—Vuesa merced quede mucho en buen hora, señor Campuzano, que hasta aquí estaba en duda si creeria ó no lo que de su casamiento me habia contado; y esto que ahora me cuenta de que oyó hablar los perros, me ha hecho declarar por la parte de no creelle ninguna cosa: por amor de Dios, señor alférez, que no cuente estos disparates á persona alguna, si ya no fuere á quien sea tan su amigo como yo.

—No me tenga vuesa merced por tan ignorante, replicó Campuzano, que no entienda que, si no es por milagro, no pueden hablar los animales: que bien sé que si los tordos, picazas y papagayos hablan, no son sino las palabras que aprenden y toman de memoria, y por tener la lengua estos animales cómoda para poder pronunciarlas; mas no por esto pueden hablar y responder con discurso concertado, como estos perros hablaban; y así muchas veces despues que los oí, yo mismo no he querido dar crédito á mí mismo, y he querido tener por cosa soñada lo que realmente estando despierto con todos mis cinco sentidos, tales cuales nuestro Señor fué servido dármelos, oí, escuché, noté, y finalmente escribí sin faltar palabra por su concierto, de donde se puede tomar indicio bastante que mueva y persuada á creer esta verdad que digo: las cosas de que trataron fueron grandes y diferentes, y mas para ser tratadas por varones sabios, que para ser dichas de bocas de perros: así que, pues yo no las pude inventar de mio, á mi pesar y contra mi opinion vengo á creer que no soñaba, y que los perros hablaban.

—¡Cuerpo de mí, replicó el licenciado, si se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas, ó el de Esopo, cuando departia el gallo con la zorra y unos animales con otros!

—Uno dellos seria yo y el mayor, replicó el alférez, si creyese que ese tiempo ha vuelto, y aun tambien lo seria, si dejase de creer lo que oí y lo que vi, y lo que me atreveré á jurar con juramento que obligue y aun fuerce á que lo crea la misma incredulidad; pero puesto caso que me haya engañado y que mi verdad sea sueño, y el porfiarla disparate, ¿no se holgara vuesa merced, señor Peralta, de ver escritas en un coloquio las cosas que estos perros, ó sean quien fueren, hablaron?

—Como vuesa merced, replicó el licenciado, no se canse mas en persuadirme que oyó hablar á los perros, de muy buena gana oiré ese coloquio, que por ser escrito y notado del buen ingenio del señor alférez, ya le juzgo por bueno.

—Pues hay en esto otra cosa, dijo el alférez, que como yo estaba tan atento y tenia delicado el juicio, delicada, sotil y desocupada la memoria (merced á las muchas pasas y almendras que habia comido), todo lo tomé de coro, y casi por las mismas palabras que habia oido, lo escribí otro dia, sin buscar colores retóricas para adornarlo, ni que añadir ni quitar, para hacerle gustoso. No fué una noche sola la plática, que fueron dos consecutivamente, aunque yo no tengo escrita mas de una, que es la vida de Berganza; y la del compañero Cipion pienso escribir (que fué la que se contó la noche segunda) cuando viere ó que esta se crea, ó á lo ménos no se desprecie: el coloquio traigo en el seno; púselo en forma de coloquio, por ahorrar de dijo Cipion, respondió Berganza, que suele alargar la escritura.

Y en diciendo esto, sacó del pecho un cartapacio, y le puso en las manos del licenciado, el cual le tomó riyéndose, y como haciendo burla de todo lo que habia oido, y de lo que pensaba leer.

—Yo me recuesto, dijo el alférez, en esta silla, en tanto que vuesa merced lee si quiere esos sueños ó disparates, que no tienen otra cosa de bueno, sino es el poderlos dejar cuando enfaden.

—Haga vuesa merced su gusto, dijo Peralta, que yo con brevedad me despediré desta letura.

Recostóse el alférez, abrió el licenciado el cartapacio, y en el principio vió que estaba puesto este título: