—Yo no me quejo, respondió el alférez, sino lastímome: que el culpado, no por conocer su culpa, deja de sentir la pena del castigo: bien veo que quise engañar y fuí engañado, porque me hirieron por mis propios filos; pero no puedo tener tan á raya el sentimiento, que no me queje de mí mismo. Finalmente, por venir á lo que hace mas al caso á mi historia (que este nombre se le puede dar al cuento de mis sucesos), digo que supe que se habia llevado á Doña Estefanía el primo que dije que se halló á nuestros desposorios, el cual de luengos tiempos atras era su amigo á todo ruedo: no quise buscarla, por no hallar el mal que me faltaba: mudé posada, y mudé el pelo dentro de pocos dias; porque comenzaron á pelárseme las cejas y las pestañas, y poco á poco me dejaron los cabellos, y ántes de edad me hice calvo, dándome una enfermedad que llaman lupicia, y por otro nombre mas claro la pelarela: halléme verdaderamente hecho pelon; porque ni tenia barbas que peinar, ni dineros que gastar: fué la enfermedad caminando al paso de mi necesidad, y como la pobreza atropella á la honra, y á unos lleva á la horca, y á otros al hospital, y á otros les hace entrar por las puertas de sus enemigos con ruegos y sumisiones, que es una de las mayores miserias que puede suceder á un desdichado, por no gastar en curarme los vestidos que me habian de cubrir y honrar en salud, llegado el tiempo en que se dan los sudores en el hospital de la Resurreccion, me entré en él, donde he tomado cuarenta sudores: dicen que quedaré sano, si me guardo: espada tengo, lo demas Dios lo remedie.

Ofreciósele de nuevo el licenciado, admirándose de las cosas que le habia contado.

—Pues de poco se maravilla vuesa merced, señor Peralta, dijo el alférez, que otros sucesos me quedan por decir que esceden á toda imaginacion, pues van fuera de todos los términos de naturaleza: no quiera vuesa merced saber mas, sino que son de suerte que doy por bien empleadas todas mis desgracias, por haber sido parte de haberme puesto en el hospital, donde vi lo que ahora diré, que es lo que ahora ni nunca vuesa merced podrá creer, ni habrá persona en el mundo que lo crea.

Todos estos preámbulos y encarecimientos, que el alférez hacia ántes de contar lo que habia visto, encendian el deseo de Peralta, de manera que con no menores encarecimientos le pidió que luego luego le dijese las maravillas que le quedaban por decir.

—Ya vuesa merced habrá visto, dijo el alférez, dos perros que con dos linternas andan de noche con los hermanos de la Capacha, alumbrándoles cuando piden limosna.

—Sí he visto, respondió Peralta.

—Tambien habrá visto ó oido vuesa merced, dijo el alférez, lo que dellos se cuenta, que si acaso echan limosna de las ventanas y se cae en el suelo, ellos acuden luego á alumbrar, á buscar lo que se cae, y se paran delante de las ventanas, donde saben que tienen costumbre de darles limosna, y con ir allí con tanta mansedumbre, que mas parecen corderos que perros, en el hospital son unos leones, guardando la casa con grande cuidado y vigilancia.

—Yo he oido decir, dijo Peralta, que todo es así; pero eso no me puede ni debe causar maravilla.

—Pues lo que ahora diré dellos, dijo el alférez, es razon que la cause, y que sin hacerse cruces, ni alegar imposibles ni dificultades, vuesa merced se acomode á creerlo; y es que yo oí y casi vi con mis ojos á estos dos perros, que el uno se llamaba Cipion, el otro Berganza, estar una noche, que fué la penúltima que acabé de sudar, echados detras de mi cama en unas esteras viejas, y á la mitad de aquella noche, estando á escuras y desvelado, pensando en mis pasados sucesos y presentes desgracias, oí hablar allí junto, y estuve con atento oido escuchando, por ver si podia venir en conocimiento de los que hablaban, y de lo que hablaban, y á poco rato vine á conocer, por lo que hablaban, los que hablaban, que eran los dos perros Cipion y Berganza.

Apénas acabó de decir esto Campuzano, cuando levantándose el licenciado, dijo: