Hizo Teodosia lo que su hermano la mandaba, en cuanto al acostarse, mas en lo de sosegarse no fué en su mano, que ya tenia tomada posesion de su alma la rabiosa enfermedad de los celos. ¡Oh cuánto mas de lo que ella era se le representaba en la imaginacion la hermosura de Leocadia, y la deslealtad de Marco Antonio! ¡Oh cuántas veces leia ó fingia leer la cédula que la habia dado! ¡Qué de palabras y razones la añadia, que la hacian cierta y de mucho efecto! ¡Cuántas veces no creyó que se le habia perdido, y cuántas imaginó que sin ella Marco Antonio no dejara de cumplir su promesa, sin acordarse de lo que á ella estaba obligado!
Pasósele en esto la mayor parte de la noche sin dormir sueño. Y no la pasó con mas descanso D. Rafael su hermano; porque así como oyó decir quién era Leocadia, así se le abrasó el corazon en sus amores, como si de mucho ántes para el mismo efeto la hubiera comunicado; que esta fuerza tiene la hermosura, que en un punto, en un momento lleva tras sí el deseo de quien la mira y la conoce: y cuando descubre ó promete alguna via de alcanzarse y gozarse, enciende con poderosa vehemencia el alma de quien la contempla, bien así del modo y facilidad con que se enciende la seca y dispuesta pólvora con cualquiera centella que la toca.
No la imaginaba atada al árbol, ni vestida en el roto traje de varon, sino en el suyo de mujer, y en casa de sus padres, ricos y de tan principal y rico linaje como ellos eran: no detenia ni queria detener el pensamiento en la causa que la habia traido á que la conociese: deseaba que el dia llegase para proseguir su jornada, y buscar á Marco Antonio, no tanto para hacerle su cuñado, como para estorbar que no fuese marido de Leocadia; y ya le tenian el amor y el celo de manera, que tomara por buen partido ver á su hermana sin el remedio que le procuraba, y á Marco Antonio sin vida á trueco de no verse sin esperanza de alcanzar á Leocadia: la cual esperanza ya le iba prometiendo felice suceso en su deseo, ó ya por el camino de la fuerza, ó por el de los regalos y buenas obras, pues para todo le daba lugar el tiempo y la ocasion.
Con esto que él á sí mismo se prometia, se sosegó algun tanto, y de allí á poco se dejó venir el dia, y ellos dejaron las camas, y llamando D. Rafael al huésped le preguntó si habia comodidad en aquel pueblo para vestir á un paje á quien los bandoleros habian desnudado. El huésped dijo que él tenia un vestido razonable que vender: trújole, y vínole bien á Leocadia. Pagóle D. Rafael, y ella se le vistió, y se ciñó una espada y una daga con tanto donaire y brio, que en aquel mismo traje suspendió los sentidos de D. Rafael, y dobló los celos en Teodosia. Ensilló Calvete, y á las ocho del dia partieron para Barcelona, sin querer subir por entónces al famoso monasterio de Monserrate, dejándolo para cuando Dios fuese servido de volverlos con mas sosiego á su patria.
No se podrá contar buenamente los pensamientos que los dos hermanos llevaban, ni con cuán diferentes ánimos los dos iban mirando á Leocadia, deseándola Teodosia la muerte, D. Rafael la vida, entrambos celosos y apasionados: Teodosia buscando tachas que ponerla, por no desmayar en su esperanza; D. Rafael hallándole perfecciones, que de punto en punto le obligaban mas á amarla. Con todo esto no se descuidaron de darse priesa, de modo que llegaron á Barcelona poco ántes que el sol se pusiese.
Admiróles el hermoso sitio de la ciudad, y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los estranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad, y satisfacion de todo aquello que de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo.
En entrando en ella, oyeron grandísimo ruido, y vieron correr gran tropel de gente con grande alboroto, y preguntando la causa de aquel ruido y movimiento, les respondieron que la gente de las galeras que estaba en la playa, se habia revuelto y trabado con la de la ciudad. Oyendo lo cual D. Rafael, quiso ir á ver lo que pasaba, aunque Calvete le dijo que no lo hiciese, por no ser cordura irse á meter en un manifiesto peligro, que él sabia bien cuán mal libraban los que en tales pendencias se metian, que eran ordinarias en aquella ciudad, cuando á ella llegaban galeras. No fué bastante el buen consejo de Calvete para estorbar á D. Rafael la ida, y así le siguieron todos: y en llegando á la marina, vieron muchas espadas fuera de las vainas, y mucha gente acuchillándose sin piedad alguna: con todo esto, sin apearse llegaron tan cerca, que distintamente veian los rostros de los que peleaban, porque aun no era puesto el sol.
Era infinita la gente que de la ciudad acudia, y mucha la que de las galeras se desembarcaba, puesto que el que las traia á cargo, que era un caballero valenciano, llamado D. Pedro Vique, desde la popa de la galera capitana amenazaba á los que se habian embarcado en los esquifes para ir á socorrer á los suyos; mas viendo que no aprovechaban sus voces ni sus amenazas, hizo volver las proas de las galeras á la ciudad, y disparar una pieza sin bala, señal de que si no se apartasen, otra no iria sin ella.
En esto estaba D. Rafael atentamente mirando la cruel y bien trabada riña, y vió y notó que de parte de los que mas se señalaban de las galeras, lo hacia gallardamente un mancebo de hasta veintidos ó poco mas años, vestido de verde, con un sombrero de la misma color adornado con un rico trencillo al parecer de diamantes: la destreza con que el mozo se combatia, y la bizarría del vestido, hacian que volviesen á mirarle todos cuantos la pendencia miraban; y de tal manera le miraron los ojos de Teodosia y de Leocadia, que ambas á un mismo punto y tiempo dijeron:
—¡Válame Dios! Ó yo no tengo ojos, ó aquel de lo verde es Marco Antonio.