—En balde me he mostrado caritativa; bien parezco nueva en estos casos: haced, señor, que á este niño le paladeen con un poco de miel, y no consintais que á estas horas le lleven por las calles: dejad llegar el dia, y ántes que le lleven, vuélvanmele á traer, que me consuelo en verle.
Volvió el niño Don Juan á la ama, y ordenóle le entretuviese hasta el dia, y que le pusiese las ricas mantillas con que le habia traido, y que no le llevase sin primero decírselo. Y volviendo á entrar, y estando los tres solos, la hermosa Cornelia dijo:
—Si quereis que hable, dadme primero algo que coma, que me desmayo, y tengo bastante ocasion para ello.
Acudió prestamente D. Antonio á un escritorio, y sacó dél muchas conservas, y de algunas comió la desmayada, y bebió un vidrio de agua fria, con que volvió en sí, y algo sosegada, dijo:
—Sentáos, señores, y escuchadme.
Hiciéronlo ansí, y ella recogiéndose encima del lecho, y abrigándose bien con las faldas del vestido, dejó descolgar por las espaldas un velo que en la cabeza traia, dejando el rostro exento y descubierto, mostrando en él el mismo de la luna, ó por mejor decir, del mismo sol, cuando mas hermoso y mas claro se muestra: llovíanle líquidas perlas de los ojos, y limpiábaselas con un lienzo blanquísimo, y con unas manos tales, que entre ellas y el lienzo fuera de buen juicio el que supiera diferenciar la blancura. Finalmente, despues de haber dado muchos suspiros, y despues de haber procurado sosegar algun tanto el pecho, con voz algo doliente y turbada dijo:
—Yo, señores, soy aquella que muchas veces habréis sin duda alguna oido nombrar por ahí, porque la fama de mi belleza, tal cual ella es, pocas lenguas hay que no la publiquen: soy en efeto Cornelia Bentibolli, hermana de Lorenzo Bentibolli, que con deciros esto, quizá habré dicho dos verdades: la una de mi nobleza, la otra de mi hermosura. De pequeña edad quedé huérfana de padre y madre, en poder de mi hermano, el cual desde niña puso en mi guarda el recato mismo, puesto que mas confiaba de mi honrada condicion, que de la solicitud que ponia en guardarme. Finalmente, entre paredes y entre soledades, acompañada no mas que de mis criadas, fuí creciendo, y juntamente conmigo crecia la fama de mi gentileza, sacada en público de los criados y de aquellos que en secreto me trataban, y de un retrato que mi hermano mandó hacer á un famoso pintor, para que, como él decia, no quedase sin mí el mundo, ya que el cielo á mejor vida me llevase; pero todo esto fuera poca parte para apresurar mi perdicion, si no sucediera venir el duque de Ferrara á ser padrino de unas bodas de una prima mia, donde me llevó mi hermano con sana intencion y por honra de mi parienta: allí miré y fuí vista; allí, segun creo, rendí corazones, avasallé voluntades; allí sentí que daban gusto las alabanzas, aunque fuesen dadas por lisonjeras lenguas; allí, finalmente, vi al duque y él me vió á mí, de cuya vista ha resultado verme ahora como me veo. No os quiero decir, señores, porque seria proceder en infinito, los términos, las trazas y los modos por donde el duque y yo vinimos á conseguir al cabo de dos años los deseos que en aquellas bodas nacieron; porque ni guardas, ni recatos, ni honrosas amonestaciones, ni otra humana diligencia fué bastante para estorbar el juntarnos, que en fin hubo de ser debajo de la palabra, que él me dió, de ser mi esposo, porque sin ella fuera imposible rendir la roca de la valerosa presuncion mia: mil veces le dije que públicamente me pidiese á mi hermano, pues no era posible que me negase, y que no habia que dar disculpas al vulgo de la culpa que le pondrian de la desigualdad de nuestro casamiento, pues no desmentia en nada la nobleza del linaje Bentibolli á la suya Estense. Á esto me respondió con escusas que yo las tuve por bastantes y necesarias, y confiada como rendida, creí como enamorada, y entreguéme de toda mi voluntad á la suya por intercesion de una criada mia, mas blanda á las dádivas y promesas del duque, que lo que debia á la confianza que de su fidelidad mi hermano hacia. En resolucion, al cabo de pocos dias me sentí preñada, y ántes que mis vestidos manifestasen mis libertades (por no darles otro nombre), me fingí enferma y melancólica, y hice que mi hermano me trujese en casa de aquella mi prima, de quien habia sido padrino el duque: allí le hice saber en el término en que estaba y el peligro que me amenazaba, y la poca seguridad que tenia de mi vida, por tener barruntos de que mi hermano sospechaba mi desenvoltura: quedó de acuerdo entre los dos que entrando en el mes mayor se lo avisase, que él vendria por mí con otros amigos suyos, y me llevaria á Ferrara, donde en la sazon que esperaba se casaria públicamente conmigo: esta noche en que estamos fué la del concierto de su venida, y esta misma noche, estándole esperando, sentí pasar á mi hermano con otros muchos hombres al parecer armados, segun les crujian las armas, de cuyo sobresalto de improviso me sobrevino el parto, y en un instante parí un hermoso niño. Aquella criada mia, sabidora y medianera de mis hechos, que estaba ya prevenida para el caso, envolvió la criatura en otros paños, que no los que tiene la que á vuestra puerta echaron; y saliendo á la puerta de la calle, la dió, á lo que ella dijo, á un criado del duque. Yo desde allí á un poco, acomodándome lo mejor que pude (segun la presente necesidad), salí de la casa, creyendo que estaba en la calle el duque, y no lo debiera hacer hasta que él llegara á la puerta; mas el miedo que me habia puesto la cuadrilla armada de mi hermano, creyendo que ya esgrimia su espada sobre mi cuello, no me dejó hacer otro mejor discurso; y así desatentada y loca salí donde me sucedió lo que habeis visto: y aunque me veo sin hijo y sin esposo, y con temor de peores sucesos, doy gracias al cielo, que me ha traido á vuestro poder, de quien me prometo todo aquello que de la cortesía española puedo prometerme, y mas de la vuestra, que la sabréis realzar por ser tan nobles como pareceis.
Diciendo esto, se dejó caer del todo encima del lecho, y acudiendo los dos á ver si se desmayaba, vieron que no, sino que amargamente lloraba, y díjole D. Juan:
—Si hasta aquí, hermosa señora, yo y D. Antonio, mi camarada, os teníamos compasion y lástima por ser mujer, ahora que sabemos vuestra calidad, la lástima y compasion pasa á ser obligacion precisa de serviros: cobrad ánimo y no desmayeis, y aunque no acostumbrada á semejantes casos, tanto mas mostraréis quién sois, cuanto mas con paciencia supiéredes llevarlos: creed, señora, que imagino que estos tan estraños sucesos han de tener un feliz fin, que no han de permitir los cielos que tanta belleza se goce mal, y tan honestos pensamientos se malogren: acostáos, señora, y curad de vuestra persona, que lo habeis menester, que aquí entrará una criada nuestra que os sirva, de quien podeis hacer la misma confianza que de nuestras personas: tan bien sabrá tener en silencio vuestras desgracias, como acudir á vuestras necesidades.
—Tal es la que tengo, que á cosas mas dificultosas me obliga, respondió ella; entre, señor, quien vos quisiéredes, que encaminada por vuestra parte, no puedo dejar de tenerla muy buena en la que menester hubiere; pero con todo eso os suplico que no me vean mas que vuestra criada.