Don Antonio de Isunza y D. Juan de Gamboa, caballeros principales, de una edad, muy discretos y grandes amigos, siendo estudiantes en Salamanca determinaron de dejar sus estudios por irse á Flándes, llevados del hervor de la sangre moza y del deseo, como decirse suele, de ver mundo, y por parecerles que el ejercicio de las armas, aunque arma y dice bien á todos, principalmente asienta y dice mejor en los bien nacidos y de ilustre sangre.
Llegaron pues á Flándes á tiempo que estaban las cosas en paz, ó en conciertos y tratos de tenerla presto. Recebieron en Ambéres cartas de sus padres, donde les escribieron el grande enojo que habian recebido, por haber dejado sus estudios sin avisárselo, para que hubieran venido con la comodidad que pedia el ser quien eran. Finalmente, conociendo la pesadumbre de sus padres, acordaron de volverse á España, pues no habia que hacer en Flándes; pero ántes de volverse quisieron ver todas las mas famosas ciudades de Italia; y habiéndolas visto todas pararon en Bolonia, y admirados de los estudios de aquella insigne universidad, quisieron en ella proseguir los suyos. Dieron noticia de su intento á sus padres, de que se holgaron infinito, y lo mostraron con proveerles magníficamente, y de modo, que mostrasen en su tratamiento quiénes eran y qué padres tenian: y desde el primero dia que salieron á las escuelas, fueron conocidos de todos por caballeros, galanes, discretos y bien criados.
Tendria D. Antonio hasta veinte y cuatro años, y D. Juan no pasaba de veinte y seis; y adornaban esta buena edad con ser muy gentiles hombres, músicos, poetas, diestros y valientes: partes que los hacian amables y bien queridos de cuantos los comunicaban.
Tuvieron luego muchos amigos así estudiantes españoles, de los muchos que en aquella universidad cursaban, como de los mismos de la ciudad y de los estranjeros: mostrábanse con todos liberales y comedidos, y muy ajenos de la arrogancia que dicen que suelen tener los españoles; y como eran mozos y alegres, no se disgustaban de tener noticia de las hermosas de la ciudad; y aunque habia muchas señoras doncellas y casadas con gran fama de ser honestas y hermosas, á todas se aventajaba la señora Cornelia Bentibolli, de la antigua y generosa familia de los Bentibollis, que un tiempo fueron señores de Bolonia.
Era Cornelia hermosísima en estremo, y estaba debajo de la guarda y amparo de Lorenzo Bentibolli, su hermano, honradísimo y valiente caballero, huérfanos de padre y madre: que aunque los dejaron solos, los dejaron ricos, y la riqueza es grande alivio de orfandad.
Era el recato de Cornelia tanto, y la solicitud de su hermano tanta en guardarla, que ni ella se dejaba ver, ni su hermano consentia que la viesen. Esta fama traia deseosos á D. Juan y á D. Antonio de vella, aunque fuera en la iglesia; pero el trabajo que en ello pusieron fué en balde, y el deseo, por la imposibilidad cuchillo de la esperanza, fué menguando; y así con solo el amor de sus estudios y el entretenimiento de algunas honestas mocedades, pasaban una vida tan alegre como honrada; pocas veces salian de noche, y si salian, iban juntos y bien armados.
Sucedió pues que habiendo de salir una noche, dijo D. Antonio á D. Juan, que él se queria quedar á rezar ciertas devociones, que se fuese, que luego le seguiria.
—No hay para qué, dijo D. Juan, que yo os aguardaré, y si no saliéremos esta noche, importa poco.
—No, por vida vuestra, replicó D. Antonio, salid á coger el aire, que yo seré luego con vos, si es que vais por donde solemos ir.
—Haced vuestro gusto, dijo D. Juan, quedáos en buenhora, y si saliéredes, las mismas estaciones andaré esta noche que las pasadas.