Llegó el plazo, que ninguno hay que no llegue, y hecho un S. Jorge, sin amigo ni criado, se fué D. Félix donde halló que la dueña le esperaba, y abriendo la puerta, le entró en casa con mucho tino y silencio, y le puso en el aposento de su señora Esperanza, tras las cortinas de su cama, encargándole no hiciese ningun ruido, porque ya la señora Doña Esperanza sabia que estaba allí, y que sin que su tia lo supiese, á persuasion suya queria darle todo contento; y apretándole la mano en señal de palabra de que así lo haria, se salió la dueña y D. Félix se quedó tras la cama de su Esperanza, esperando en qué habia de parar aquel embuste ó enredo.

Serian las nueve de la noche cuando entró á esconderse D. Félix, y en una sala conjunta á este aposento estaba la tia sentada en una silla baja de espaldas, la sobrina en un estrado frontero, y en medio un gran brasero de lumbre. La casa puesta ya en silencio, el escudero acostado, la otra dueña retirada y dormida, sola la sabedora del negocio estaba en pié y solicitando que su señora la vieja se acostase, afirmando que las nueve que el reloj habia dado eran las diez, muy deseosa de que sus conciertos viniesen á efecto, segun su señora la moza y ella lo tenian ordenado, cuales eran: que sin que la Claudia lo supiese, todo aquello que D. Félix diese fuese para ellas solas, sin que tuviese que ver ni haber en ello la vieja, la cual era tan mezquina y avara, y tan señora de lo que la sobrina ganaba y adquiria, que jamas le daba un solo real para comprar lo que estraordinariamente hubiese menester; pensando sisalle este contribuyente, de los muchos que esperaban tener andando el tiempo. Pero aunque sabia la dicha Esperanza que D. Félix estaba en casa, no sabia la parte secreta donde estaba escondido. Convidada pues del mucho silencio de la noche y de la comodidad del tiempo, dióle gana de hablar á Claudia, y así en medio tono comenzó á decir á la sobrina en esta guisa.

—Muchas veces te he dicho, Esperanza mia, que no se te pasen de la memoria los consejos, documentos y advertencias que te he dado siempre, los cuales, si los guardas, como debes y me has prometido, te servirán de tanta utilidad y provecho cuanto la mesma esperiencia y tiempo, que es maestro de todas las cosas, te lo darán á entender. No pienses que estamos en Plasencia, de donde eres natural; ni en Zamora, donde comenzaste á saber qué cosa es mundo; ni ménos estamos en Toro, donde diste el tercer esquilmo de tu fertilidad, las cuales tierras son habitadas de gente buena y llana, sin malicia ni recelo, y no tan intricada ni versada en bellaquerías y diabluras como en la que hoy estamos. Advierte, hija mia, que estás en Salamanca, que es llamada en todo el mundo madre de las ciencias, y que de ordinario cursan en ella y habitan diez ó doce mil estudiantes, gente moza, antojadiza, arrojada, libre, aficionada, gastadora, discreta, diabólica y de humor. Esto es en lo general; pero en lo particular, como todos por la mayor parte son forasteros y de diferentes partes y provincias, no todos tienen unas mesmas condiciones. Porque los vizcaínos, aunque son pocos, es gente corta de razones; pero si se pican de una mujer, son largos de bolsa. Los manchegos son gente avalentonada, de los de Cristo me lleve, y llevan ellos el amor á mojicones. Hay aquí tambien una masa de aragoneses, valencianos y catalanes: tenlos por gente pulida, olorosa, bien criada y mejor aderezada; mas no los pidas mas, y si mas quieres saber, sábete, hija, que no saben de burlas: porque son, cuando se enojan con una mujer, algo crueles y no de buenos hígados.

»Á los castellanos nuevos tenlos por nobles de pensamientos, y que si tienen dan, y por lo ménos, si no dan no piden. Los estremeños tienen de todo, como boticarios, y son como la alquimia, que si llega á plata lo es, y si á cobre, cobre se queda. Para los andaluces, hija, hay necesidad de tener quince sentidos, no que cinco; porque son agudos y perspicaces de ingenio, astutos, sagaces, y no nada miserables. Los gallegos no se colocan en predicamento, porque no son álguien. Los asturianos son buenos para el sábado, porque siempre traen á casa grosura y mugre. Pues ya los portugueses es cosa larga de pintarse sus condiciones y propiedades; porque como son gente enjuta de cerebro, cada loco con su tema; mas la de casi todos es que puedes hacer cuenta que el mismo amor vive en ellos envuelto en lacería.

»Mira pues, Esperanza, con qué variedad de gentes has de tratar, y si será necesario, habiéndote de engolfar en un mar de tantos bajios, que te señale yo y enseñe un norte por donde te guies y rijas, porque no dé al traves el navío de nuestra intencion y pretensa, y echemos al agua la mercadería de mi nave, que es tu gentil y gallardo cuerpo, tan dotado de gracia, donaire y garabato para cuantos dél toman envidia.

»Advierte, niña, que no hay maestro en toda esta universidad que sepa tan bien leer en su facultad, como yo sé y puedo enseñarte en esta arte mundanal que profesamos; pues así por los muchos años que he vivido en ella y por ella, como por las muchas esperiencias que he hecho, puedo ser jubilada. Y aunque lo que ahora te quiero decir es parte del todo que otras muchas veces te he dicho, con todo eso quiero que me estés atenta y me des grato oido; porque no todas veces lleva el marinero tendidas las velas de su navío, ni todas las lleva cogidas, pues segun el viento tal es el tiento.

Estaba á todo lo dicho la dicha niña Esperanza bajos los ojos y escarbando el brasero con un cuchillo, inclinada la cabeza, y al parecer muy contenta y obediente á cuanto le iba diciendo; pero no contenta Claudia con esto, le dijo:

—Alza, niña, la cabeza, y deja de escarbar el fuego; clava y fija en mí los ojos, no te duermas; que para lo que te quiero decir otros cinco sentidos mas de los que tienes debieras tener para aprenderlo y percebirlo.

Á lo cual replicó Esperanza:

—Señora tia, no se canse ni me canse en alargar y proseguir su arenga, que ya me tiene quebrada la cabeza con las muchas veces que me ha predicado y advertido de lo que me conviene y tengo de hacer; no quiera ahora de nuevo volvérmela á quebrar. Mire ahora ¡qué mas tienen los hombres de Salamanca que los de las otras tierras! ¿Todos no son de carne y hueso? ¿Todos no tienen alma, con tres potencias y cinco sentidos? ¿Qué importa que tengan algunos mas letras y estudios que los otros? Antes imagino yo que los tales se ciegan y caen mas presto que los otros, porque tienen mas entendimiento para conocer y estimar cuánto vale la hermosura. ¿Hay mas que hacer que incitar al tibio, provocar al casto, negarse al carnal, animar al cobarde, alentar al corto, refrenar al presumido, despertar al dormido, convidar al descuidado, escribir al ausente, alabar al necio, celebrar al discreto, acariciar al rico, desengañar al pobre, ser ángel en la calle, santa en la iglesia, hermosa en la ventana, honesta en la casa y demonio en la cama?