—Si estos son los enemigos que vuelven, apercibíos, señor, y haced como quien sois.

—Á lo que yo creo no son enemigos sino amigos los que aquí vienen.

Y así fué la verdad, porque los que llegaron, que fueron ocho hombres, rodearon al caido, y hablaron con él pocas palabras, pero tan calladas y secretas, que D. Juan no las pudo oir.

Volvió luego el defendido á D. Juan, y díjole:

—Á no haber venido estos amigos, en ninguna manera, señor D. Juan, os dejara hasta que acabáredes de ponerme en salvo; pero ahora os suplico con todo encarecimiento, que os vais, y me dejeis, que me importa.

Hablando esto, se tentó la cabeza, y vió que estaba sin sombrero, y volviéndose á los que habian venido, pidió que le diesen un sombrero, que se le habia caido el suyo. Apénas lo hubo dicho, cuando D. Juan le puso el que habia hallado en la calle. Tentóle el caido, y volviéndosele á D. Juan, dijo:

—Este sombrero no es mio: por vida del señor D. Juan, que se le lleve por trofeo desta refriega, y guárdele, que creo que es conocido.

Diéronle otro sombrero al defendido, y D. Juan, por cumplir lo que le habia pedido, pasando algunos aunque breves comedimentos, le dejó sin saber quién era, y se vino á su casa, sin querer llegar á la puerta donde le habian dado la criatura, por parecerle que todo el barrio estaba despierto y alborotado con la pendencia.

Sucedió pues que volviéndose á su posada, en la mitad del camino encontró con D. Antonio de Isunza, su camarada, y conociéndose, dijo D. Antonio:

—Volved conmigo, D. Juan, hasta aquí arriba, y en el camino os contaré un estraño cuento que me ha sucedido, que no le habréis oido tal vez en toda vuestra vida.