—¿Dónde está Cornelia, dónde está la vida de la vida mia?

—Aquí está Cornelia, respondió una mujer que estaba envuelta en una sábana de la cama, y cubierto el rostro, y prosiguió diciendo: ¡Válanos Dios! ¿es este algun buey de hurto? ¿Es cosa nueva dormir una mujer con un paje, para hacer tantos milagrones?

Lorenzo que estaba presente, con despecho y cólera tiró de un cabo de la sábana, y descubrió una mujer moza y no de mal parecer, la cual de vergüenza se puso las manos delante del rostro y acudió á tomar sus vestidos, que le servian de almohada, porque la cama no la tenia, y en ellos vieron que debia de ser alguna pícara de las perdidas del mundo.

Preguntóle el duque que si era verdad que se llamaba Cornelia: respondió que sí, y que tenia muy honrados parientes en la ciudad, y nadie dijese desta agua no beberé. Quedó tan corrido el duque, que casi estuvo por pensar si hacian los españoles burla dél; pero por no dar lugar á tan mala sospecha, volvió las espaldas, y sin hablar palabra, siguiéndole Lorenzo, subieron en sus caballos y se fueron, dejando á D. Juan y á D. Antonio harto mas corridos que ellos iban, y determinaron de hacer las diligencias posibles y aun imposibles en buscar á Cornelia y satisfacer al duque de su verdad y buen deseo. Despidieron á Santisteban por atrevido, y echaron á la pícara Cornelia, y en aquel punto se les vino á la memoria que se les habia olvidado de decir al duque las joyas del agnus y la cruz de diamantes que Cornelia les habia ofrecido, pues con estas señas creeria que Cornelia habia estado en su poder, y que si faltaba no habia estado en su mano. Salieron á decirle esto, pero no le hallaron en casa de Lorenzo, donde creyeron que estaria: á Lorenzo sí, el cual les dijo que sin detenerse un punto se habia vuelto á Ferrara, dejándole órden de buscar á su hermana.

Dijéronle lo que iban á decirle, pero Lorenzo les dijo que el duque iba muy satisfecho de su buen proceder, y que entrambos habian echado la falta de Cornelia á su mucho miedo, y que Dios seria servido de que pareciese, pues no habia de haber tragado la tierra al niño, y al ama, y á ella. Con esto se consolaron todos, y no quisieron hacer la inquisicion de buscalla por bandos públicos, sino por diligencias secretas, pues de nadie sino de su prima se sabia su falta; y entre los que no sabian la intencion del duque, correria riesgo el crédito de su hermana, si la pregonasen, y ser gran trabajo andar satisfaciendo á cada uno de las sospechas que una vehemente presuncion les infunde.

Siguió su viaje el duque, y la buena suerte, que iba disponiendo su ventura, hizo que llegase á la aldea del cura, donde ya estaban Cornelia, y el niño, y su ama y la consejera; y ellas le habian dado cuenta de su vida, y pedídole consejo de lo que harian.

Era el cura grande amigo del duque, en cuya casa, acomodada á lo de clérigo rico y curioso, solia el duque venirse desde Ferrara muchas veces, y desde allí salia á caza, porque gustaba mucho así de la curiosidad del cura, como de su donaire, que le tenia en cuanto decia y hacia. No se alborotó por ver al duque en su casa, porque como se ha dicho no era la vez primera; pero descontentóle verle venir triste, porque luego echó de ver que con alguna pasion traia ocupado el ánimo.

Entreoyó Cornelia que el duque de Ferrara estaba allí, y turbóse en estremo, por no saber con qué intencion venia: torcíase las manos, y andaba de una parte á otra, como persona fuera de sentido: quisiera hablar Cornelia al cura, pero estaba entreteniendo al duque, y no tenia lugar de hablarle.

El duque le dijo:

—Yo vengo, padre mio, tristísimo, y no quiero hoy entrar en Ferrara, sino ser vuestro huésped; decid á los que vienen conmigo, que pasen á Ferrara, y que solo se quede Fabio.