Á esto dijo D. Antonio:

—Aquí, señora, no hay ningun duque que se escuse de veros.

—¿Cómo no? replicó ella; el que allí se asomó ahora es el duque de Ferrara, que mal le puede encubrir la riqueza de su sombrero.

—En verdad, señora, que el sombrero que vistes no le trae ningun duque; y si quereis desengañaros con ver quién le trae, dadle licencia que entre.

—Entre enhorabuena, dijo ella, aunque si no fuese el duque, mis desdichas serian mayores.

Todas estas razones habia oido D. Juan, y viendo que tenia licencia para entrar, con el sombrero en la mano entró en el aposento, y así como se le puso delante, y ella conoció no ser quien decia el del rico sombrero, con voz turbada y lengua presurosa dijo:

—¡Ay desdichada de mí! Señor mio, decidme luego, sin tenerme mas suspensa: ¿conoceis el dueño dese sombrero? ¿Dónde le dejastes, ó cómo vino á vuestro poder? ¿Es vivo por ventura, ó son esas las nuevas que me envía de su muerte? ¡Ay bien mio, qué sucesos son estos! ¡Aquí veo tus prendas, aquí me veo sin tí encerrada, y en poder que, á no saber que es de gentiles hombres españoles, el temor de perder mi honestidad me hubiera quitado la vida!

—Sosegáos, señora, dijo D. Juan, que ni el dueño deste sombrero es muerto, ni estais en parte donde se os ha de hacer agravio alguno, sino serviros con cuanto las fuerzas nuestras alcanzaren, hasta poner las vidas por defenderos y ampararos; que no es bien que os salga vana la fe que teneis de la bondad de los españoles; y pues nosotros lo somos, y principales (que aquí viene bien esta que parece arrogancia), estad segura que se os guardará el decoro que vuestra presencia merece.

—Así lo creo yo, respondió ella; pero con todo eso, decidme, señor, ¿cómo vino á vuestro poder ese rico sombrero, ó adónde está su dueño, que por lo ménos es Alfonso de Este, duque de Ferrara?

Entónces D. Juan, por no tenerla mas suspensa, le contó cómo le habia hallado en una pendencia, y en ella habia favorecido y ayudado á un caballero, que por lo que ella decia, sin duda debia de ser el duque de Ferrara, y que en la pendencia habia perdido el sombrero y hallado aquel, y que aquel caballero le habia dicho que le guardase, que era conocido, y que la refriega se habia concluido sin quedar herido el caballero, ni él tampoco, y que despues de acabada habia llegado gente, que al parecer debian de ser criados ó amigos del que él pensaba ser el duque, el cual le habia pedido le dejase y se viniese, mostrándose muy agradecido al favor que yo le habia dado.