No dijo mas Leocadia, y todos los que en la sala estaban guardaron un maravilloso silencio en tanto que estuvo hablando, y con el mismo silencio esperaban la respuesta de Marco Antonio, que fué esta:
—No puedo negar, señora, el conoceros, y que vuestra voz y vuestro rostro no consentirán que lo niegue: tampoco puedo negar lo mucho que os debo, ni el gran valor de vuestros padres junto con vuestra incomparable honestidad y recogimiento; ni os tengo ni os tendré en ménos por lo que habeis hecho en venirme á buscar en traje tan diferente del vuestro; ántes por esto os estimo y estimaré en el mayor grado que ser pueda; pero pues mi corta suerte me ha traido á término, como vos decís, que creo que será el postrero de mi vida, y son los semejantes trances los apuraderos de las verdades, quiero deciros una verdad, que si no os fuere ahora de gusto, podria ser que despues os fuese de provecho. Confieso, hermosa Leocadia, que os quise bien y que me quisistes, y juntamente con esto confieso que la cédula que os hice, fué mas por cumplir con vuestro deseo que con el mio; porque ántes que la firmase, con muchos dias, tenia entregada mi voluntad y mi alma á otra doncella de mi mismo lugar, que vos bien conoceis, llamada Teodosia, hija de tan nobles padres como los vuestros; y si á vos os di cédula firmada de mi mano, á ella le di la mano firmada y acreditada con tales obras y testigos, que quedé imposibilitado de dar mi libertad á otra persona en el mundo. Los amores que con vos tuve fueron de pasatiempo, sin que dellos alcanzase otra cosa sino las flores que vos sabeis, las cuales no os ofendieron, ni pueden ofender en cosa alguna: lo que con Teodosia me pasó, fué alcanzar el fruto que ella pudo darme, y yo quise que me diese, con fe y seguro de ser su esposo, como lo soy; y si á ella y á vos os dejé en un mismo tiempo, á vos suspensa y engañada, y á ella temerosa y á su parecer sin honra, hícelo con poco discurso y con juicio de mozo, como lo soy, creyendo que todas aquellas cosas eran de poca importancia, y que las podia hacer sin escrúpulo alguno, con otros pensamientos que entónces me vinieron y solicitaron lo que queria hacer, que fué venirme á Italia, y emplear en ella algunos de los años de mi juventud, y despues volver á ver lo que Dios habia hecho de vos y de mi verdadera esposa; mas doliéndose de mí el cielo, sin duda creo que ha permitido ponerme de la manera que me veis, para que confesando estas verdades, nacidas de mis muchas culpas, pague en esta vida lo que debo, y vos quedeis desengañada y libre para hacer lo que mejor os pareciere; y si en algun tiempo Teodosia supiere mi muerte, sabrá de vos y de los que están presentes, como en la muerte le cumplí la palabra que le di en la vida; y si en el poco tiempo que della me queda, señora Leocadia, os puedo servir en algo, decídmelo, que como no sea recebiros por esposa, pues no puedo, ninguna otra cosa dejaré de hacer que á mí sea posible, por daros gusto.
En tanto que Marco Antonio decia estas razones, tenia la cabeza sobre el codo, y en acabándolas dejó caer el brazo, dando muestras que se desmayaba. Acudió luego D. Rafael, y abrazándole estrechamente, le dijo:
—Volved en vos, señor mio, y abrazad á vuestro amigo y á vuestro hermano, pues vos quereis que lo sea: conoced á D. Rafael, vuestro camarada, que será el verdadero testigo de vuestra voluntad, y de la merced que á su hermana quereis hacer con admitirla por vuestra.
Volvió en sí Marco Antonio, y al momento conoció á D. Rafael, y abrazándole estrechamente y besándole en el rostro, le dijo:
—Ahora digo, hermano y señor mio, que la suma alegría que he recebido en veros, no puede traer ménos descuento que un pesar grandísimo, pues se dice que tras el gusto se sigue la tristeza; pero yo daré por bien empleada cualquiera que me viniere, á trueco de haber gustado del contento de veros.
—Pues yo os le quiero hacer mas cumplido, replicó D. Rafael, con presentaros esta joya, que es vuestra amada esposa.
Y buscando á Teodosia la halló llorando detras de toda la gente, suspensa y atónita entre el pesar y la alegría por lo que veia, y por lo que habia oido decir. Asióla su hermano de la mano, y ella sin hacer resistencia se dejó llevar donde él quiso, que fué ante Marco Antonio, que la conoció y se abrazó con ella, llorando los dos tiernas y amorosas lágrimas.
Admirados quedaron cuantos en la sala estaban, viendo tan estraño acontecimiento: mirábanse unos á otros, sin hablar palabra, esperando en qué habian de parar aquellas cosas. Mas la desengañada y sin ventura Leocadia, que vió por sus ojos lo que Marco Antonio hacia, y vió al que pensaba ser hermano de D. Rafael en brazos del que tenia por su esposo, viendo junto con esto burlados sus deseos y perdidas sus esperanzas, se hurtó de los ojos de todos (que atentos estaban mirando lo que el enfermo hacia con el paje que abrazado tenia), y se salió de la sala ó aposento, y en un instante se puso en la calle con intencion de irse desesperada por el mundo, ó adonde gentes no la viesen; mas apénas habia llegado á la calle, cuando D. Rafael la echó ménos, y como si le faltara el alma, preguntó por ella, y nadie le supo dar razon dónde se habia ido; y así sin esperar mas, desesperado salió á buscarla, y acudió adonde le dijeron que posaba Calvete, por si habia ido allá á procurar alguna cabalgadura en que irse; y no hallándola allí, andaba como loco por las calles, buscándola de unas partes á otras; y pensando si por ventura se habia vuelto á las galeras, llegó á la marina, y un poco ántes que llegase, oyó que á grandes voces llamaban desde tierra el esquife de la capitana, y conoció que quien las daba era la hermosa Leocadia, la cual recelosa de algun desman, sintiendo pasos á sus espaldas, empuñó la espada, y esperó apercebida que llegase D. Rafael, á quien ella luego conoció, y le pesó de que la hubiese hallado, y mas en parte tan sola, que ya ella habia entendido, por mas de una muestra que D. Rafael le habia dado, que no la queria mal, sino tan bien que tomara por buen partido que Marco Antonio la quisiera otro tanto.
¿Con qué razones podré yo decir ahora las que D. Rafael dijo á Leocadia, declarándole su alma, que fueron tantas y tales, que no me atrevo á escribirlas? Mas pues es forzoso decir algunas, las que entre otras le dijo, fueron estas: