D. Juan y D. Antonio, que todas estas quejas escuchaban, no quisieron que mas adelante pasase en ellas, ni permitieron que el engaño de las trocadas mantillas mas la tuviese en pena, y así entraron, y D. Juan le dijo:
—Esas mantillas y ese niño son cosa vuestra, señora Cornelia.
Y luego le contó punto por punto cómo él habia sido la persona á quien su doncella habia dado el niño, y de cómo le habia traido á casa, con el órden que habia dado al ama del trueco de las mantillas, y la ocasion por que lo habia hecho; aunque despues que le contó su parto, siempre tuvo por cierto que aquel era su hijo, y que si no se lo habia dicho, habia sido porque tras el sobresalto del estar en duda de conocerle, sobreviniese la alegría de haberle conocido.
Allí fueron infinitas las lágrimas de alegría de Cornelia, infinitos los besos que dió á su hijo, infinitas las gracias que rindió á sus favorecedores, llamándolos ángeles humanos de su guarda, y otros títulos que de su agradecimiento daban notoria muestra. Dejáronla con el ama, encomendándole mirase por ella, y la sirviese cuanto fuese posible, advirtiéndola en el término en que estaba, para que acudiese á su remedio, pues ella por ser mujer sabia mas de aquel menester que no ellos.
Con esto se fueron á reposar lo que faltaba de la noche con intencion de no entrar en el aposento de Cornelia, si no fuese ó que ella los llamase, ó la necesidad precisa. Vino el dia, y el ama trujo á quien secretamente y á escuras diese de mamar al niño, y ellos preguntaron por Cornelia. Dijo el ama que reposaba un poco. Fuéronse á las escuelas, y pasaron por la calle de la pendencia y por la casa de donde habia salido Cornelia, por ver si era ya pública su falta, ó si hacian corrillos della; pero en ningun modo sintieron ni oyeron cosa ni de la riña, ni de la ausencia de Cornelia. Con esto, oidas sus lecciones, se volvieron á su posada.
Llamólos Cornelia con el ama, á quien respondieron que tenian determinado de no poner los piés en su aposento, para que con mas decoro se guardase el que á su honestidad se debia; pero ella replicó con lágrimas y con ruegos que entrasen á verla, que aquel era el decoro mas conveniente, si no para su remedio, á lo ménos para su consuelo. Hiciéronlo así, y ella los recebió con rostro alegre, y con mucha cortesía: pidióles le hiciesen merced de salir por la ciudad, y ver si oian algunas nuevas de su atrevimiento: respondiéronle que ya estaba hecha aquella diligencia con toda curiosidad, pero que no se decia nada.
En esto llegó un paje, de tres que tenian, á la puerta del aposento, y desde fuera dijo:
—Á la puerta está un caballero con dos criados, que dice se llama Lorenzo Bentibolli, y busca á mi señor D. Juan de Gamboa.
Á este recado cerró Cornelia ambos puños, y se los puso en la boca, y por entre ellos salió la voz baja y temerosa, y dijo:
—Mi hermano, señores, mi hermano es ese: sin duda debe haber sabido que estoy aquí, y viene á quitarme la vida: socorro, señores, y amparo.