Y en el desamor la gracia.
Á este punto llegaban los músicos con el romance, cuando sintieron abrir la ventana y ponerse á ella una de las dueñas que aquel dia habian visto, la cual les dijo con una voz afilada y pulida:
—Señores, mi señora doña Claudia de Astudillo y Quiñones, suplica á vuesas mercedes la reciba tan señalada, que se vayan á otra parte á dar esa música, por escusar el escándalo y mal ejemplo que se da á la vecindad, respeto de tener en su casa una sobrina doncella, que es mi señora Doña Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco, y no le estar bien á su profesion y estado que semejantes cosas se hagan á su puerta y á tales horas, que de otra suerte y por otro estilo y con ménos escándalo la podrá recebir de ustedes.
Á lo cual respondió uno de los dos pretendientes:
—Hacedme regalo y merced, señora dueña, de decir á mi señora Doña Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco, que se ponga en esa ventana, que la quiero decir solas dos palabras, que son de su manifiesta utilidad y servicio.
—¡Huy! ¡huy! dijo la dueña: ¡en eso por cierto está mi señora Doña Esperanza! Sepa, señor mio, que no es de las que piensa; porque es mi señora muy principal, muy honesta, muy recogida, muy discreta, muy leida y muy escribida; y no hará lo que usted la suplica, aunque la cubriese de perlas.
Estando en este deporte y conversacion con la repulgada dueña del huy y de las perlas, venia por la calle gran tropel de gentes, y creyendo los músicos y acompañamiento que era la justicia de la ciudad, se hicieron todos una rueda, y recogieron en medio del escuadron el bagaje de los músicos; y como llegase la justicia, empezaron á repicar los broqueles y crujir las mallas, á cuyo son no quiso la justicia danzar la danza de espadas de los hortelanos de la fiesta del Córpus de Sevilla, sino que pasó adelante, por no parecer á sus ministros, corchetes y porquerones aquella feria de ganancia. Quedaron ufanos los bravos, y quisieron proseguir su comenzada música, mas uno de los dueños de la máquina no quiso se prosiguiera, si la señora Doña Esperanza no se asomase á la ventana, á la cual ni aun la dueña se asomó por mas que la volvieron á llamar; de lo que enfadados y corridos todos, quisieron apedrealle la casa y quebralle la celosía, y darle una matraca ó cantaleta: condicion propia de mozos en casos semejantes. Mas aunque enojados, volvieron á hacer la refaccion de la música con algunos villancicos; volvió á sonar la gaita y el enfadoso y brutal son de los cencerros, con el cual ruido acabaron su serenata.
Casi al alba seria cuando el escuadron se deshizo, mas no el enojo que los manchegos tenian, viendo lo poco que habia aprovechado su música; con el cual se fueron á casa de cierto caballero amigo suyo, de los que llaman generosos en Salamanca, y se sientan en cabecera de banco, el cual era mozo, rico, gastador, músico, enamorado, y sobre todo amigo de valientes, al cual le contaron muy por estenso su suceso sobre la belleza, donaire, brio y gracia de la doncella, juntamente con la gravedad y fausto de la tia, y el poco ó ningun remedio que esperaban para gozarla; pues el de la música, que era el primero y el postrer servicio que ellos podian hacerla, no les habia aprovechado ni servido de mas que indignarla, con el disfame de la vecindad. El caballero pues, que era de los de campo traves, no tardó mucho en ofrecerles que él la conquistaria para ellos, costase lo que costase; y luego aquel mismo dia envió un recado, tan largo como comedido, á la señora Doña Claudia, ofreciendo á su servicio la persona, la vida, la hacienda y su favor. Informóse del paje la astuta Claudia de la calidad y condiciones de su señor, de su renta, de su inclinacion y de sus entretenimientos y ejercicios, como si le hubiera de tomar por verdadero yerno; y el paje, diciendo la verdad, le retrató de suerte que ella quedó medianamente satisfecha, y envió con él la dueña del huy con la respuesta, no ménos larga y comedida que habia sido la embajada.
Entró la dueña, recebióla el caballero cortésmente, sentóla junto á sí en una silla, y dióla un lenzuelo de encajes con que se quitase el sudor, porque venia algo fatigadilla del camino; y ántes que le dijese palabra del recado que traia, hizo que la sacasen una caja de mermelada, y él por su mano le cortó dos buenas postas della, haciéndola enjugar los dientes con dos buenos pares de tragos de vino del santo, con lo cual quedó hecha una amapola, y mas contenta que si la hubiesen dado una canongía.
Propuso luego su embajada con sus torcidos, repulgados y acostumbrados vocablos, y concluyó con una muy forjada mentira, cual fué que su señora Doña Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco estaba tan pulcela como su madre la parió; mas que con todo eso no habria para su merced puerta de su señora cerrada. Respondióla el caballero que todo cuanto le habia dicho del merecimiento, valor, hermosura, recogimiento y principalidad, por hablar á su modo, de su ama lo creia; pero que aquello del pulcelaje se le hacia algo durillo; por lo cual le rogaba que en este punto le declarase la verdad de lo que sabia, y que la juraba á fe de caballero, que si le desengañaba, le daria un manto de seda de los de cinco en pua. No fué menester con esta promesa dar otra vuelta al cordel del ruego, ni atezarle los garrotes para que la melindrosa dueña confesase la verdad, la cual era, por el paso en que estaba y por el de la hora de su postrimería, que su señora Doña Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco estaba de tres mercados, ó por mejor decir, de tres ventas, añadiendo el cómo y en cuánto, el con quién y en dónde, con otras mil circunstancias, con que quedó D. Félix, que así se llamaba el caballero, satisfecho de todo cuanto saber queria; y acabó con ella que aquella misma noche le encerrase en casa, donde queria hablar á solas con la Esperanza, sin que lo supiese la tia. Despidióla con buenas palabras y ofrecimientos que llevase á sus amas, y dióla en dinero cuanto pudiese costar el negro manto. Tomó la órden que tendria para entrar aquella noche en la casa, con lo cual la dueña se fué loca de contenta, y él quedó pensando en su idea y aguardando la noche, que le pareció tardaba mil años, segun deseaba verse con aquellas compuestas fantasmas.