—¿No la veríamos? preguntó el duque.
—Sí por cierto, respondió el cura; veníos, señor, conmigo, que si os suspende el adorno y la belleza desa criatura, como creo que os ha suspendido, el mismo efeto entiendo que ha de hacer la vista de su ama.
Quísole tomar la criatura el cura al duque, pero él no la quiso dejar, ántes la apretó en sus brazos, y le dió muchos besos. Adelantóse el cura un poco, y dijo á Cornelia que saliese sin turbacion alguna á recebir al duque. Hízolo así Cornelia, y con el sobresalto le salieron tales colores al rostro, que sobre el modo mortal la hermosearon. Pasmóse el duque cuando la vió, y ella arrojándose á sus piés, se los quiso besar. El duque sin hablar palabra dió el niño al cura, y volviendo las espaldas se salió con gran priesa del aposento. Lo cual visto por Cornelia, volviéndose al cura, dijo:
—¡Ay, señor mio! ¿si se ha espantado el duque de verme? ¿si me tiene aborrecida? ¿si le he parecido fea? ¿si se le han olvidado las obligaciones que me tiene? ¿no me hablará siquiera una palabra? ¿tanto le cansaba ya su hijo, que así le arrojó de sus brazos?
Á todo lo cual no respondia palabra el cura, admirado de la huida del duque, que así le pareció que fuese huida, ántes que otra cosa, y no fué sino que salió á llamar á Fabio, y decirle:
—Corre, Fabio amigo, y á toda diligencia vuelve á Bolonia, y dí que al momento Lorenzo Bentibolli, y los dos caballeros españoles, D. Juan de Gamboa y D. Antonio de Isunza, sin poner escusa alguna, vengan luego á esta aldea: mira, amigo, que vuelvas, y no te vengas sin ellos, que me importa la vida el verlos.
No fué perezoso Fabio, que luego puso en efeto el mandamiento de su señor.
El duque volvió luego adonde Cornelia estaba derramando hermosas y cristalinas lágrimas: cogióla el duque en sus brazos, y añadiendo lágrimas á lágrimas, mil veces le bebió el aliento de la boca, teniéndoles el contento atadas las lenguas; y así en silencio honesto y amoroso se gozaban los dos felices amantes y esposos verdaderos.
El ama del niño y la Crivela por lo ménos, como ella decia, que por entre las puertas de otro aposento habian estado mirando lo que entre el duque y Cornelia pasaba, de gozo se daban de calabazadas por las paredes, que no parecia sino que habian perdido el juicio. El cura daba mil besos al niño, que tenia en sus brazos, y con la mano derecha, que desocupó, no se hartaba de echar bendiciones á los dos abrazados señores. El ama del cura, que no se habia hallado presente al grave caso, por estar ocupada aderezando la comida, cuando la tuvo en su punto, entró á llamarlos que se sentasen á la mesa. Esto apartó los estrechos abrazos, y el duque desembarazó al cura del niño, y le tomó en sus brazos, y en ellos le tuvo todo el tiempo que duró la limpia y bien sazonada, mas que suntuosa comida: y en tanto que comian, dió cuenta Cornelia de todo lo que le habia sucedido hasta venir á aquella casa por consejo de la ama de los dos caballeros españoles, que la habian servido, amparado y guardado con el mas honesto y puntual decoro que pudiera imaginarse. El duque le contó asimismo á ella todo lo que por él habia pasado hasta aquel punto. Halláronse presentes las dos amas, y hallaron en el duque grandes ofrecimientos y promesas. En todos se renovó el gusto con el felice fin de su suceso, y solo esperaban á colmarle y á ponerle en el estado mejor que acertara á desearse con la venida de Lorenzo, de D. Juan y D. Antonio, los cuales de allí á tres dias vinieron desalados y deseosos por saber si alguna nueva sabia el duque de Cornelia, que Fabio, que los fué á llamar, no les pudo decir ninguna cosa de su hallazgo, pues no la sabia.
Saliólos á recebir el duque á una sala ántes de donde estaba Cornelia, y esto sin muestras de contento alguno, de que los recien venidos se entristecieron. Hízolos sentar el duque, y él se sentó con ellos, y encaminando su plática á Lorenzo, le dijo: