—De manera, señora mia, que este rico sombrero vino á mi poder por la manera que os he dicho, y su dueño, si es el duque, como vos decís, no ha una hora que le dejé bueno, sano y salvo: sea esta verdad parte para vuestro consuelo, si es que le tendréis con saber del buen estado del duque.

—Para que sepais, señores, si tengo razon y causa para preguntar por él, estadme atentos, y escuchad no sé si diga mi desdichada historia.

Todo el tiempo en que esto pasó le entretuvo el ama en paladear al niño con miel, y en mudarle las mantillas de ricas en pobres; y ya que lo tuvo todo aderezado, quiso llevarle en casa de una partera, como D. Juan se lo dejó ordenado, y al pasar con él por junto á la estancia donde estaba la que queria comenzar su historia, lloró la criatura de modo que lo sintió la señora, y levantándose en pié, púsose atentamente á escuchar, y oyó mas distintamente el llanto de la criatura, y dijo:

—Señores mios, ¿qué criatura es aquella que parece recien nacida?

D. Juan respondió:

—Es un niño que esta noche nos han echado á la puerta de casa, y va el ama á buscar quien le dé de mamar.

—Tráiganmele aquí, por amor de Dios, dijo la señora, que yo haré esa caridad á los hijos ajenos, pues no quiere el cielo que la haga con los propios.

Llamó D. Juan al ama, y tomóle el niño, y entrósele á la que le pedia, y púsosele en los brazos, diciendo:

—Veis aquí, señora, el presente que nos han hecho esta noche, y no ha sido este el primero, que pocos meses se pasan que no hallemos á los quicios de nuestras puertas semejantes hallazgos.

Tomóle ella en los brazos, y miróle atentamente así el rostro como los pobres aunque limpios paños en que venia envuelto, y luego sin poder tener las lágrimas, se echó la toca de la cabeza encima de los pechos, para poder dar con honestidad de mamar á la criatura, y aplicándosela á ellos, juntó su rostro con el suyo, y con la leche le sustentaba, y con las lágrimas le bañaba el rostro; y desta manera estuvo sin levantar el suyo tanto espacio, cuanto el niño no quiso dejar el pecho. En este espacio guardaban todos cuatro silencio: el niño mamaba; pero no era ansí, porque las recien paridas no pueden dar el pecho, y así cayendo en la cuenta la que se lo daba, se volvió á D. Juan, diciendo: