, y consideró la grandeza de su valor con la de su rara discrecion, que bien lo mostraba en el modo de contar su historia. Mas cuando llegó á decir: llegó la noche por mí tan deseada, estuvo por perder la paciencia, y sin poder hacer otra cosa le salteó la razon, diciendo:

—¿Y bien? así como llegó esa felicísima noche, ¿que hizo? ¿entró por dicha? ¿gozásteisle? ¿confirmó de nuevo la cédula? ¿quedó contento en haber alcanzado de vos lo que decís que era suyo? ¿súpolo vuestro padre, ó en que pararon tan honestos y sabios principios?

—Pararon, dijo Leocadia, en ponerme de la manera que veis, porque no le gocé, ni me gozó, ni vino al concierto señalado.

Respiró con estas razones Teodosia, detuvo los espíritus que poco á poco la iban dejando, estimulados y apretados de la rabiosa pestilencia de los celos, que á mas andar se le iban entrando por los huesos y médulas, para tomar entera posesion de su paciencia; mas no la dejó tan libre, que no volviese á escuchar con sobresalto lo que Leocadia prosiguió, diciendo: