Berganza. Acuérdome que cuando estudiaba oí decir al preceptor un refran latino, que ellos llaman adagio, que decia: habet bovem in lingua.
Cipion. ¡Oh! que en hora mala hayais encajado vuestro latin. ¿Tan presto se te ha olvidado lo que poco ha dijimos contra los que entremeten latines en las conversaciones de romances?
Berganza. Este latin viene aquí de molde: que has de saber que los atenienses usaban entre otras de una moneda sellada con la figura de un buey, y cuando algun juez dejaba de decir ó hacer lo que era razon y justicia por estar cohechado, decian: este tiene el buey en la lengua.
Cipion. La aplicacion falta.
Berganza. ¿No está bien clara, si las dádivas de la negra me tuvieron muchos dias mudo, que ni queria ni osaba ladrar cuando bajaba á verse con su negro enamorado? por lo que vuelvo á decir que pueden mucho las dádivas.
Cipion. Ya te he respondido que pueden mucho; y si no fuera por no hacer ahora una larga digresion, con mil ejemplos probara lo mucho que las dádivas pueden; mas quizá lo diré, si el cielo me concede tiempo, lugar y habla para contarte mi vida.
Berganza. Dios te dé lo que deseas, y escucha. Finalmente, mi buena intencion rompió por las malas dádivas de la negra, á la cual bajando una noche muy escura á su acostumbrado pasatiempo, arremetí sin ladrar, porque no se alborotasen los de casa, y en un instante le hice pedazos toda la camisa, y le arranqué un pedazo de muslo: burla que fué bastante á tenerla de veras mas de ocho dias en la cama, fingiendo para con sus amos no sé qué enfermedad. Sanó, volvió otra noche, y yo volví á la pelea con mi perra, y sin morderla la arañé todo el cuerpo como si la hubiera cardado como manta: nuestras batallas eran á la sorda, de las cuales salia siempre vencedor, y la negra mal parada, y peor contenta; pero sus enojos se parecian bien en mi pelo y en mi salud: alzóseme con la racion y los huesos, y los mios poco á poco iban señalando los ñudos del espinazo: con todo esto, aunque me quitaron el comer, no me pudieron quitar el ladrar. Pero la negra, por acabarme de una vez, me trujo una esponja frita con manteca: conocí la maldad, vi que era peor que comer zarazas; porque á quien la come se le hincha el estómago, y no sale dél sin llevarse tras sí la vida; y pareciéndome ser imposible guardarme de las asechanzas de tan indignados enemigos, acordé de poner tierra en medio, quitándomeles delante de los ojos: halléme un dia suelto, y sin decir adios á ninguno de casa, me puse en la calle, y á ménos de cien pasos me deparó la suerte al alguacil, que dije al principio de mi historia que era grande amigo de mi amo Nicolas el Romo, el cual apénas me hubo visto, cuando me conoció y me llamó por mi nombre: tambien le conocí yo, y al llamarme, me llegué á él con mis acostumbradas ceremonias y caricias: asióme del cuello, y dijo á los corchetes suyos: Este es famoso perro de ayuda, que fué de un grande amigo mio, llevémosle á casa. Holgáronse los corchetes, y dijeron que si era de ayuda, á todos seria de provecho: quisieron asirme para llevarme, y mi amo dijo que no era menester asirme que yo me iria, porque le conocia. Háseme olvidado decirte que las carlancas con puntas de acero que saqué cuando me desgarré y ausenté del ganado, me las quitó un jitano en una venta, y ya en Sevilla andaba sin ellas; pero el alguacil me puso un collar tachonado todo de laton morisco. Considera, Cipion, ahora esta rueda variable de la fortuna mia: ayer me vi estudiante, y hoy me ves corchete.
Cipion. Así va el mundo, y no hay para qué te pongas ahora á exagerar los vaivenes de fortuna, como si hubiera mucha diferencia de ser mozo de un jifero á serlo de un corchete: no puedo sufrir ni llevar en paciencia oir las quejas que dan de la fortuna algunos hombres, que la mayor que tuvieron, fué tener premisas y esperanzas de llegar á ser escuderos: ¡con qué maldiciones la maldicen! ¡con cuántos improperios la deshonran! y no por mas de que porque piense el que los oye, que de alta, próspera y buena ventura han venido á la desdichada y baja en que los miran.
Berganza. Tienes razon; y has de saber que este alguacil tenia amistad con un escribano con quien se acompañaba: estaban los dos amancebados con dos mujercillas, no de poco mas ó ménos, sino de ménos en todo: verdad es que tenian algo de buenas caras, pero mucho de desenfado y de taimería putesca: estas les servian de red y de anzuelo para pescar en seco, en esta forma: vestíanse de suerte que por la pinta descubrian la figura, y á tiro de arcabuz mostraban ser damas de la vida libre: andaban siempre á caza de estranjeros, y cuando llegaba la vendeja á Cádiz y á Sevilla, llegaba la huella de su ganancia, no quedando breton con quien no embistiesen: y en cayendo el grasiento con alguna destas limpias, avisaban al alguacil y al escribano adónde y á qué posada iban, y en estando juntos les daban asalto y los prendian por amancebados; pero nunca los llevaban á la cárcel, á causa que los estranjeros siempre redimian la vejacion con dineros.
»Sucedió pues que la Colindres, que así se llamaba la amiga del alguacil, pescó un breton, unto y bisunto: concertó con él cena y noche en su posada; dió el cañuto á su amigo, y apénas se habian desnudado, cuando el alguacil, el escribano, dos corchetes y yo dimos con ellos. Alborotáronse los amantes, exageró el alguacil el delito, mandólos vestir á toda priesa para llevarlos á la cárcel, afligióse el breton, terció movido de caridad el escribano, y á puros ruegos redujo la pena á solo cien reales. Pidió el breton unos follados de camuza, que habia puesto en una silla á los piés de la cama, donde tenia dineros para pagar su libertad, y no parecieron los follados ni podian parecer; porque así como yo entré en el aposento, llegó á mis narices un olor de tocino que me consoló todo, descubríle con el olfato, y halléle en una faldriquera de los follados: digo que hallé en ella un pedazo de jamon famoso, y por gozarle y poderle sacar sin rumor, saqué los follados á la calle, y allí me entregué en el jamon á toda mi voluntad, y cuando volví al aposento, hallé que el breton daba voces, diciendo en lenguaje adúltero y bastardo, aunque se entendia, que le volviesen sus calzas, que en ellas tenia cincuenta escuti de oro in oro: imaginó el escribano ó que la Colindres ó los corchetes se los habian robado: el alguacil pensó lo mismo: llamóles aparte, no confesó ninguno, y diéronse al diablo todos. Viendo yo lo que pasaba, volví á la calle donde habia dejado los follados para volverlos, pues á mí no me aprovechaba nada el dinero: no los hallé, porque ya algun venturoso que pasó se los habia llevado. Como el alguacil vió que el breton no tenia dinero para el cohecho, se desesperaba, y pensó sacar de la huéspeda de casa lo que el breton no tenia: llamóla, y vino medio desnuda, y como oyó las voces y quejas del breton, y á la Colindres desnuda y llorando, al alguacil en cólera, y al escribano enojado, y á los corchetes despabilando lo que hallaban en el aposento, no le plugo mucho: mandó el alguacil que se cubriese y se viniese con él á la cárcel, porque consentia en su casa hombres y mujeres de mal vivir. Aquí fué ello: aquí sí que fué cuando se aumentaron las voces y creció la confusion, porque dijo la huéspeda: Señor alguacil y señor escribano, no conmigo tretas, que entrevo toda costura: no conmigo dijes ni poleos, callen la boca, y váyanse con Dios; si no, por mi santiguada que arroje el bodegon por la ventana, y que saque á plaza toda la chirinola desta historia, que bien conozco á la señora Colindres, y sé que há muchos meses que es su cobertor el señor alguacil, y no hagan que me aclare mas, sino vuélvase el dinero á este señor, y quedemos todos por buenos; porque yo soy mujer honrada, y tengo un marido con su carta de ejecutoria, y con á perpenan rei de memoria, con sus colgaderos de plomo, Dios sea loado, y hago este oficio muy limpiamente y sin daño de barras: el arancel tengo clavado donde todo el mundo le vea, y no conmigo cuentos, que por Dios que sé despolvorearme: bonita soy yo, para que por mi órden entren mujeres con los huéspedes: ellos tienen las llaves de sus aposentos, y yo no soy quince, que tengo de ver tras siete paredes.