—Pues vos, señor D. Juan, segun decís habeis tomado mi honra á vuestro cargo, disponed della como quisiéredes, y decid della lo que quisiéredes y á quien quisiéredes; cuanto mas, que camarada vuestro ¿quién puede ser que muy bueno no sea?

Con esto se abrazaron y despidieron, quedando que otro dia por la mañana le enviaria á llamar, para que fuera de la ciudad se pusiesen á caballo, y siguiesen disfrazados su jornada.

Volvió D. Juan, y dió cuenta á D. Antonio y á Cornelia de lo que con Lorenzo habia pasado, y el concierto que quedaba hecho.

—¡Válame Dios! dijo Cornelia, grande es, señor, vuestra cortesía, y grande vuestra confianza: ¿cómo? y ¿tan presto os habeis arrojado á emprender una hazaña llena de inconvenientes? y ¿qué sabeis vos, señor, si os lleva mi hermano á Ferrara, ó á otra parte? pero donde quiera que os llevare, bien podeis hacer cuenta que va con vos la fidelidad misma, aunque yo como desdichada en los átomos del sol tropiezo, de cualquier sombra temo; y ¿no quereis que tema, si está puesta en la respuesta del duque mi vida ó mi muerte, y qué sé yo, si responderá tan atentamente, que la cólera de mi hermano se contenga en los límites de su discrecion? y cuando así no salga, ¿paréceos que tiene flaco enemigo? y ¿no os parece que los dias que tardáredes he de quedar colgada, temerosa y suspensa, esperando las dulces ó amargas nuevas del suceso? ¿Quiero yo tan poco al duque, ó á mi hermano, que de cualquiera de los dos no tema las desgracias y las sienta en el alma?

—Mucho discurrís, y mucho temeis, señora Cornelia, dijo don Juan; pero dad lugar entre tantos miedos á la esperanza, y fiad en Dios, en mi industria y buen deseo, que habeis de ver con toda felicidad cumplido el vuestro: la ida de Ferrara no se escusa, ni el dejar de ayudar yo á vuestro hermano, tampoco: hasta agora no sabemos la intencion del duque, ni tampoco si él sabe vuestra falta, y todo esto se ha de saber de su boca, y nadie se lo podrá preguntar como yo: entended, señora Cornelia, que la salud y contento de vuestro hermano y el del duque llevo puestos en las niñas de mis ojos: yo miraré por ellos como por ellas.

—Si así os da el cielo, señor D. Juan, respondió Cornelia, poder para remediar, como gracia para consolar, en medio destos mis trabajos me cuento por bien afortunada; ya querria veros ir y volver, por mas que el temor me aflija en vuestra ausencia, ó la esperanza me suspenda.

D. Antonio aprobó la determinacion de D. Juan, y le alabó la buena correspondencia que en él habia hallado la confianza de Lorenzo Bentibolli: díjole mas, que él querria ir á acompañarlos, por lo que podia suceder.

—Eso no, dijo D. Juan, así porque no será bien que la señora Cornelia quede sola, como porque no piense el señor Lorenzo, que me quiero valer de esfuerzos ajenos.

—El mio es el vuestro mismo, replicó D. Antonio, y así, aunque sea desconocido y desde léjos, os tengo de seguir, que la señora Cornelia sé que gustará dello, y no queda tan sola que le falte quien la sirva, la guarde y acompañe. Á lo cual Cornelia dijo:

—Gran consuelo será para mí, señores, si sé que vais juntos, ó á lo ménos de modo que os favorezcais el uno á otro, si el caso lo pidiere; y pues al que vais á mí se me semeja ser de peligro, hacedme merced, señores, de llevar estas reliquias con vosotros.