—Ya no son menester lágrimas aquí, sino júbilos y fiestas: el caso es, que yo no tengo de entrar en Ferrara, sino dar la vuelta luego á Bolonia, porque todos estos contentos son en sombra hasta que los haga verdaderos la vista de Cornelia.

Y sin mas decir, de comun consentimiento dieron la vuelta á Bolonia.

Adelantóse D. Antonio para apercebir á Cornelia, por no sobresaltarla con la improvisa llegada del duque y de su hermano; pero como no la halló ni los pajes le supieron decir nuevas della, quedó el mas triste y confuso hombre del mundo; y como vió que faltaba el ama, imaginó que por su industria faltaba Cornelia. Los pajes le dijeron que faltó el ama el mismo dia que ellos habian faltado, y que la Cornelia por quien preguntaba, nunca ellos la vieron. Fuera de sí quedó D. Antonio con el no pensado caso, temiendo que quizá el duque los tendria por mentirosos ó embusteros, ó quizá imaginaria otras peores cosas, que redundasen en perjuicio de su honra y del buen crédito de Cornelia. En esta imaginacion estaba, cuando entraron el duque, y D. Juan y Lorenzo, que por calles desusadas y encubiertas, dejando la demas gente fuera de la ciudad, llegaron á la casa de D. Juan, y hallaron á D. Antonio sentado en una silla, con la mano en la mejilla, y con una color de muerto.

Preguntóle D. Juan qué mal tenia y dónde estaba Cornelia. Respondió D. Antonio:

—¿Qué mal quereis que no tenga? pues Cornelia no parece, que con el ama que la dejamos para su compañía, el mismo dia que de aquí faltámos, faltó ella.

Poco le faltó al duque para espirar, y á Lorenzo para desesperarse, oyendo tales nuevas. Finalmente, todos quedaron turbados, suspensos é imaginativos. En esto se llegó un paje á D. Antonio, y al oido le dijo:

—Señor, Santisteban, el paje del señor don Juan, desde el dia que vuesas mercedes se fueron, tiene una mujer muy bonita encerrada en su aposento, y yo creo que se llama Cornelia, que así la he oido llamar.

Alborótose de nuevo D. Antonio, y mas quisiera que no hubiera parecido Cornelia, que sin duda pensó que era la que el paje tenia escondida, que no que la hallaran en tal lugar. Con todo eso no dijo nada, sino callando se fué al aposento del paje, y halló cerrada la puerta, y que el paje no estaba en casa: llegóse á la puerta, y dijo con voz baja:

—Abrid, señora Cornelia, y salid á recebir á vuestro hermano y al duque vuestro esposo, que vienen á buscaros.

Respondiéronle de dentro: ¿Hacen burla de mí? pues en verdad que no soy tan fea ni tan desdichada que no podian buscarme duques y condes, y eso se merece la persona que trata con pajes.