—Á lo si estoy en esta tierra, ó no, señor licenciado Peralta, el verme en ella le responde: á las demas preguntas no tengo que decir, sino que salgo de aquel hospital de sudar catorce cargas de bubas que me echó á cuestas una mujer que escogí por mia, que no debiera.
—Luego ¿casóse vuesa merced? replicó Peralta.
—Sí, señor, respondió Campuzano.
—Seria por amores, dijo Peralta, y tales casamientos traen consigo aparejada la ejecucion del arrepentimiento.
—No sabré decir si fué por amores, respondió el alférez, aunque sabré afirmar que fué por dolores, pues de mi casamiento ó cansamiento, saqué tantos en el cuerpo y en el alma, que los del cuerpo para entretenerlos me cuestan cuarenta sudores, y los del alma no hallo remedio para aliviarlos siquiera; pero porque no estoy para tener largas pláticas en la calle, vuesa merced me perdone, que otro dia con mas comodidad le daré cuenta de mis sucesos, que son los mas nuevos y peregrinos que vuesa merced habrá oido en todos los dias de su vida.
—No ha de ser así, dijo el licenciado, sino que quiero que venga conmigo á mi posada, y allí haremos penitencia juntos, que la olla es muy de enfermo; y aunque está tasada para dos, un pastel suplirá con mi criado, y si la convalecencia lo sufre, unas lonjas de jamon de Rute nos harán la salva, y sobre todo la buena voluntad con que lo ofrezco, no solo esta vez, sino todas las que vuesa merced quisiere.
Agradecióselo Campuzano, y aceptó el convite y los ofrecimientos. Fueron á San Llorente, oyeron misa, llevóle Peralta á su casa, dióle lo prometido, y ofreciósele de nuevo, y pidióle en acabando de comer, le contase los sucesos que tanto le habian encarecido. No se hizo de rogar Campuzano, ántes comenzó á decir desta manera.
—Bien se acordará vuesa merced, señor licenciado Peralta, cómo yo hacia en esta ciudad camarada con el capitan Pedro de Herrera, que ahora está en Flándes.
—Bien me acuerdo, respondió Peralta.
—Pues un dia, prosiguió Campuzano, que acabámos de comer en aquella posada de la Solana, donde vivíamos, entraron dos mujeres de gentil parecer con dos criadas: la una se puso á hablar con el capitan en pié, arrimados á una ventana; y la otra se sentó en una silla junto á mí, derribado el manto hasta la barba, sin dejar ver el rostro mas de aquello que concedia la raridad del manto; y aunque le supliqué por cortesía me hiciese merced de descubrirse, no fué posible acabarlo con ella, cosa que me encendió mas el deseo de verle; y para acrecentarle mas, ó ya fuese de industria, ó acaso, sacó la señora una blanca mano, con muy buenas sortijas: estaba yo entónces bizarrísimo, con aquella gran cadena que vuesa merced debió de conocerme, el sombrero con plumas y cintillo, el vestido de colores á fuer de soldado, y tan gallardo á los ojos de mi locura, que me daba á entender que las podia matar en el aire: con todo esto le rogué que se descubriese. Á lo que ella me respondió: No seais importuno, casa tengo, haced á un paje que me siga, que aunque soy mas honrada de lo que promete esta respuesta, todavía á trueco de ver si responde vuestra discrecion á vuestra gallardía, holgaré de que me veais mas despacio.