Berganza. Digo pues que una siesta de las del verano pasado, estando cerradas las ventanas, y yo cogiendo el aire debajo de la cama del uno dellos, el poeta se comenzó á quejar lastimosamente de su fortuna; y preguntándole el matemático de qué se quejaba, respondió que de su corta suerte. ¿Cómo, y no será razon que me queje, prosiguió, que habiendo yo guardado lo que Horacio manda en su Poética, que no salga á luz la obra que despues de compuesta no hayan pasado diez años por ella, y que tenga yo una de veinte años de ocupacion y doce de pasante: grande en el sujeto, admirable y nueva en la invencion, grave en el verso, entretenida en los episodios, maravillosa en la division, porque el principio responde al medio y al fin, de manera que constituyen el poema alto, sonoro, heróico, deleitable y sustancioso, y que con todo esto no hallo un príncipe á quien dirigirle? ¡Príncipe, digo, que sea inteligente, liberal y magnánimo! ¡Mísera edad y depravado siglo nuestro! ¿De qué trata el libro? preguntó el alquimista. Respondió el poeta: Trata de lo que dejó de escribir el arzobispo Turpin del rey Artus de Ingalaterra, con otro suplemento de la historia de la demanda del santo Grial, y todo en verso heróico, parte en octava y parte en verso suelto; pero todo esdrújulamente, digo, en esdrújulos de nombres sustantivos, sin admitir verbo alguno. Á mí, respondió el alquimista, poco se me entiende de poesía; y así no sabré poner en su punto la desgracia de que vuesa merced se queja, puesto que, aunque fuera mayor, no se igualaba á la mia, que es que por faltarme instrumento ó un príncipe que me apoye, y me dé á la mano los requisitos que la ciencia de la alquimia pide, no estoy ahora manando en oro, y con mas riquezas que los Midas, que los Crasos y Cresos. ¿Ha hecho vuesa merced, dijo á esta sazon el matemático, señor alquimista, la esperiencia de sacar plata de otros metales? Yo, respondió el alquimista, no la he sacado hasta ahora; pero realmente sé que se saca, y á mí no me faltan dos meses para acabar la piedra filosofal, con que se puede hacer plata y oro de las mismas piedras. Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias, dijo á esta sazon el matemático; pero al fin, el uno tiene libro que dirigir, y el otro está en potencia propincua de sacar la piedra filosofal, con que quedará tan rico como lo han quedado todos aquellos que han seguido este rumbo; mas ¿qué diré yo de la mia, que es tan sola, que no tiene dónde arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto fijo, y aquí lo dejo, y allí lo tomo, y pareciéndome que ya lo he hallado, y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato me hallo tan léjos dél, que me admiro: lo mismo me acaece con la cuadratura del círculo, que he llegado tan al remate de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la faldriquera; y así es mi pena semejante á las de Tántalo, que está cerca del fruto, y muere de hambre; y propincuo al agua, y perece de sed: por momentos pienso dar en la coyuntura de la verdad, y por minutos me hallo tan léjos della, que vuelvo á subir el monte que acabé de bajar con el canto de mi trabajo á cuestas, como otro nuevo Sísifo.

»Habia hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y aquí le rompió diciendo: Cuatro quejosos, tales que lo pueden ser del Gran Turco, ha juntado en este hospital la pobreza, y reniego yo de oficios y ejercicios que ni entretienen ni dan de comer á sus dueños: yo, señores, soy arbitrista, y he dado á su Majestad en diferentes tiempos muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin daño del reino, y ahora tengo hecho un memorial donde le suplico me señale persona con quien comunique un nuevo arbitrio que tengo, tal que ha de ser la total restauracion de sus empeños; pero por lo que me ha sucedido con los otros memoriales, entiendo que este tambien ha de parar en el carnero; mas, porque vuesas mercedes no me tengan por mentecato, aunque mi arbitrio quede desde este punto público, le quiero decir, que es este. Hase de pedir en Cortes que todos los vasallos de su Majestad, desde la edad de catorce á sesenta años, sean obligados á ayunar una vez en el mes á pan y agua, y esto ha de ser el dia que se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres, se han de gastar aquel dia, se reduzga á dinero, y se dé á su Majestad sin defraudalle un ardite, so cargo de juramento, y con esto en veinte años queda libre de socaliñas y desempeñado, porque si se hace la cuenta, como yo la tengo hecha, bien hay en España mas de tres millones de personas de la dicha edad, fuera de los enfermos, mas viejos ó mas muchachos, y ninguno destos dejará de gastar, y esto contado al menorete, cada dia real y medio, y yo quiero que sea no mas de un real, que no puede ser ménos, aunque coma alholvas. Pues ¿paréceles á vuesas mercedes que seria barro tener cada mes tres millones de reales como ahechados? Y esto ántes seria provecho que daño á los ayunantes, porque con el ayuno agradarian al cielo y servirian á su rey, y tal podria ayunar que le fuese conveniente para su salud. Este es el arbitrio limpio de polvo y de paja, y podríase coger por parroquias sin costa de comisarios, que destruyen la república. Riyéronse todos del arbitrio y del arbitrante, y él tambien se riyó de sus disparates, y yo quedé admirado de haberlos oido, y de ver que por la mayor parte los de semejantes humores venian á morir en los hospitales.

Cipion. Tienes razon, Berganza: mira si te queda mas que decir.

Berganza. Dos cosas no mas, con que daré fin á mi plática, que ya me parece que viene el dia. Yendo una noche mi mayor á pedir limosna en casa del corregidor desta ciudad, que es un gran caballero y muy gran cristiano, hallámosle solo, y parecióme á mí tomar ocasion de aquella soledad para decille ciertos advertimientos que habia oido decir á un viejo enfermo deste hospital acerca de cómo se podia remediar la perdicion tan notoria de las mozas vagamundas, que por no servir dan en malas, y tan malas, que pueblan los hospitales de los perdidos que las siguen, plaga intolerable y que pedia presto y eficaz remedio: digo que queriendo decírselo, alcé la voz, pensando que tenian habla, y en lugar de pronunciar razones concertadas, ladré con tanta priesa y con tan levantado tono, que enfadado el corregidor, dió voces á sus criados que me echasen de la sala á palos, y un lacayo que acudió á la voz de su señor, que fuera mejor que por entónces estuviera sordo, asió de una cantimplora de cobre que le vino á la mano, y diómela tal en mis costillas, que hasta ahora guardo las reliquias de aquellos golpes.

Cipion. ¿Y quéjaste deso, Berganza?

Berganza. Pues ¿no me tengo de quejar, si hasta ahora me duele, como he dicho, y si me parece que no merecia tal castigo mi buena intencion?

Cipion. Mira, Berganza, nadie se ha de meter donde no lo llaman, ni ha de querer usar del oficio que por ningun caso le toca: y has de considerar que nunca el consejo del pobre, por bueno que sea, fué admitido, ni el pobre humilde ha de tener presuncion de aconsejar á los grandes y á los que piensan que se lo saben todo: la sabiduría en el pobre está asombrada, que la necesidad y miseria son sombras y nubes que la escurecen, y si acaso se descubre, la juzgan por tontedad, y la tratan con menosprecio.

Berganza. Tienes razon, y escarmentando en mi cabeza, de aquí adelante seguiré tus consejos. Entré asimismo otra noche en casa de una señora principal, la cual tenia en los brazos una perrita destas que llaman de falda, tan pequeña que se pudiera esconder en el seno, la cual cuando me vió, saltó de los brazos de su señora, y arremetió á mí ladrando, y con tan gran denuedo, que no paró hasta morderme de una pierna. Volvíla á mirar con respeto y con enojo, y dije entre mí: si yo os cogiera, animalejo ruin, en la calle, ó no hiciera caso de vos, ó os hiciera pedazos entre los dientes. Consideré en ella que hasta los cobardes y de poco ánimo son atrevidos é insolentes cuando son favorecidos, y se adelantan á ofender á los que valen mas que ellos.

Cipion. Una muestra y señal desa verdad que dices, nos dan algunos hombrecillos que á la sombra de sus amos se atreven á ser insolentes; y si acaso la muerte ó otro accidente de fortuna derriba el árbol donde se arriman, luego se descubre y manifiesta su poco valor, porque en efecto no son de mas quilates sus prendas que los que les dan sus dueños y valedores: la virtud y el buen entendimiento siempre es una, y siempre es uno; desnudo ó vestido, solo ó acompañado no ha menester apoyos ni necesita de amparos; por sí solo vale, sin que las grandes dichas le ensoberbezcan, ni las adversidades les desanimen; bien es verdad que puede padecer acerca de la estimacion de las gentes, mas no en la realidad verdadera de lo que merece y vale. Y con esto pongamos fin á esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el dia, y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será la mia para contarte mi vida.

Berganza. Sea así, y mira que acudas á este mismo puesto, que yo fio en el cielo que nos ha de conservar el habla para decir las muchas verdades que ahora se nos quedan por falta de tiempo.