—Si con la ventura que me falta, me faltase ahora ¡oh hermosa Leocadia! el atrevimiento de descubriros los secretos de mi alma, quedaria enterrada en los senos del perpetuo olvido la mas enamorada y honesta voluntad, que ha nacido ni puede nacer en un enamorado pecho. Pero por no hacer este agravio á mi justo deseo, véngame lo que viniere, quiero, señora, que advirtais, si es que os da lugar vuestro arrebatado pensamiento, que en ninguna cosa se me aventaja Marco Antonio, sino es en el bien de ser de vos querido: mi linaje es tan bueno como el suyo, y en los bienes que llaman de fortuna, no me hace mucha ventaja; en los de naturaleza no conviene que me alabe, y mas si á los ojos vuestros no son de estima: todo esto digo, apasionada señora, porque tomeis el remedio y el medio que la suerte os ofrece en el estremo de vuestra desgracia: ya veis que Marco Antonio no puede ser vuestro, porque el cielo le hizo de mi hermana, y el mismo cielo, que hoy os ha quitado á Marco Antonio, os quiere hacer recompensa conmigo, que no deseo otro bien en esta vida que entregarme por esposo vuestro: mirad que el buen suceso está llamando á las puertas que hasta ahora habeis tenido del malo, y no penseis que el atrevimiento que habeis mostrado en buscar á Marco Antonio, ha de ser parte para que no os estime y tenga en lo que mereciérades, si nunca le hubiérades tenido, que en la hora que quiero y determino igualarme con vos, eligiéndoos por perpetua señora mia, en aquella misma se me ha de olvidar, y ya se me ha olvidado todo cuanto en esto he sabido y visto; que bien sé que las fuerzas que á mí me han forzado á que tan de rondon y á rienda suelta me disponga á adoraros y á entregarme por vuestro, estas mismas os han traido á vos al estado en que estais, y así no habrá necesidad de buscar disculpa, donde no ha habido yerro alguno.
Callando estuvo Leocadia á todo cuanto D. Rafael le dijo, sino que de cuando en cuando daba unos profundos suspiros, salidos de lo íntimo de sus entrañas: tuvo atrevimiento D. Rafael de tomarle una mano, y ella no tuvo esfuerzo para estorbárselo, y allí besándosela muchas veces, le decia:
—Acabad, señora de mi alma, de serlo del todo á vista destos estrellados cielos que nos cubren, y deste sosegado mar que nos escucha, y destas bañadas arenas que nos sustentan: dadme ya el sí, que sin duda conviene tanto á vuestra honra, como á mi contento: vuélvoos á decir que soy caballero, como vos sabeis, y rico, y que os quiero bien, que es lo que mas habeis de estimar, y que en cambio de hallaros sola y en traje que desdice mucho del de vuestra honra, léjos de la casa de vuestros padres y parientes, sin persona que os acuda á lo que menester hubiéredes, y sin esperanza de alcanzar lo que buscábades, podeis volver á vuestra patria en vuestro propio, honrado y verdadero traje, acompañada de tan buen esposo como el que vos supistes escogeros; rica, contenta, estimada y servida, y aun loada de todos aquellos á cuya noticia llegaren los sucesos de vuestra historia: si esto es así, como lo es, no sé en qué estais dudando: acabad (que otra vez os lo digo) de levantarme del suelo de mi miseria al cielo de mereceros, que en ello haréis por vos misma, y cumpliréis con las leyes de la cortesía y del buen conocimiento, mostrándoos en un mismo punto agradecida y discreta.
—Ea pues, dijo á esta sazon la dudosa Leocadia, pues así lo ha ordenado el cielo, y no es en mi mano ni en la de viviente alguno oponerse á lo que él determinado tiene, hágase lo que él quiere y vos quereis, señor mio; y sabe el mismo cielo con la vergüenza que vengo á condescender con vuestra voluntad, no porque no entienda lo mucho que en obedeceros gano, sino porque temo que en cumpliendo vuestro gusto me habeis de mirar con otros ojos de los que quizá hasta agora, mirándome, os han engañado; mas sea como fuere, que en fin el nombre de ser mujer legítima de D. Rafael de Villavicencio no le podré perder, y con este título solo viviré contenta; y si las costumbres que en mí viéredes, despues de ser vuestra, fueren parte para que me estimeis en algo, daré al cielo las gracias de haberme traido por tan estraños rodeos y por tantos males á los bienes de ser vuestra: dadme, señor D. Rafael, la mano de ser mio, y veis aquí os la doy de ser vuestra, y sirvan de testigos los que vos decís, el cielo, la mar, las arenas y este silencio, solo interrumpido de mis suspiros y de vuestros ruegos.
Diciendo esto se dejó abrazar, y le dió la mano, y D. Rafael le dió la suya, celebrando el nocturno y nuevo desposorio solas las lágrimas que el contento, á pesar de la pasada tristeza, sacaba de sus ojos. Luego se volvieron á casa del caballero, que estaba con grandísima pena de su falta, y la misma tenian Marco Antonio y Teodosia: los cuales ya por mano de clérigo estaban desposados, que á persuasion de Teodosia (temerosa que algun contrario accidente no le turbase el bien que habia hallado) el caballero envió luego por quien los desposase, de modo que cuando D. Rafael y Leocadia entraron, y D. Rafael contó lo que con Leocadia le habia sucedido, ansí les aumentó el gozo, como si ellos fueran sus cercanos parientes; que es condicion natural y propia de la nobleza catalana saber ser amigos, y favorecer á los estranjeros que dellos tienen necesidad alguna.
El sacerdote que presente estaba ordenó que Leocadia mudase el hábito, y se vistiese en el suyo; y el caballero acudió á ello con presteza, vistiendo á las dos de dos ricos vestidos de su mujer, que era una principal señora, del linaje de los Granolleques, famoso y antiguo en aquel reino. Avisó al cirujano, quien por caridad se dolia del herido, cómo hablaba mucho, y no le dejaban solo, el cual vino y ordenó lo primero que le dejasen en silencio. Pero Dios, que así lo tenia ordenado, tomando por medio é instrumento de sus obras (cuando á nuestros ojos quiere hacer alguna maravilla) lo que la misma naturaleza no alcanza, ordenó que el alegría y poco silencio que Marco Antonio habia guardado, fuese parte para mejorarle, de manera, que otro dia cuando le curaron le hallaron fuera de peligro, y de allí á catorce se levantó tan sano, que sin temor alguno se pudo poner en camino.
Es de saber que en el tiempo que Marco Antonio estuvo en el lecho, hizo voto, si Dios le sanase, de ir en romería á pié á Santiago de Galicia, en cuya promesa le acompañaron D. Rafael, Leocadia y Teodosia, y aun Calvete el mozo de mulas (obra pocas veces usada de los de oficios semejantes); pero la bondad y llaneza que habia conocido en D. Rafael, le obligó á no dejarle hasta que volviese á su tierra; y viendo que habian de ir á pié como peregrinos, envió las mulas á Salamanca con la que era de D. Rafael, que no faltó con quien enviarlas.
Llegóse pues el dia de la partida, y acomodados de sus esclavinas y de todo lo necesario, se despidieron del liberal caballero, que tanto les habia favorecido y agasajado, cuyo nombre era D. Sancho de Cardona, ilustrísimo por sangre, y famoso por su persona: ofreciéronsele todos de guardar perpetuamente ellos y sus descendientes, á quien se lo dejarian mandado, la memoria de las mercedes tan singulares dél recebidas, para agradecellas siquiera, ya que no pudiesen servirles. Don Sancho los abrazó á todos, diciéndoles que de su natural condicion nacia hacer aquellas obras, ó otras que fuesen buenas á todos los que conocia ó imaginaba ser hidalgos castellanos.
Reiteráronse dos veces los abrazos, y con alegría mezclada con algun sentimiento triste se despidieron, y caminando con la comodidad que permitia la delicadeza de las dos nuevas peregrinas, en tres dias llegaron á Monserrate, y estando allí otros tantos, haciendo lo que á buenos y católicos cristianos debian, con el mismo espacio volvieron á su camino, y sin sucederles reves ni desman alguno llegaron á Santiago. Y despues de cumplir su voto con la mayor devocion que pudieron, no quisieron dejar el hábito de peregrinos hasta entrar en sus casas, á las cuales llegaron poco á poco, descansados y contentos; mas ántes que llegasen, estando á vista del lugar de Leocadia (que como se ha dicho era á una legua del de Teodosia), desde encima de un recuesto los descubrieron á entrambos, sin poder encubrir las lágrimas, que el contento de verlos les trujo á los ojos, á lo ménos á las dos desposadas, que con su vista renovaron la memoria de los pasados sucesos.
Descubríase desde la parte donde estaban un ancho valle, que los dos pueblos dividia, en el cual vieron á la sombra de un olivo un dispuesto caballero, sobre un poderoso caballo, con una blanquísima adarga en el brazo izquierdo, una gruesa y larga lanza terciada en el derecho; y mirándole con atencion, vieron que asimismo por entre unos olivares venian otros dos caballeros con las mismas armas y con el mismo donaire y apostura, y de allí á poco vieron que se juntaron todos tres, y habiendo estado un pequeño espacio juntos se apartaron, y uno de los que á lo último habian venido se apartó con el que estaba primero debajo del olivo: los cuales, poniendo las espuelas á los caballos, arremetieron el uno al otro, con muestras de ser mortales enemigos, comenzando á tirarse bravos y diestros botes de lanza, ya hurtando los golpes, ya recogiéndolos con tanta destreza, que daban bien á entender ser maestros en aquel ejercicio: el tercero los estaba mirando, sin moverse de un lugar: mas no pudiendo D. Rafael sufrir estar tan léjos, mirando aquella tan reñida y singular batalla, á todo correr bajó del recuesto, siguiéndole su hermana y su esposa, y en poco espacio se puso junto á los dos combatientes, á tiempo que ya los dos caballeros andaban algo heridos; y habiéndosele caido al uno el sombrero, y con él un casco de acero, al volver el rostro conoció D. Rafael ser su padre, y Marco Antonio conoció que el otro era el suyo. Leocadia, que con atencion habia mirado al que no se combatia, conoció que era el padre que la habia engendrado, de cuya vista todos cuatro suspensos, atónitos y fuera de sí quedaron; pero dando el sobresalto lugar al discurso de la razon, los dos cuñados, sin detenerse, se pusieron en medio de los que peleaban, diciendo á voces: