—Sosegáos, señora, le dijo D. Antonio, que en parte estais y en poder de quien no os dejará hacer el menor agravio del mundo. Acudid vos, señor D. Juan, y mirad lo que quiere ese caballero, y yo me quedaré aquí á defender, si menester fuere, á Cornelia.

D. Juan sin mudar semblante bajó abajo, y luego D. Antonio hizo traer dos pistoletes armados, y mandó á los pajes que tomasen sus espadas, y estuviesen apercebidos. El ama viendo aquellas prevenciones, temblaba: Cornelia temerosa de algun mal suceso, temia: solos D. Antonio y D. Juan estaban en sí, y muy bien puestos en lo que habian de hacer. En la puerta de la calle halló D. Juan á D. Lorenzo, el cual en viendo á D. Juan, le dijo:

—Suplico á V. S. (que esta es la manera de Italia) me haga merced de venirse conmigo á aquella iglesia que está allí frontero, que tengo un negocio que comunicar con V. S. en que me va la vida y la honra.

—De muy buena gana, respondió D. Juan; vamos, señor, donde quisiéredes.

Dicho esto, mano á mano se fueron á la iglesia, sentándose en un escaño, y en parte donde no pudiesen ser oidos. Lorenzo habló primero, y dijo:

—Yo, señor español, soy Lorenzo Bentibolli, si no de los mas ricos, de los mas principales desta ciudad; ser esta verdad tan notoria servirá de disculpa de alabarme yo propio: quedé huérfano algunos años ha, y quedó en mi poder una mi hermana, tan hermosa, que á no tocarme tanto, quizá os la alabara de manera, que me faltaran encarecimientos por no poder ningunos corresponder del todo á su belleza: ser yo honrado, y ella muchacha y hermosa, me hacian andar solícito en guardarla; pero todas mis prevenciones y diligencias las ha defraudado la voluntad arrojada de mi hermana Cornelia, que este es su nombre: finalmente por acortar, por no cansaros este que pudiera ser cuento largo, digo que el duque de Ferrara, Alfonso de Este, con ojos de lince venció á los de Argos, derribó y triunfó de mi industria, venciendo á mi hermana, y anoche me la llevó y sacó de casa de una parienta nuestra, y aun dicen que recien parida: anoche lo supe, y anoche le salí á buscar, y creo que le hallé y acuchillé; pero fué socorrido de algun ángel, que no consintió que con su sangre sacase la mancha de mi agravio: hame dicho mi parienta, que es la que todo esto me ha dicho, que el duque engañó á mi hermana debajo de palabra de recebirla por mujer: esto yo no lo creo, por ser desigual el matrimonio en cuanto á los bienes de fortuna, que en los de naturaleza el mundo sabe la calidad de los Bentibollis de Bolonia: lo que creo es que él se atuvo á lo que se atienen los poderosos, que quieren atropellar una doncella temerosa y recatada, poniéndole á la vista el dulce nombre de esposo, haciéndola creer que por ciertos respetos no se desposaba luego: mentiras aparentes de verdades, pero falsas y mal intencionadas. Pero sea lo que fuere, yo me veo sin hermana y sin honra, puesto que todo esto hasta agora, por mi parte lo tengo puesto debajo de la llave del silencio, y no he querido contar á nadie este agravio, hasta ver si le puedo remediar y satisfacer en alguna manera; que las infamias mejor es que se presuman y sospechen, que no que se sepan de cierto y distintamente, que entre el sí y el no de la duda, cada uno puede inclinarse á la parte que mas quisiere, y cada una tendrá sus valedores. Finalmente, yo tengo determinado de ir á Ferrara, y pedir al mismo duque la satisfacion de mi ofensa, y si la negare, desafiarle sobre el caso; y esto no ha de ser con escuadrones de gente, pues no los puedo ni formar ni sustentar, sino de persona á persona; para lo cual queria el ayuda de la vuestra, y que me acompañásedes en este camino, confiado en que lo haréis por ser español y caballero, como ya estoy informado; y por no dar cuenta á ningun pariente ni amigo mio, de quien no espero sino consejos y disuasiones, y de vos puedo esperar los que sean buenos y honrosos, aunque rompan por cualquier peligro: vos, señor, me habeis de hacer merced de venir conmigo, que llevando un español á mi lado, y tal como vos me pareceis, haré cuenta que llevo en mi guarda los ejércitos de Jerjes: mucho os pido, pero á mas obliga la deuda de responder á lo que la fama de vuestra nacion pregona.

—No mas, señor Lorenzo, dijo á esta sazon don Juan (que hasta allí sin interrumpirle palabra le habia estado escuchando), no mas, que desde aquí me constituyo por vuestro defensor y consejero, y tomo á mi cargo la satisfacion ó venganza de vuestro agravio; y esto no solo por ser español, sino por ser caballero, y serlo vos tan principal como habeis dicho, y como yo sé, y como todo el mundo sabe: mirad cuándo quereis que sea nuestra partida, y seria mejor que fuese luego, porque el hierro se ha de labrar miéntras estuviese encendido, y el ardor de la cólera acrecienta el ánimo, y la injuria reciente despierta la venganza.

Levantóse Lorenzo y abrazó apretadamente á D. Juan, y dijo:

—Á tan generoso pecho como el vuestro, señor D. Juan, no es menester moverle con ponerle otro interes delante que el de la honra que ha de ganar en este hecho, la cual desde aquí os la doy, si salimos felizmente deste caso, y por añadidura os ofrezco cuanto tengo, puedo y valgo: la ida quiero que sea mañana, porque hoy pueda prevenir lo necesario para ella.

—Bien me parece, dijo don Juan, y dadme licencia, señor Lorenzo, que yo pueda dar cuenta deste hecho á un caballero, camarada mio, de cuyo valor y silencio os podeis prometer harto mas que del mio.