»Pasmados quedaron mis amos de haber oido la arenga de la huéspeda, y de ver cómo les leia la historia de sus vidas; pero como vieron que no tenian de quien sacar dinero, si della no, porfiaban en llevarla á la cárcel. Quejábase ella al cielo de la sinrazon y injusticia que la hacian, estando su marido ausente y siendo tan principal hidalgo. El breton bramaba por sus cincuenta escuti. Los corchetes porfiaban que ellos no habian visto los follados, ni Dios permitiese tal. El escribano por lo callado insistia al alguacil que mirase los vestidos de la Colindres, que le daba sospecha que ella debia de tener los cincuenta escuti, por tener de costumbre visitar los escondrijos y faldriqueras de aquellos que con ella se envolvian. Ella decia que el breton estaba borracho, y que debia de mentir en lo del dinero. En efeto, todo era confusion, gritos y juramentos, sin llevar modo de apaciguarse, ni se apaciguaran si al instante no entrara en el aposento el teniente de asistente, que viniendo á visitar aquella posada, las voces le llevaron adonde era la grita: preguntó la causa de aquellas voces: la huéspeda se la dió muy por menudo: dijo quién era la ninfa Colindres, que ya estaba vestida: publicó la pública amistad suya y del alguacil, echó en la calle sus tretas y modo de robar, disculpóse á sí misma de que con su consentimiento jamas habia entrado en su casa mujer de mala sospecha: canonizóse por santa y á su marido por un bendito, y dió voces á una moza que fuese corriendo y trujese de un cofre la carta ejecutoria de su marido, para que la viese el señor teniente, diciéndole que por ella echaria de ver, que mujer de tan honrado marido no podia hacer cosa mala, y que si tenia aquel oficio de casa de camas, era á no poder mas, que Dios sabia lo que le pesaba, y si quisiera ella mas tener alguna renta y pan cotidiano para pasar la vida, que tener aquel ejercicio. El teniente enfadado de su mucho hablar y presumir de ejecutoria, le dijo: Hermana camera, yo quiero creer que vuestro marido tiene carta de hidalguía, con que vos me confeseis que es hidalgo mesonero. Y con mucha honra, respondió la huéspeda, y ¿qué linaje hay en el mundo, por bueno que sea, que no tenga algun díme y diréte? Lo que yo os digo, hermana, es que os cubrais, que habeis de venir á la cárcel: la cual nueva dió con ella en el suelo, arañóse el rostro, alzó el grito; pero con todo eso, el teniente demasiadamente severo, los llevó á todos á la cárcel: conviene á saber, al breton, á la Colindres y á la huéspeda. Despues supe que el breton perdió sus cincuenta escuti, y mas dicen, que le condenaron en las costas: la huéspeda pagó otro tanto, y la Colindres salió libre por la puerta afuera; y el mismo dia que la soltaron, pescó á un marinero que pagó por el breton con el mismo embuste del soplo; porque veas, Cipion, cuántos y cuán grandes inconvenientes nacieron de mi golosina.
Cipion. Mejor dijeras de la bellaquería de tu amo.
Berganza. Pues escucha, que aun mas adelante tiraba la barra, puesto que me pesa de decir mal de alguaciles y de escribanos.
Cipion. Sí, que decir mal de uno, no es decirlo de todos: sí, que muchos y muy muchos escribanos hay buenos, fieles y legales, y amigos de hacer placer sin daño de tercero: sí, que no todos entretienen los pleitos, ni avisan á las partes, ni todos llevan mas de sus derechos, ni todos van buscando é inquiriendo las vidas ajenas para ponerlas en tela de juicio, ni todos se aunan con el juez para hazme la barba, y hacerte he el copete, ni todos los alguaciles se conciertan con los vagamundos y fulleros, ni tienen todos las amigas como la de tu amo para sus embustes: muchos y muy muchos hay hidalgos por naturaleza, y de hidalgas condiciones: muchos no son arrojados, insolentes ni mal criados, ni rateros como los que andan por los mesones midiendo las espadas á los estranjeros, y hallándolas un pelo mas de la marca, destruyen á sus dueños: sí, que no todos como prenden sueltan, y son jueces y abogados cuando quieren.
Berganza. Mas alto picaba mi amo, otro camino era el suyo: presumia de valiente y de hacer prisiones famosas; sustentaba la valentía sin peligro de su persona, pero á costa de su bolsa: un dia acometió en la puerta de Jerez él solo á seis famosos rufianes, sin que yo le pudiese ayudar en nada, porque llevaba con un freno de cordel impedida la boca (que así me traia de dia, y de noche me le quitaba): quedé maravillado de ver su atrevimiento, su brio y su denuedo: así se entraba y salia por las seis espadas de los rufos, como si fueran varas de mimbre: era cosa maravillosa ver la lijereza con que acometia, las estocadas que tiraba, los reparos, la cuenta, el ojo alerta porque no le tomasen las espaldas. Finalmente, él quedó, en mi opinion y en la de todos cuantos la pendencia miraron y supieron, por un nuevo Radamonte, habiendo llevado á sus enemigos desde la puerta de Jerez hasta los mármoles del colegio de maese Rodrigo, que hay mas de cien pasos: dejólos encerrados, y volvió á coger los trofeos de la batalla, que fueron tres vainas, y luego se las fué á mostrar al asistente, que si mal no me acuerdo, lo era entónces el licenciado Sarmiento de Valladares, famoso por la destruicion de la Sauceda. Miraban á mi amo por las calles do pasaba, señalándole con el dedo, como si dijeran: aquel es el valiente que se atrevió á reñir solo con la flor de los bravos de la Andalucía. En dar vueltas á la ciudad para dejarse ver, se pasó lo que quedaba del dia; y la noche nos halló en Triana en una calle junto al molino de la pólvora, y habiendo mi amo avizorado (como en la jácara se dice) si álguien le veia, se entró en una casa, y yo tras él, y hallámos en un patio á todos los jayanes de la pendencia sin capas ni espadas, y todos desabrochados; y uno que debia de ser el huésped, tenia un gran jarro de vino en la una mano, y en la otra una copa grande de taberna, la cual colmándola de vino generoso y espumante, brindaba á toda la compañía: apénas hubieron visto á mi amo, cuando todos se fueron á él con los brazos abiertos, y todos le brindaron, y él hizo la razon á todos, y aun la hiciera á otros tantos, si le fuera algo en ello, por ser de condicion afable y amigo de no enfadar á nadie por pocas cosas. Quererte yo contar ahora lo que allí se trató, la cena que cenaron, las peleas que se contaron, los hurtos que se refirieron, las damas que de su trato se calificaron, y las que se reprobaron, las alabanzas que los unos á los otros se dieron, los bravos ausentes que se nombraron, la destreza que allí se puso en su punto, levantándose en mitad de la cena á poner en práctica las tretas que se les ofrecian, esgrimiendo con las manos los vocablos tan esquisitos de que usaban, y finalmente el talle de la persona del huésped, á quien todos respetaban como á señor y padre, seria meterme en un laberinto donde no me fuese posible salir cuando quisiese. Finalmente, vine á entender con toda certeza, que el dueño de la casa, á quien llamaban Monipodio, era encubridor de ladrones y pala de rufianes, y que la gran pendencia de mi amo habia sido primero concertada con ellos, con las circunstancias del retirarse y de dejar las vainas, las cuales pagó mi amo allí luego de contado, con todo cuanto Monipodio dijo que habia costado la cena, que se concluyó casi al amanecer con mucho gusto de todos; y fué su postre dar soplo á mi amo de un rufian forastero que nuevo y flamante habia llegado á la ciudad: debia de ser mas valiente que ellos, y de envidia le soplaron: prendióle mi amo la siguiente noche, desnudo en la cama, que si vestido estuviera, yo vi en su talle que no se dejara prender tan á mansalva. Con esta prision, que sobrevino sobre la pendencia, creció la fama de mi cobarde, que lo era mi amo mas que una liebre, y á fuerza de meriendas y tragos sustentaba la fama de ser valiente, y todo cuanto con su oficio y con sus inteligencias granjeaba, se le iba y desaguaba por la canal de la valentía. Pero ten paciencia, y escucha ahora un cuento que le sucedió, sin añadir ni quitar de la verdad una tilde.
»Dos ladrones hurtaron en Antequera un caballo muy bueno: trujéronle á Sevilla, y para venderle sin peligro usaron de un ardid, que á mi parecer tiene del agudo y del discreto: fuéronse á posadas diferentes, y el uno se fué á la justicia, y pidió por una peticion que Pedro de Losada le debia cuatrocientos reales prestados, como parecia por una cédula firmada de su nombre, de la cual hacia presentacion. Mandó el teniente que el tal Losada reconociese la cédula, y que si la reconociese, le sacasen prendas de la cantidad, ó le pusiesen en la cárcel: tocó hacer esta diligencia á mi amo y al escribano su amigo: llevóles el ladron á la posada del otro, y al punto reconoció su firma, y confesó la deuda, y señaló por prenda de la ejecucion el caballo, el cual visto por mi amo, le creció el ojo y le marcó por suyo, si acaso se vendiese. Dió el ladron por pasados los términos de la ley, y el caballo se puso en venta, y se remató en quinientos reales en un tercero que mi amo echó de manga, para que se le comprase: valia el caballo tanto y medio mas de lo que dieron por él; pero como el bien del vendedor estaba en la brevedad de la venta, á la primer postura remató su mercaduría. Cobró en un ladron la deuda que no le debian, y el otro la carta de pago que no habia menester, y mi amo se quedó con el caballo, que para él fué peor que el Seyano lo fué para sus dueños. Mondaron luego la haza los ladrones, y de allí á dos dias, despues de haber trastejado mi amo las guarniciones y otras faltas del caballo, pareció sobre él en la plaza de San Francisco, mas hueco y pomposo que aldeano vestido de fiesta: diéronle mil parabienes de la buena compra, afirmándole que valia ciento y cincuenta ducados, como un huevo un maravedí, y él volteando y revolviendo el caballo, representaba su tragedia en el teatro de la referida plaza. Y estando en sus caracoles y rodeos, llegaron dos hombres de buen talle y de mejor ropaje, y el uno dijo: ¡Vive Dios, que este es Piedehierro, mi caballo, que ha pocos dias que me le hurtaron en Antequera! Todos los que venian con él, que eran cuatro criados, dijeron que así era la verdad, que aquel era Piedehierro, el caballo que le habian hurtado. Pasmóse mi amo, querellóse el dueño, hubo pruebas, y fueron las que hizo el dueño tan buenas, que salió la sentencia en su favor, y mi amo fué desposeido del caballo. Súpose la burla y la industria de los ladrones, que por manos é intervencion de la misma justicia vendieron lo que habian hurtado, y casi todos se holgaban de que la codicia de mi amo le hubiese rompido el saco.
»Y no paró en esto su desgracia, que aquella noche saliendo á rondar el mismo asistente, por haberle dado noticia que hácia los barrios de San Julian andaban ladrones, al pasar de una encrucijada vieron pasar un hombre corriendo, y dijo á este punto el asistente, asiéndome por el collar y zuzándome: Al ladron, Gavilan, ea, Gavilan hijo, al ladron. Yo, á quien ya tenian cansado las maldades de mi amo, por cumplir lo que el señor asistente me mandaba sin discrepar en nada, arremetí con mi propio amo, y sin que pudiese valerse, di con él en el suelo, y si no me le quitaran, yo hiciera á mas de cuatro vengados; quitáronme con mucha pesadumbre de entrambos. Quisieran los corchetes castigarme, y aun matarme á palos, y lo hicieran si el asistente no les dijera: No le toque nadie, que el perro hizo lo que yo le mandé. Entendióse la malicia, y yo sin despedirme de nadie, por un agujero de la muralla salí al campo, y ántes que amaneciese me puse en Mairena, que es un lugar que está cuatro leguas de Sevilla. Quiso mi buena suerte, que hallé allí una compañía de soldados, que segun oí decir se iban á embarcar á Cartagena: estaban en ella cuatro rufianes de los amigos de mi amo, y el atambor era uno que habia sido corchete y gran chocarrero, como lo suelen ser los mas atambores: conociéronme todos, y todos me hablaron, y así me preguntaban por mi amo, como si les hubiera de responder; pero el que mas aficion me mostró fué el atambor, y así determiné de acomodarme con él, si él quisiese, y seguir aquella jornada, aunque me llevase á Italia ó á Flándes; porque me parece á mí, y aun á tí te debe parecer lo mismo, que puesto que dice el refran: Quien necio es en su villa, necio es en Castilla, el andar tierras y comunicar con diversas gentes hace á los hombres discretos.
Cipion. Es eso tan verdad, que me acuerdo haber oido decir á un amo que tuve, de bonísimo ingenio, que al famoso griego, llamado Ulíses, le dieron renombre de prudente, por solo haber andado muchas tierras, y comunicado con diversas gentes y varias naciones; y así alabo la intencion que tuviste de irte donde te llevasen.
Berganza. Es pues el caso, que el atambor, por tener con que mostrar mas sus chocarrerías, comenzó á enseñarme á bailar al son del atambor, y hacer otras monerías tan ajenas de poder aprenderlas otro perro que no fuera yo, como las oirás cuando te las diga: por acabarse el distrito de la comision se marchaba poco á poco: no habia comisario que nos limitase: el capitan era mozo, pero muy buen caballero y gran cristiano: el alférez no habia muchos meses que habia dejado la corte y el tinelo: el sargento era matrero y sagaz, y grande arriero de compañías, desde donde se levantan hasta el embarcadero: iba la compañía llena de rufianes churrulleros, los cuales hacian algunas insolencias por los lugares do pasábamos, que redundaban en maldecir á quien no lo merecia: ¡infelicidad del buen príncipe! ser culpado de sus súbditos por la culpa de sus súbditos, á causa que los unos son verdugos de los otros, sin culpa del señor, pues aunque quiera y lo procure, no puede remediar estos daños, porque todas ó las mas cosas de la guerra traen consigo aspereza, riguridad y desconveniencia. En fin, en ménos de quince dias, con mi buen ingenio y con la diligencia que puso el que habia escogido por patron, supe saltar por el rey de Francia, y no saltar por la mala tabernera: enseñóme á hacer corvetas como caballo napolitano, y andar á la redonda como mula de tahona, con otras cosas, que si yo no tuviera cuenta en no adelantarme á mostrarlas, pusiera en duda si era algun demonio en figura de perro el que las hacia: púsome nombre del perro sabio, y no habíamos llegado al alojamiento, cuando tocando su atambor, andaba por todo el lugar, pregonando que todas las personas que quisiesen venir á ver las maravillosas gracias y habilidades del perro sabio, en tal casa, ó en tal hospital las mostraban á ocho ó á cuatro maravedís, segun era el pueblo grande ó chico. Con estos encarecimientos no quedaba persona en todo el lugar, que no me fuese á ver, y ninguno habia que no saliese admirado y contento de haberme visto. Triunfaba mi amo con la mucha ganancia, y sustentaba seis camaradas como unos reyes. La codicia y la envidia despertó en los rufianes voluntad de hurtarme, y andaban buscando ocasion para ello; que esto del ganar de comer holgando, tiene muchos aficionados y golosos: por esto hay tantos titereros en España, tantos que muestran retablos, tantos que venden alfileres y coplas, que todo su caudal, aunque le vendiesen todo, no llega á poderse sustentar un dia; y con esto los unos y los otros no salen de los bodegones y tabernas en todo el año, por do me doy á entender que de otra parte, que de la de sus oficios, sale la corriente de sus borracheras: toda esta gente vagamunda, inútil y sin provecho, esponjas del vino y gorgojos del pan.
Cipion. No mas, Berganza, no volvamos á lo pasado; sigue, que se va la noche, y no querria que al salir del sol quedásemos á la sombra del silencio.