—Bien sabeis, señor Lorenzo Bentibolli, que yo jamas engañé á vuestra hermana, de lo que es buen testigo el cielo y mi conciencia: sabeis asimismo la diligencia con que la he buscado, y el deseo que he tenido de hallarla para casarme con ella, como se lo tengo prometido: ella no parece, y mi palabra no ha de ser eterna: yo soy mozo, y no tan esperto en las cosas del mundo, que no me deje llevar de las que me ofrece el deleite á cada paso: la misma aficion que me hizo prometer ser esposo de Cornelia, me llevó tambien á dar ántes que á ella palabra de matrimonio á una labradora desta aldea, á quien pensaba dejar burlada por acudir al valor de Cornelia, aunque no acudiera á lo que la conciencia me pedia, que no fuera pequeña muestra de amor; pero pues nadie se casa con mujer que no parece, ni es cosa puesta en razon, que nadie busque la mujer que le deja por no hallar la prenda que le aborrece: digo que veais, señor Lorenzo, qué satisfaccion puedo daros del agravio que no os hice, pues jamas tuve intencion de hacérosle, y luego quiero que me deis licencia para cumplir mi primera palabra, y desposarme con la labradora, que ya está dentro desta casa.
En tanto que el duque esto decia, el rostro de Lorenzo se iba mudando de mil colores, y no acertaba á estar sentado de una manera en la silla, señales claras que la cólera le iba tomando posesion de todos sus sentidos. Lo mismo pasaba por D. Juan y por D. Antonio, que luego propusieron de no dejar salir al duque con su intencion, aunque le quitasen la vida. Leyendo pues el duque en sus rostros sus intenciones, dijo:
—Sosegáos, señor Lorenzo, que ántes que me respondais palabra, quiero que la hermosura que veréis en la que quiero recebir por mi esposa, os obligue á darme la licencia que os pedí; porque es tal y tan estremada, que de mayores yerros será disculpa.
Esto dicho, se levantó donde Cornelia estaba riquísimamente adornada, con todas las joyas que el niño tenia, y muchas mas. Cuando el duque volvió las espaldas, se levantó D. Juan, y puestas ambas manos en los dos brazos de la silla donde estaba sentado Lorenzo, al oido le dijo:
—Por Santiago de Galicia, señor Lorenzo, y por la fe de cristiano y de caballero que tengo, que así deje yo salir con su intencion al duque como volverme moro: aquí, aquí y en mis manos ha de dejar la vida, ó ha de cumplir la palabra que á la señora Cornelia vuestra hermana tiene dada, ó lo ménos nos ha de dar tiempo de buscarla, y hasta que de cierto se sepa que es muerta, él no ha de casarse.
—Yo estoy dese parecer mismo, respondió Lorenzo.
—Pues del mismo estará mi camarada D. Antonio, replicó D. Juan.
En esto entró por la sala adelante Cornelia en medio del cura y del duque, que la traia de la mano, detras de los cuales venian Sulpicia la doncella de Cornelia, que el duque habia enviado por ella á Ferrara, y las dos amas, la del niño y la de los caballeros.
Cuando Lorenzo vió á su hermana, y la acabó de refigurar y conocer, que al principio la imposibilidad á su parecer de tal suceso no le dejaba enterar en la verdad, tropezando en sus mismos piés, fué á arrojarse á los del duque, que le levantó, y le puso en los brazos de su hermana: quiero decir, que su hermana le abrazó con las muestras de alegría posibles. D. Juan y D. Antonio dijeron al duque, que habia sido la mas discreta y mas sabrosa burla del mundo. El duque tomó al niño, que Sulpicia traia, y dándosele á Lorenzo, le dijo:
—Recebid, señor hermano, á vuestro sobrino y mi hijo, y ved si quereis darme licencia que me case con esta labradora, que es la primera á quien he dado palabra de casamiento.