Ya en esto se le arrasaban los ojos de lágrimas, y al duque lo mismo, enternecidos, el uno con la pérdida de su esposa, y el otro con el hallazgo de tan buen cuñado; pero considerando que pareceria flaqueza dar muestras con lágrimas de tanto sentimiento, las reprimieron y volvieron á encerrar en los ojos; y los de D. Juan alegres casi les pedian las albricias de haber parecido Cornelia y su hijo, pues los dejaba en su misma casa.
En esto estaban, cuando se descubrió D. Antonio de Isunza, que fué conocido de D. Juan en el cuartago desde algo léjos, pero cuando llegó cerca se paró, y vió los caballos de D. Juan y de Lorenzo, que los mozos tenian del diestro y acullá desviados: conoció á D. Juan y á Lorenzo, pero no al duque, y no sabia qué hacerse, si llegaria ó no adonde D. Juan estaba: y llegándose á los criados del duque, les preguntó si conocian á aquel caballero que con los otros dos estaba, señalando al duque. Fuéle respondido, ser el duque de Ferrara: con que quedó mas confuso y ménos sin saber qué hacerse; pero sacóle de su perplejidad D. Juan llamándole por su nombre. Apeóse D. Antonio, viendo que todos estaban á pié, y llegóse á ellos: recebióle el duque con mucha cortesía, porque D. Juan le dijo que era su camarada. Finalmente, D. Juan contó á D. Antonio todo lo que con el duque le habia sucedido hasta que él llegó. Alegróse en estremo D. Antonio, y dijo á D. Juan:
—¿Por qué, señor D. Juan, no acabais de poner la alegría y el contento destos señores en su punto, pidiendo las albricias del hallazgo de la señora Cornelia y de su hijo?
—Si vos no llegárades, señor D. Antonio, yo las pidiera, pero pedidlas vos, que yo aseguro que os las den de muy buena gana.
Como el duque y Lorenzo oyeron tratar del hallazgo de Cornelia y de albricias, preguntaron qué era aquello.
—¿Qué ha de ser, respondió D. Antonio, sino que yo quiero hacer un personaje en esta trágica comedia, y ha de ser el que pide las albricias del hallazgo de la señora Cornelia y de su hijo, que quedan en mi casa?
Y luego les contó punto por punto todo lo que hasta aquí se ha dicho: de lo cual el duque y el señor Lorenzo recebieron tanto placer y gusto, que D. Lorenzo se abrazó con D. Juan, y el duque con D. Antonio; el duque prometiendo todo su Estado en albricias, y el señor Lorenzo su hacienda, su vida y su alma. Llamaron á la doncella, que entregó á D. Juan la criatura, la cual habiendo conocido á Lorenzo, estaba temblando: preguntáronle si conoceria al hombre á quien habia dado el niño. Dijo que no, sino que ella le habia preguntado si era Fabio, y él habia respondido que sí, y con esta buena fe se le habia entregado.
—Así es la verdad, respondió D. Juan; y vos, señora, cerrastes la puerta luego, y me dijistes que la pusiese en cobro y diese luego la vuelta.
—Así es, señor, respondió la doncella llorando.
Y el duque dijo: