—Como esos cuentos os podré contar yo, respondió D. Juan; pero vamos donde quereis, y contadme el vuestro.
Guió D. Antonio, y dijo:
—Habeis de saber, que poco mas de una hora despues que salisteis de casa, salí á buscaros, y no treinta pasos de aquí vi venir casi á encontrarme un bulto negro de persona, que venia muy aguijando, y llegándose cerca, conocí ser mujer en el hábito largo, la cual con voz interrumpida de sollozos y de suspiros me dijo: Por ventura, señor, ¿sois estranjero, ó de la ciudad? Estranjero soy, y español, respondí yo. Y ella: Gracias al cielo, que no quiere que muera sin sacramentos. ¿Venís herida, señora, repliqué yo, ó traeis algun mal de muerte? Podria ser que el que traigo lo fuese, si presto no se me da remedio: por la cortesía que siempre suele reinar en los de vuestra nacion, os suplico, señor español, que me saqueis destas calles, y me lleveis á vuestra posada con la mayor priesa que pudiéredes, que allá si gustáredes dello, sabréis el mal que llevo, y quién soy, aunque sea á costa de mi crédito. Oyendo lo cual, pareciéndome que tenia necesidad de lo que pedia, sin replicarla mas, la así de la mano, y por calles desusadas la llevé á la posada. Abrióme Santisteban el paje, hícele que se retirase, y sin que él la viese, la llevé á mi estancia, y ella en entrando, se arrojó encima de mi lecho desmayada. Lleguéme á ella, y descubríla el rostro, que con el manto traia cubierto, y descubrí en él la mayor belleza que humanos ojos han visto: será á mi parecer de edad de diez y ocho años, ántes ménos que mas: quedé suspenso de ver tal estremo de belleza: acudí á echarle un poco de agua en el rostro, con que volvió en sí, suspirando tiernamente; y lo primero que me dijo, fué: ¿Conoceisme, señor? No, respondí yo, ni es bien que yo haya tenido ventura de haber conocido tanta hermosura. Desdichada de aquella, respondió ella, á quien se la da el cielo para mayor desgracia suya; pero, señor, no es tiempo este de alabar hermosuras, sino de remediar desdichas: por quien sois que me dejeis aquí encerrada y no permitais que ninguno me vea, y volved luego al mismo lugar que me topastes, y mirad si riñe alguna gente, y no favorezcais á ninguno de los que riñeren, sino poned paz, que cualquier daño de las partes ha de resultar en acrecentar el mio. Déjola encerrada, y vengo á poner en paz esta pendencia.
—¿Teneis mas que decir, D. Antonio? preguntó D. Juan.
—Pues ¿no os parece que he dicho harto, respondió D. Antonio, pues he dicho que tengo debajo de llave y en mi aposento la mayor belleza que humanos ojos han visto?
—El caso es estraño sin duda, dijo D. Juan; pero oid el mio: y luego le contó todo lo que le habia sucedido, y cómo la criatura que le habian dado estaba en casa en poder de su ama, y la órden que le habia dejado de mudarle las ricas mantillas en pobres, y de llevarla adonde la criasen, ó á lo ménos socorriesen la presente necesidad; y dijo mas, que la pendencia que él venia á buscar ya era acabada y puesta en paz, que él se habia hallado en ella, y que á lo que él imaginaba, todos los de la riña debian de ser gentes de prendas y de gran valor.
Quedaron entrambos admirados del suceso de cada uno, y con priesa se volvieron á la posada, por ver lo que habia menester la encerrada. En el camino dijo D. Antonio á D. Juan que él habia prometido á aquella señora que no la dejaria ver de nadie, ni entraria en aquel aposento sino él solo, en tanto que ella no gustase de otra cosa.
—No importa nada, respondió D. Juan, que no faltará órden para verla, que ya lo deseo en estremo, segun me la habeis alabado de hermosa.
Llegaron en esto, y á la luz que sacó uno de tres pajes que tenian, alzó los ojos D. Antonio al sombrero que D. Juan traia, y vióle resplandeciente de diamantes; quitósele, y vió que las luces salian de muchos que en un cintillo riquísimo traia. Miráronle entrambos; y concluyeron que si todos eran finos como parecian, valia mas de doce mil ducados. Aquí acabaron ser gente principal la de la pendencia, especialmente el socorrido de D. Juan, de quien se acordó haberle dicho que trujese el sombrero y le guardase, porque era conocido. Mandaron retirar los pajes, y D. Antonio abrió su aposento, y halló á la señora sentada en la cama, con la mano en la mejilla, derramando tiernas lágrimas. D. Juan, con el deseo que tenia de verla, se asomó á la puerta tanto, cuanto pudo entrar la cabeza, y al punto la lumbre de los diamantes dió en los ojos de la que lloraba, y alzándolos, dijo:
—Entrad, señor duque, entrad; ¿para qué me quereis dar con tanta escaseza el bien de vuestra visita?