Y diciendo esto, sacó del seno una cruz de diamantes de inestimable valor, y un agnus de oro tan rico como la cruz. Miraron los dos las ricas joyas, y apreciáronlas aun mas que lo que habian apreciado el cintillo; pero volviéronselas, no queriendo tomarlas en ninguna manera, diciendo que ellos llevarian reliquias consigo, si no tan bien adornadas, á lo ménos en su calidad tan buenas. Pesóle á Cornelia el no aceptarlas, pero al fin hubo de estar á lo que ellos querian.
El ama tenia gran cuidado de regalar á Cornelia, y sabiendo la partida de sus amos, de que le dieron cuenta, pero no á lo que iban ni adónde iban, se encargó de mirar por la señora (cuyo nombre aun no sabia), de manera que sus mercedes no hiciesen falta. Otro dia bien de mañana ya estaba Lorenzo á la puerta, y D. Juan de camino con el sombrero del cintillo, á quien adornó de plumas negras y amarillas, y cubrió el cintillo con una toquilla negra. Despidiéronse de Cornelia, la cual imaginando que tenia á su hermano tan cerca, estaba tan temerosa, que no acertó á decir palabra á los dos que della se despidieron.
Salió primero Don Juan, y con Lorenzo se fué fuera de la ciudad, y en una huerta algo desviada hallaron dos muy buenos caballos, con dos mozos que del diestro los tenian. Subieron en ellos, y los mozos delante, por sendas y caminos desusados caminaron á Ferrara: D. Antonio sobre un cuartago suyo, y otro vestido y disimulado los seguia; pero parecióle que se recataban dél, especialmente Lorenzo, y así acordó de seguir el camino derecho de Ferrara, con seguridad que allí los encontraria.
Apénas hubieron salido de la ciudad, cuando Cornelia dió cuenta al ama de todos sus sucesos, y de cómo aquel niño era suyo y del duque de Ferrara, con todos los puntos que hasta aquí se han contado, tocantes á su historia, no encubriéndole como el viaje que llevaban sus señores era á Ferrara, acompañando á su hermano, que iba á desafiar al duque Alfonso. Oyendo lo cual el ama (como si el demonio se lo mandara, para intricar, estorbar ó dilatar el remedio de Cornelia), dijo:
—¡Ay, señora de mi alma! ¿y todas esas cosas han pasado por vos, y estais aquí descuidada y á pierna tendida? Ó no teneis alma, ó teneisla tan desmazalada que no siente. ¿Cómo, y pensais vos por ventura, que vuestro hermano va á Ferrara? No lo penseis, sino pensad y creed que ha querido llevar á mis amos de aquí, y ausentarlos desta casa, para volver á ella y quitaros la vida, que lo podrá hacer, como quien bebe un jarro de agua: mirad debajo de qué guarda y amparo quedámos, sino en la de tres pajes, que harto tienen ellos que hacer en rascarse la sarna de que están llenos, que en meterse en dibujos: á lo ménos de mi sé decir, que no tendré ánimo para esperar el suceso y ruina que á esta casa amenaza: ¡el señor Lorenzo, italiano, y que se fie de españoles, y les pida favor y ayuda! para mi ojo, si tal crea (y dióse ella misma una higa); si vos, hija mia, quisiéredes tomar mi consejo, yo os le daria tal que os luciese.
Pasmada, atónita y confusa estaba Cornelia oyendo las razones del ama, que las decia con tanto ahinco, y con tantas muestras de temor, que le pareció ser todo verdad lo que le decia, y quizá estaban muertos D. Juan y D. Antonio, y que su hermano entraba por aquellas puertas, y la cosia á puñaladas; y así le dijo:
—Y ¿qué consejo me daríades vos, amiga, que fuese saludable, y que previniese la sobrestante desventura?
—Y como que le daré tal y tan bueno, que no pueda mejorarse, dijo el ama: yo, señora, he servido á un piovano, á un cura, digo, de una aldea, que está dos millas de Ferrara: es una persona santa y buena, y que hará por mí todo lo que yo le pidiere, porque me tiene obligacion mas que de amo: vámonos allá, que yo buscaré quien nos lleve luego, y la que viene á dar de mamar al niño es mujer pobre, y se irá con nosotras al cabo del mundo; y ya, señora, que presupongamos que has de ser hallada, mejor será que te hallen en casa de un sacerdote de misa, viejo y honrado, que en poder de dos estudiantes, mozos y españoles, que los tales, como soy yo buen testigo, no desechan ripio, y agora, señora, como estás mala, te han guardado respeto; pero si sanas y convaleces en su poder, Dios lo podrá remediar, porque en verdad, que si á mí no me hubieran guardado mis repulsas, desdenes y enterezas, ya hubieran dado conmigo y con mi honra al traste; porque no es todo oro lo que en ellos reluce: uno dicen, y otro piensan; pero hanlo habido conmigo, que soy taimada, y sé dó me aprieta el zapato, y sobre todo soy bien nacida, que soy de los Cribelos de Milan, y tengo el punto de la honra diez millas mas allá de las nubes; y en esto se podrá echar de ver, señora mia, las calamidades que por mí han pasado, pues con ser quien soy, he venido á ser masara de españoles, á quien ellos llaman ama; aunque á la verdad no tengo de qué quejarme de mis amos, porque son unos benditos, como no estén enojados, y en esto parecen vizcaínos, como ellos dicen que lo son; pero quizá para contigo serán gallegos, que es otra nacion, segun es fama, algo ménos puntual y bien mirada que la vizcaína.
En efeto, tantas y tales razones le dijo, que la pobre Cornelia se dispuso á seguir su parecer; y así en ménos de cuatro horas, disponiéndolo el ama, y consintiéndolo ella, se vieron dentro de una carroza las dos y la ama del niño, y sin ser sentidas de los pajes, se pusieron en camino para la aldea del cura; y todo esto se hizo á persuasion del ama, y con sus dineros, porque la habian pagado sus señores un año de su sueldo, y así no fué menester empeñar una joya que Cornelia le daba; y como habian oido decir á D. Juan que él y su hermano no habian de seguir el camino derecho de Ferrara, sino por sendas apartadas, quisieron ellas seguir el derecho, y poco á poco por no encontrarse con ellos, y el dueño de la carroza se acomodó al paso de la voluntad dellas, porque le pagaron al gusto de la suya.
Dejémoslas ir, que ellas van tan atrevidas como bien encaminadas, y sepamos qué les sucedió á D. Juan de Gamboa y al señor Lorenzo Bentibolli: de los cuales se dice que en el camino supieron que el duque no estaba en Ferrara, sino en Bolonia; y así dejando el rodeo que llevaban, se vinieron al camino real, ó á la estrada maestra, como allá se dice, considerando que aquella habia de traer el duque, cuando de Bolonia volviese. Y á poco espacio que en ella habian entrado, habiendo tendido la vista hácia Bolonia por ver si por él alguno venia, vieron un tropel de gente de á caballo, y entónces dijo D. Juan á Lorenzo que se desviase del camino, porque si acaso entre aquella gente viniese el duque, le queria hablar allí ántes que se encerrase en Ferrara que estaba poco distante. Hízolo así Lorenzo, y aprobó el parecer de D. Juan.