Hízolo así el buen cura, y luego fué á dar órden como regalar y servir al duque, y con esta ocasion le pudo hablar Cornelia, la cual tomándole de las manos le dijo:
—¡Ay, padre y señor mio! y ¿qué es lo que quiere el duque? por amor de Dios, señor, que le dé algun toque en mi negocio, y procure descubrir y tomar algun indicio de su intencion; en efeto, guíelo como mejor le pareciere y su mucha discrecion le aconsejare.
Á esto le respondió el cura:
—El duque viene triste, hasta ahora no me ha dicho la causa: lo que se ha de hacer es, que luego se aderece ese niño muy bien, y ponedle, señora, las joyas todas que tuviéredes, principalmente las que os hubiere dado el duque, y dejadme hacer, que yo espero en el cielo, que hemos de tener hoy un buen dia.
Abrazóle Cornelia, y besóle la mano, y retiróse á aderezar y componer el niño. El cura salió á entretener al duque en tanto que se hacia hora de comer, y en el discurso de su plática preguntó el cura al duque, si era posible saberse la causa de su melancolía, porque sin duda de una legua se echaba de ver que estaba triste.
—Padre, respondió el duque, claro está que las tristezas del corazon salen al rostro; en los ojos se lee la relacion de lo que está en el alma; y lo peor es, que por ahora no puedo comunicar mi tristeza con nadie.
—Pues en verdad, señor, respondió el cura, que si estuviérades para ver cosas de gusto, que os enseñara yo una, que tengo para mí que os le causara y grande.
—Simple seria, respondió el duque, aquel que ofreciéndole el alivio de su mal, no quisiese recebirle: por vida mia, padre, que me mostreis eso que decís, que debe de ser alguna de vuestras curiosidades, que para mí son todas de grandísimo gusto.
Levantóse el cura, y fué donde estaba Cornelia, que ya tenia adornado á su hijo, y puéstole las ricas joyas de la cruz y del agnus, con otras tres piezas preciosísimas, todas dadas del duque á Cornelia, y tomando al niño entre sus brazos, salió adonde el duque estaba, y diciéndole que se levantase, y se llegase á la claridad de una ventana, quitó al niño de sus brazos, y le puso en los del duque, el cual cuando miró y reconoció las joyas, y vió que eran las mismas que él habia dado á Cornelia, quedó atónito; y mirando ahincadamente al niño, le pareció que miraba su mismo retrato; y lleno de admiracion preguntó al cura cúya era aquella criatura, que en su adorno y aderezo parecia hijo de algun príncipe.
—No sé, respondió el cura, solo sé que habrá no sé cuántas noches, que aquí me le trujo un caballero de Bolonia, y me encargó mirase por él, y le criase, que era hijo de un valeroso padre, y de una principal y hermosísima madre: tambien vino con el caballero una mujer para dar leche al niño, á quien yo he preguntado si sabe algo de los padres desta criatura, y responde que no sabe palabra; y en verdad que si la madre es tan hermosa como el ama, que debe ser la mas hermosa mujer de Italia.