Pasando por cierta calle de Salamanca dos estudiantes, manchegos y mancebos, mas amigos del baldeo y rodancho[3] que de Bartolo y Baldo, vieron en una ventana de una casa y tienda de carne[4] una celosía, y pareciéndoles novedad, porque la gente de la tal casa si no se descubria y apregonaba no se vendia, queriéndose informar del caso, deparóles su diligencia un oficial vecino, pared en medio, el cual les dijo:

—Señores, habrá ocho dias que vive en esta casa una señora forastera, medio beata y de mucha austeridad: tiene consigo una doncella de estremado parecer y brio, que dicen ser su sobrina: sale con un escudero y dos dueñas; y segun he juzgado, es gente granada y de gran recogimiento. Hasta ahora no he visto entrar persona alguna de la ciudad ni de fuera á visitallas, ni sabré decir de dónde vinieron á Salamanca; mas lo que sé es que la moza es hermosa y honesta al parecer, y que el fausto y la autoridad de la tia no es de gente pobre.

La relacion que dió el vecino oficial á los estudiantes les puso codicia de dar cima á aquella aventura; porque siendo pláticos en la ciudad, y deshollinadores de cuantas ventanas tenian albahacas con tocas, en toda ella no sabian que tal tia y sobrina hubiese, que hospedaran cursantes en su universidad, principalmente que viniesen á vivir á semejante calle, en la cual, por ser de tan buen peaje, siempre se habia vendido tinta aunque no de la fina; que hay casas, así en Salamanca como en otras ciudades, que llevan de suelo vivir siempre en ellas mujeres cortesanas, ó por otro nombre trabajadoras ó enamoradas.

Eran ya casi las doce del dia, y la dicha casa estaba cerrada por fuera, de lo que coligieron, ó que no comian en ella sus moradoras, ó que vendrian con brevedad; y no les salió vana su presuncion, porque á poco rato vieron venir una reverenda matrona, con unas tocas blancas como la nieve, mas largas que sobrepelliz de canónigo portugues, plegadas sobre la frente con su ventosa, y con un gran rosario al cuello de cuentas sonadoras, tan grandes como las de Santinuflo, que á la cintura le llegaba: manto de seda y lana, guantes blancos y nuevos sin vuelta, y un báculo ó junco de las Indias, con su remate de plata. De la mano izquierda la traia un escudero de los del tiempo de Fernan Gonzalez, con su sayo de velludo, ya sin vello, su martingala de escarlata, sus borceguíes bejeranos, capa de fajas, gorra de Milan, con su bonete de aguja, porque era enfermo de vaguidos, y sus guantes peludos, con su tahalí y espada navarrisca. Delante venia su sobrina, moza al parecer de diez y ocho años, de rostro mesurado y grave, mas aguileño que redondo, los ojos negros, rasgados y al descuido adormecidos, cejas tiradas y bien compuestas, pestañas largas, y encarnada la color del rostro: los cabellos rubios y crespos por artificio, segun se descubrian por las sienes; saya de burriel fino, ropa justa de contray ó frisado, los chapines de terciopelo negro, con sus clavetes y rapacejos de plata bruñida; guantes olorosos, y no de polvillo, sino de ámbar. El ademan era grave, el mirar honesto, el paso airoso y de garza. Mirada por partes parecia muy bien, y en el todo mucho mejor; y aunque la condicion é inclinacion de los dos manchegos era la misma que la de los cuervos nuevos, que á cualquier carne se abaten, vista la de la nueva garza, se abatieron á ella con todos sus cinco sentidos, quedando suspensos y enamorados de tal donaire y belleza; que esta prerogativa tiene la hermosura, aunque sea cubierta de sayal. Venian detras dos dueñas de honor, vestidas á la traza del escudero.

Con todo este estruendo llegó la buena señora á su casa, y abriendo el buen escudero la puerta, se entraron en ella: bien es verdad que al entrar, los estudiantes derribaron sus bonetes, con estraordinario modo de crianza y respeto mezclado de aficion, plegando sus rodillas é inclinando sus ojos, como si fueran los mas benditos y corteses hombres del mundo. Atrancáronse las señoras: quedáronse los señores en la calle, pensativos y medio enamorados, dando y tomando brevemente en lo que hacer debian, creyendo sin duda que pues aquella gente era forastera, no habria venido á Salamanca á aprender leyes, sino á quebrantarlas. Acordáronse pues en darle una música la noche siguiente; que este es el primer servicio que á sus damas hacen los estudiantes pobres.

Fuéronse luego á dar finiquito á su pobreza, que era una tenue porcion, y comidos que fueron, convocaron á sus amigos, juntaron guitarras é instrumentos, previnieron músicos, y fuéronse á un poeta de los que sobran en aquella ciudad, al cual rogaron que sobre el nombre de Esperanza, que así se llamaba la de sus vidas, pues ya por tal la tenian, fuese servido de componerles alguna letra para cantar aquella noche; mas que en todo caso incluyese en la composicion el nombre de Esperanza. Encargóse deste cuidado el poeta, y en poco rato, mordiéndose los labios y las uñas, y rascándose las sienes y la frente, forjó un soneto, como le pudiera hacer un cardador ó peraile. Diósele á los amantes; contentóles, y acordaron que el mismo autor se le fuese diciendo á los músicos, porque no habia lugar de tomallo de memoria.

Llegóse en esto la noche; y en la hora acomodada para la solemne fiesta juntáronse nueve matantes de la Mancha y cuatro músicos de voz y guitarra, un salterio, una arpa, una bandurria, doce cencerros y una gaita zamorana, treinta broqueles y otras tantas cotas, todo repartido entre una tropa de paniaguados, ó por mejor decir, de panivinajes. Con toda esta procesion y estruendo llegaron á la calle y casa de la señora, y en entrando por ella sonaron los crueles cencerros con tal ruido, que puesto que la noche habia ya pasado el filo, y todos los vecinos y moradores estaban de dos dormidas, como gusanos de seda, no les fué posible dormir mas sueño, ni quedó persona en toda la vecindad que no despertase y á las ventanas se pusiese. Sonó luego la gaita zamorana las gambetas, y acabó con el esturdion, ya debajo de las ventanas de la dama. Luego al son de la arpa, dictándolo el poeta su artífice, cantó el soneto un músico de los que no se hacen de rogar, en voz acordada y suave, el cual decia desta manera:

En esta calle yace mi Esperanza.

Á quien yo con el alma y cuerpo adoro

Esperanza de vida y de tesoro,