—No solamente no vino, pero de allí á ocho dias supe por nueva cierta que se habia ausentado de su pueblo y llevado de casa de sus padres á una doncella de su lugar, hija de un principal caballero, llamada Teodosia, doncella de estremada hermosura y de rara discrecion; y por ser de tan nobles padres, se supo en mi pueblo el robo, y luego llegó á mis oidos, y con él la fria y temida lanza de los celos que me pasó el corazon, y me abrasó el alma en fuego tal, que en él se hizo ceniza mi honra y se consumió mi crédito, se secó mi paciencia y se acabó mi cordura: ¡Ay de mí, desdichada! que luego se me figuró en la imaginacion Teodosia mas hermosa que el sol, y mas discreta que la discrecion misma, y sobre todo mas venturosa que yo sin ventura. Leí luego las razones de la cédula, vilas firmes y valederas, y que no podian faltar en la fe que publicaban; y aunque á ellas como á cosa sagrada se acogiera mi esperanza, en cayendo en la cuenta de la sospechosa compañía que Marco Antonio llevaba consigo, daba con todas ellas en el suelo: maltraté mi rostro, arranqué mis cabellos, maldije mi suerte, y lo que mas sentia era no poder hacer estos sacrificios á todas horas, por la forzosa presencia de mi padre: en fin, por acabar de quejarme sin impedimento ó por acabar la vida, que es lo mas cierto, determiné dejar la casa de mi padre; y como para poner por obra un mal pensamiento parece que la ocasion facilita y allana todos los inconvenientes, sin temor alguno hurté á un paje de mi padre sus vestidos, y á mi padre mucha cantidad de dineros, y una noche, cubierta con su negra capa, salí de casa, y á pié caminé algunas leguas, y llegué á un lugar que se llama Osuna, y acomodándome en un carro, de allí á dos dias entré en Sevilla, que fué haber entrado en la seguridad posible para no ser hallada, aunque me buscasen: allí compré otros vestidos y una mula, y con unos caballeros que venian á Barcelona con priesa por no perder la comodidad de unas galeras que pasaban á Italia, caminé hasta ayer, que me sucedió lo que ya habréis sabido de los bandoleros que me quitaron cuanto traia, y entre otras cosas la joya que sustentaba mi salud y aliviaba la carga de mis trabajos, que fué la cédula de Marco Antonio, que pensaba con ella pasar á Italia, y hallando Marco Antonio presentársela por testigo de su poca fe, y á mí por abono de mi mucha firmeza, y hacer de suerte que me cumpliese la promesa; pero juntamente con esto he considerado que con facilidad negará las palabras que en un papel están escritas, el que niega las obligaciones que debian estar grabadas en el alma: que claro está, que si él tiene en su compañía á la sin par Teodosia, no ha de querer mirar á la desdichada Leocadia: aunque con todo esto pienso morir, ó ponerme en la presencia de los dos, para que mi vista los turbe su sosiego: no piense aquella enemiga de mi descanso gozar tan á poca costa lo que es mio: yo la buscaré, yo la hallaré y yo la quitaré la vida, si puedo.
—¿Pues qué culpa tiene Teodosia, dijo Teodoro, si ella quizá tambien fué engañada de Marco Antonio, como vos, señora Leocadia, lo habeis sido?
—¿Puede ser eso así, dijo Leocadia, si se la llevó consigo? Y estando juntos los que bien se quieren, ¿qué engaño puede haber? Ninguno por cierto: ellos están contentos, pues están juntos, ora estén como suele decirse en los remotos y abrasados desiertos de Libia, ó en los solos y apartados de la helada Escitia: ella le goza sin duda, sea donde fuere, y ella sola ha de pagar lo que he sentido hasta que le halle.
—Podia ser que os engañásedes, replicó Teodosia, que yo conozco muy bien á esa enemiga vuestra que decís, y sé de su condicion y recogimiento que nunca ella se aventuraria á dejar la casa de sus padres ni acudir á la voluntad de Marco Antonio: y cuando lo hubiese hecho, no conociéndoos, ni sabiendo cosa alguna de lo que con él teníades, no os agravió en nada, y donde no hay agravio, no viene bien la venganza.
—Del recogimiento, dijo Leocadia, no hay que tratarme, que tan recosida y tan honesta era yo como cuantas doncellas hallarse pudieran, y con todo eso hice lo que habeis oido: de que él la llevase, no hay duda; y de que ella no me haya agraviado, mirándolo sin pasion, yo lo confieso; mas el dolor que siento de los celos, me la representa en la memoria, bien así como espada que atravesada tengo por mitad de las entrañas, y no es mucho que como á instrumento que tanto me lastima, le procure arrancar dellas y hacerle pedazos: cuanto mas, que prudencia es apartar de nosotros las cosas que nos dañan, y es natural cosa aborrecer las que nos hacen mal y aquellas que nos estorban el bien.
—Sea como vos decís, señora Leocadia, respondió Teodosia, que así como veo que la pasion que sentís no os deja hacer mas acertados discursos, veo que no estais en tiempo de admitir consejos saludables: de mí os sé decir lo que ya os he dicho, que os he de ayudar y favorecer en todo aquello que fuere justo y yo pudiere; y lo mismo os prometo de mi hermano, que su natural condicion y nobleza no le dejarán hacer otra cosa: nuestro camino es á Italia; si gustáredes venir con nosotros, ya poco mas ó ménos sabeis el trato de nuestra compañía: lo que os ruego es, me deis licencia que diga á mi hermano lo que sé de vuestra hacienda, para que os trate con el comedimiento y respeto que se os debe, y para que se obligue á mirar por vos como es razon: junto con esto me parece no ser bien que mudeis de traje; y si en este pueblo hay comodidad de vestiros, por la mañana os compraré los vestidos mejores que hubiere, y que mas os convengan, y en lo demas de vuestras pretensiones, dejad el cuidado al tiempo, que es gran maestro de dar y hallar remedio á los casos mas desesperados.
Agradeció Leocadia á Teodosia, que ella pensaba ser Teodoro, sus muchos ofrecimientos, y dióle licencia de decir á su hermano todo lo que quisiese, suplicándole que no la desamparase, pues veia á cuántos peligros estaba puesta, si por mujer fuese conocida.
Con esto se despidieron y se fueron á acostar, Teodosia al aposento de su hermano, y Leocadia á otro que junto dél estaba.
No se habia aun dormido D. Rafael, esperando á su hermana por saber lo que le habia pasado con el que pensaba ser mujer; y en entrando, ántes que se acostase, se lo preguntó: la cual punto por punto le contó todo cuanto Leocadia le habia dicho, cúya hija era, sus amores, la cédula de Marco Antonio, y la intencion que llevaba. Admiróse D. Rafael, y dijo á su hermana:
—Si ella es la que dice, séos decir, hermana, que es de las mas principales de su lugar, y una de las mas nobles señoras de toda la Andalucía: su padre es bien conocido del nuestro, y la fama que ella tenia de hermosa corresponde muy bien á lo que ahora vemos en su rostro; y lo que desto me parece es que debemos andar con recato, de manera, que ella no hable primero con Marco Antonio que nosotros, que me da algun cuidado la cédula que dice que le hizo, puesto que la haya perdido; pero sosegáos y acostáos, hermana, que para todo se buscará remedio.