»Beséle las manos por la grande merced que me hacia, en pago de la cual le prometí montes de oro. Acabó el capitan su plática. Ellas se fueron: siguiólas un criado mio. Díjome el capitan que lo que la dama le queria era que le llevase unas cartas á Flándes á otro capitan, que decia ser su primo; aunque él sabia que no era, sino su galan.
»Yo quedé abrasado con las manos de nieve que habia visto, y muerto por el rostro que deseaba ver; y así otro dia, guiándome mi criado, dióseme libre entrada. Hallé una casa muy bien aderezada, y una mujer de hasta treinta años, á quien conocí por las manos: no era hermosa en estremo, pero éralo de suerte, que podia enamorar comunicada, porque tenia un tono de habla tan suave, que se entraba por los oidos en el alma. Pasé con ella luengos y amorosos coloquios: blasoné, hendí, rajé, ofrecí, prometí y hice todas las demostraciones que me pareció ser necesarias para hacerme bienquisto con ella; pero como ella estaba hecha á oir semejantes ó mayores ofrecimientos y razones, parecia que les daba atento oido, ántes que crédito alguno. Finalmente, nuestra plática se pasó en flores cuatro dias que continué en visitalla, sin que llegase á coger el fruto que deseaba.
»En el tiempo que la visité, siempre hallé la casa desembarazada, sin que viese visiones en ella de parientes fingidos, ni de amigos verdaderos: servíala una moza mas taimada que simple: finalmente, tratando mis amores como soldado, que está víspera de mudar, apuré á mi señora Doña Estefanía de Caicedo (que este es el nombre de la que así me tiene), y respondióme: Señor alférez Campuzano, simplicidad seria, si yo quisiese venderme á vuesa merced por santa; pecadora he sido, y aun ahora lo soy; pero no de manera que los vecinos me murmuren, ni los apartados me noten: ni de mis padres ni de otro pariente heredé hacienda alguna, y con todo esto vale el menaje de mi casa bien validos, dos mil y quinientos ducados; y estos en cosas, que puestas en almoneda, lo que se tardare en ponellas, se tardará en convertirse en dineros: con esta hacienda busco marido á quien entregarme, y á quien tener obediencia; á quien juntamente con la enmienda de mi vida, le entregaré una increible solicitud de regalarle y servirle; porque no tiene príncipe cocinero mas goloso, ni que mejor sepa dar el punto á los guisados, que le sé dar yo, cuando mostrando ser casera, me quiero poner á ello: sé ser mayordomo en casa, moza en la cocina y señora en la sala: en efecto sé mandar, y sé hacer que me obedezcan: no desperdicio nada, y allego mucho: mi real no vale ménos, sino mucho mas, cuando se gasta por mi órden: la ropa blanca que tengo, que es mucha y muy buena, no se sacó de tiendas ni lenceros; estos pulgares y los de mis criadas la hilaron, y si pudiera tejerse en casa, se tejiera: digo estas alabanzas mias, porque no acarrean vituperio, cuando es forzosa la necesidad de decirlas: finalmente quiero decir, que yo busco marido que me ampare, me mande y me honre, y no galan que me sirva y me vitupere: si vuesa merced gustare de aceptar la prenda que se le ofrece, aquí estoy moliente y corriente, sujeta á todo aquello que vuesa merced ordenare, sin andar en venta, que es lo mismo andar en lenguas de casamenteros, y no hay ninguno tan bueno para concertar el todo, como las mismas partes.
»Yo, que tenia entónces el juicio no en la cabeza, sino en los carcañales, haciéndoseme el deleite en aquel punto mayor de lo que en la imaginacion le pintaba, y ofreciéndoseme tan á la vista la cantidad de hacienda, que ya la contemplaba en dineros convertida, sin hacer otros discursos de aquellos á que daba lugar el gusto que me tenia echados grillos al entendimiento, le dije que yo era el venturoso y bienafortunado en haberme dado el cielo casi por milagro tal compañera para hacerla señora de mi voluntad y de mi hacienda, que no era tan poca, que no valiese con aquella cadena que traia al cuello, y con otras joyuelas que tenia en casa, y con deshacerme de algunas galas de soldado, mas de dos mil ducados, que juntos con los dos mil y quinientos suyos, era suficiente cantidad para retirarnos á vivir á una aldea de donde yo era natural, y adonde tenia algunas raíces, hacienda tal, que sobrellevada con el dinero, vendiendo los frutos á su tiempo, nos podia dar una vida alegre y descansada: en resolucion, aquella vez se concertó nuestro desposorio, y se dió traza como los dos hiciésemos informacion de solteros, y en los tres dias de fiesta, que vinieron luego juntos en una pascua, se hicieron las amonestaciones, y al cuarto dia nos desposámos, hallándose presentes al desposorio dos amigos mios, y un mancebo que ella dijo ser primo suyo, á quien yo me ofrecí por pariente con palabras de mucho comedimiento, como lo habian sido todas las que hasta entónces á mi nueva esposa habia dado, con intencion tan torcida y traidora que la quiero callar, porque aunque estoy diciendo verdades, no son verdades de confesion, que no pueden dejar de decirse.
»Mudó mi criado el baul de la posada á casa de mi mujer: encerré en él delante della mi magnífica cadena: mostréle otras tres ó cuatro, si no tan grandes, de mejor hechura, con otros tres ó cuatro cintillos de diversas suertes: hícele patentes mis galas y mis plumas, y entreguéle para el gasto de casa hasta cuatrocientos reales que tenia. Seis dias gocé del pan de la boda, espaciándome en casa como el yerno ruin en la del suegro rico: pisé ricas alfombras, ajé sábanas de Holanda, alumbréme con candeleros de plata, almorzaba en la cama, levantábame á las once, comia á las doce, y á las dos sesteaba en el estrado; bailábanme Doña Estefanía y la moza el agua delante; mi mozo, que hasta allí le habia conocido perezoso y lerdo, se habia vuelto un corzo; el rato que Doña Estefanía faltaba de mi lado, la habian de hallar en la cocina toda solícita en ordenar guisados que me despertasen el gusto y me avivasen el apetito; mis camisas, cuellos y pañuelos eran un nuevo Aranjuez de flores, segun olian, bañados en la agua de ángeles y de azahar, que sobre ellos se derramaba.
»Pasáronse estos dias volando, como se pasan los años que están debajo de la jurisdicion del tiempo; en los cuales dias por verme tan regalado y tan bien servido, iba mudando en buena la mala intencion con que aquel negocio habia comenzado; al cabo de los cuales, una mañana (que aun estaba con Doña Estefanía en la cama) llamaron con grandes golpes á la puerta de la calle. Asomóse la moza á la ventana, y quitándose al momento, dijo:
»—¡Oh, que sea ella la bien venida! ¿Han visto y cómo ha venido mas presto de lo que escribió el otro dia?
»—¿Quién es la que ha venido, moza? le pregunté.
»—¿Quién? respondió ella, es mi señora Doña Clementa Bueso, y viene con ella el señor D. Lope Melendez de Almendarez, con otros dos criados, y Hortigosa, la dueña que llevó consigo.
»—Corre, moza, bien haya yo, y ábreles, dijo á este punto Estefanía; y vos, señor, por mi amor, que no os alboroteis ni respondais por mí á ninguna cosa que contra mí oyéredes.