—Eso no es posible, replicó el licenciado, porque la que el señor alférez traia al cuello, mostraba pesar mas de docientos ducados.

—Así fuera, respondió el alférez, si la verdad respondiera al parecer; pero como no es todo oro lo que reluce, las cadenas, cintillos, joyas, brincos, con solo ser de alquimia se contentaron, pero estaban tan bien hechas, que solo el toque ó el fuego podia descubrir su malicia.

—Desa manera, dijo el licenciado, entre vuesa merced y la señora Doña Estefanía, pata es la traviesa.

—Y tan pata, respondió el alférez, que podemos volver á barajar; pero el daño está, señor licenciado, en que ella se podrá deshacer de mis cadenas, y yo no de la falsía de su término; y en efecto, mal que me pese es prenda mia.

—Dad gracias á Dios, señor Campuzano, dijo Peralta, que fué prenda con piés, y que se os ha ido, y que no estais obligado á buscarla.

—Así es, respondió el alférez; pero con todo esto, sin que la busque la hallo siempre en la imaginacion, y adonde quiera que estoy tengo mi afrenta presente.

—No sé qué responderos, dijo Peralta, sino es traeros á la memoria dos versos de Petrarca, que dicen:

Ché chi prende diletto di far frode,

Non si de’ lamentar s’altri l’inganna.

Que responden en nuestro castellano: Que el que tiene costumbre y gusto de engañar á otro, no se debe quejar cuando es engañado.