—¡Ay, amigo! respondió el duque; es tan verdad, que no me atreveria á negarla aunque quisiese: yo no he engañado ni sacado á Cornelia, aunque sé que falta de la casa que dice: no la he engañado, porque la tengo por mi esposa: no la he sacado, porque no sé della: si públicamente no celebré mis desposorios, fué porque aguardaba que mi madre (que está ya en lo último) pasase desta á mejor vida, que tiene deseo que sea mi esposa la señora Livia, hija del duque de Mantua, y por otros inconvenientes quizá mas eficaces que los dichos, y no conviene que ahora se digan: lo que pasa es que la noche que me socorristes, la habia de traer á Ferrara, porque estaba ya en el mes de dar á la luz la prenda que ordenó el cielo que en ella depositase; ó ya fuese por la riña, ó ya por mi descuido, cuando llegué á su casa hallé que salia la secretaria de nuestros conciertos: preguntéle por Cornelia, díjome que ya habia salido, y que aquella noche habia parido un niño, el mas bello del mundo, y que se le habia dado á un Fabio mi criado: la doncella es aquella que allí viene: el Fabio está aquí, y el niño ni Cornelia no parecen: y yo he estado estos dos dias en Bolonia, esperando y escudriñando oir algunas nuevas de Cornelia, pero no he sentido nada.
—Dese modo, señor, dijo D. Juan, que cuando Cornelia y vuestro hijo pareciesen ¿no negaréis ser vuestra esposa y él vuestro hijo?
—No por cierto; porque aunque me precio de caballero, mas me precio de cristiano; y mas que Cornelia es tal, que merece ser señora de un reino: pareciese ella, y viva ó muera mi madre, que el mundo sabrá, que si supe ser amante, supe la fe que di en secreto guardarla en público.
—Luego ¿bien diréis, dijo D. Juan, lo que á mí me habeis dicho, á vuestro hermano el señor Lorenzo?
—Antes me pesa, respondió el duque, de que tarde tanto en saberlo.
Al instante hizo D. Juan señas á Lorenzo que se apease y viniese donde ellos estaban, como lo hizo, bien ajeno de pensar la buena nueva que le esperaba. Adelantóse el duque á recebirle con los brazos abiertos, y la primera palabra que le dijo fué llamarle hermano.
Apénas supo Lorenzo responder á salutacion tan amorosa, ni á tan cortés recebimiento; y estando así suspenso, ántes que hablase palabra, D. Juan le dijo:
—El duque, señor Lorenzo, confiesa la conversacion secreta que ha tenido con vuestra hermana la señora Cornelia: confiesa asimismo que es su legítima esposa, y que como lo dice aquí lo dirá públicamente cuando se ofreciere: concede asimismo que fué ha cuatro noches á sacarla de casa de su prima para traerla á Ferrara, y aguardar coyuntura de celebrar sus bodas, que las ha dilatado por justísimas causas que me ha dicho: dice asimismo la pendencia que con vos tuvo, y que cuando fué por Cornelia encontró con Sulpicia, su doncella, que es aquella mujer que allí viene, de quien supo que Cornelia no habia una hora que habia parido, y que ella dió la criatura á un criado del duque, y que luego Cornelia, creyendo que estaba allí el duque, habia salido de casa medrosa, porque imaginaba que ya vos, señor Lorenzo, sabíades sus tratos. Sulpicia no dió el niño al criado del duque, sino á otro en su cambio: Cornelia no parece, él se culpa de todo, y dice que cada y cuando que la señora Cornelia parezca, la recebirá como á su verdadera esposa: mirad, señor Lorenzo, si hay mas que decir, ni mas que desear, sino es el hallazgo de las dos tan ricas como desgraciadas prendas.
Á esto respondió el señor Lorenzo, arrojándose á los piés del duque, que porfiaba por levantarlo:
—De vuestra cristiandad y grandeza, serenísimo señor y hermano mio, no podíamos mi hermana y yo esperar menor bien del que á entrambos nos haceis: á ella en igualarla con vos, y á mí en ponerme en el número de vuestros criados.