Fuése D. Juan, y quedóse D. Antonio. Era la noche entre escura, y la hora las once; y habiendo andado dos ó tres calles, y viéndose solo, y que no tenia con quién hablar, determinó volverse á su casa, y poniéndolo en efeto, al pasar por una calle que tenia portales sustentados en mármoles, oyó que de una puerta le ceceaban. La escuridad de la noche, y la que causaban los portales, no le dejaban atinar el ceceo. Detúvose un poco, estuvo atento, y vió entreabrir una puerta: llegóse á ella, y oyó una voz baja, que dijo:

—¿Sois por ventura Fabio?

D. Juan, por sí ó por no, respondió que sí.

—Pues tomad, respondieron de dentro, y ponedlo en cobro, y volved luego, que importa.

Alargó la mano D. Juan, y topó un bulto, y queriéndolo tomar, vió que eran menester las dos manos, y así le hubo de asir con entrambas; y apénas se le dejaron en ellas, cuando le cerraron la puerta, y él se halló cargado en la calle, y sin saber de qué. Pero casi luego comenzó á llorar una criatura, al parecer recien nacida, á cuyo lloro quedó D. Juan confuso y suspenso, sin saber qué hacerse, ni qué corte dar en aquel caso; porque en volver á llamar á la puerta, le pareció que podia correr algun peligro cuya era la criatura, y en dejarla allí, la criatura misma; pues el llevarla á su casa, no tenia en ella quien la remediase, ni él conocia en toda la ciudad persona adonde poder llevarla, pero viendo que le habian dicho que la pusiese en cobro, y que volviese luego, determinó de traerla á su casa, y dejarla en poder de una ama que los servia, y volver luego á ver si era menester su favor en alguna cosa, puesto que bien habia visto que le habian tenido por otro, y que habia sido error darle á él la criatura.

Finalmente, sin hacer mas discursos se vino á casa con ella, á tiempo que ya D. Antonio no estaba en ella: entróse en un aposento, y llamó al ama, descubrió la criatura, y vió que era la mas hermosa que jamas hubiese visto: los paños en que venia envuelta mostraban ser de ricos padres nacida: desenvolvióla el ama, y hallaron que era varon.

—Menester es, dijo D. Juan, dar de mamar á este niño, y ha de ser desta manera: que vos, ama, le habeis de quitar estas ricas mantillas, y ponerle otras mas humildes, y sin decir que yo le he traido, le habeis de llevar en casa de una partera, que las tales siempre suelen dar recado y remedio á semejantes necesidades: llevaréis dineros con que la dejeis satisfecha, y daréisle los padres que quisiéredes, para encubrir la verdad de haberlo yo traido.

Respondió el ama que así lo haria, y D. Juan con la priesa que pudo volvió á ver si le ceceaban otra vez; pero un poco ántes que llegase á la casa adonde le habian llamado, oyó gran ruido de espadas, como de mucha gente que se acuchillaba. Estuvo atento y no sintió palabra alguna: la herrería era á la sorda; y á la luz de las centellas que las piedras heridas de las espadas levantaban, casi pudo ver que eran muchos los que á uno solo acometian; confirmóse en esta verdad oyendo decir:

—¡Ah traidores, que sois muchos, y yo solo! pero con todo eso, no os ha de valer vuestra superchería.

Oyendo y viendo lo cual D. Juan, llevado de su valeroso corazon, en dos brincos se puso á su lado, y metiendo mano á la espada, y á un broquel que llevaba, dijo al que se defendia, en lengua italiana por no ser conocido por español: