Así como se apartó Lorenzo quitó D. Juan la toquilla que encubria el rico cintillo, y esto no con falta de discreto discurso, como él despues lo dijo.
En esto llegó la tropa de los caminantes, y entre ellos venia una mujer sobre una pia, vestida de camino, y el rostro cubierto con una mascarilla, ó por mejor encubrirse, ó por guardarse del sol y del aire. Paró el caballo D. Juan en medio del camino, y estuvo con el rostro descubierto á que llegasen los caminantes, y en llegando cerca, el talle, el brio, el poderoso caballo, la bizarría del vestido y las luces de los diamantes, llevaron tras sí los ojos de cuantos allí venian, especialmente los del duque de Ferrara, que era uno dellos, el cual como puso los ojos en el cintillo, luego se dió á entender que el que le traia era D. Juan de Gamboa, el que le habia librado en la pendencia; y tan de veras aprendió esta verdad, que sin hacer otro discurso, arremetió su caballo hácia D. Juan, diciendo:
—No creo que me engañaré en nada, señor caballero, si os llamo D. Juan de Gamboa, que vuestra gallarda disposicion y el adorno dese capelo me lo están diciendo.
—Así es la verdad, respondió D. Juan, porque jamas supe ni quise encubrir mi nombre: pero decidme, señor, quién sois, porque yo no caiga en alguna descortesía.
—Eso será imposible, respondió el duque, que para mí tengo que no podeis ser descortés en ningun caso: con todo eso os digo, señor D. Juan, que yo soy el duque de Ferrara, y el que está obligado á serviros todos los dias de su vida, pues no ha cuatro noches que vos se la disteis.
No acabó de decir esto el duque, cuando D. Juan, con estraña lijereza, saltó del caballo, y acudió á besar los piés del duque; pero por presto que llegó, ya el duque estaba fuera de la silla, de modo que se acabó de apear en brazos de D. Juan.
El señor Lorenzo, que desde algo léjos miraba estas ceremonias, no pensando que lo eran de cortesía, sino de cólera, arremetió su caballo; pero en la mitad del repelon le detuvo, porque vió abrazados muy estrechamente al duque y á D. Juan, que ya habia conocido al duque. El duque, por cima de los hombros de don Juan, miró á Lorenzo, y conocióle, de cuyo conocimiento algun tanto se sobresaltó, y así como estaba abrazado preguntó á D. Juan si Lorenzo Bentibolli, que allí estaba, venia con él ó no. Á lo cual D. Juan respondió:
—Apartémonos algo de aquí, y contaréle á vuestra Escelencia grandes cosas.
Hízolo así el duque, y D. Juan le dijo:
—Señor, Lorenzo Bentibolli, que allí veis, tiene una queja de vos, no pequeña: dice que habrá cuatro noches que sacastes á su hermana, la señora Cornelia, de casa de una prima suya, y que la habeis engañado y deshonrado, y quiere saber de vos qué satisfacion le pensais hacer, para que él vea lo que le conviene: pidióme que fuese su valedor y medianero: yo se lo ofrecí, porque por los barruntos que él me dió de la pendencia, conocí que vos, señor, érades el dueño deste cintillo, que por liberalidad y cortesía vuestra quisistes que fuese mio, y viendo que ninguno podia hacer vuestras partes mejor que yo, como ya he dicho, le ofrecí mi ayuda: querria yo agora, señor, me dijésedes lo que sabeis acerca deste caso, y si es verdad lo que Lorenzo dice.