»Todas estas cosas, señora tia, ya me las sé yo de coro: tráigame otras nuevas que avisarme y advertirme, y déjelas para otra coyuntura, porque le hago saber que toda me duermo, y no estoy para poderla escuchar. Mas una sola cosa le quiero decir y le aseguro, para que dello esté muy cierta y enterada, y es: que no me dejaré mas martirizar de su mano por toda la ganancia que se me pueda ofrecer. Tres flores he dado ya, y otras tantas las ha usted vendido, y tres veces he pasado insufrible martirio. ¿Soy yo por ventura de bronce? ¿No tienen sensibilidad mis carnes? ¿No hay mas sino dar puntadas en ellas como ropa descosida? ¡Por el siglo de mi madre, que no conocí, que no lo tengo mas de consentir! Deje, señora tia, ya rebuscar mi viña: que á veces es mas sabroso el rebusco que el esquilmo principal; y si todavía está determinada que mi jardin se venda por entero y jamas tocado, busque otro modo mas suave de cerradura para su postigo; porque el del sirgo y aguja no hay pensar que llegue mas á mis carnes.
—¡Ay boba, boba, replicó la vieja Claudia, y qué poco sabes destos achaques! No hay cosa que se iguale para este menester á la de la aguja y sirgo encarnado; que todo lo demas es andar por las ramas. No vale nada el zumaque y vidrio molido; vale mucho ménos la sanguijuela; la mirra no es de algun provecho, ni la cebolla albarrana, ni el papo de palomino, ni otros impertinentes menjurjes que hay, que todo es aire: porque no hay rústico ya, que si tantico quiere estar en lo que hace, no caiga en la cuenta de la moneda falsa. Vívame mi dedal y mi aguja, y vívame juntamente tu paciencia y buen sufrimiento, y venga á embestirme todo el género humano, que ellos quedarán engañados, tú con honra y yo con hacienda y mas ganancia que la ordinaria.
—Yo confieso ser así, señora, lo que dice, replicó Esperanza, pero con todo, estoy resuelta en mi determinacion, aunque se menoscabe mi provecho. Cuanto y mas que en la tardanza de la venta está el perder la ganancia que se puede adquirir abriendo tienda desde luego; que si, como dice, hemos de ir á Sevilla para la venida de la flota, no será razon que se nos pase el tiempo en flores, aguardando á vender la mia cuarta vez, que ya está negra de puro marchita. Váyase á dormir, señora, por mi vida, y piense en esto; y mañana habrá de tomar la resolucion que mejor le pareciere, pues al cabo al cabo, habré de seguir sus consejos, pues la tengo por madre y mas que madre.
Aquí llegaban en su plática la tia y la sobrina, la cual plática toda la habia oido D. Félix, no poco admirado, cuando, sin ser poderoso para escusarlo, comenzó á estornudar con tanta fuerza y ruido que se pudiera oir en la calle.
Al cual se levantó D.ª Claudia, toda alborotada y confusa, y tomando la vela entró en el aposento donde estaba la cama de Esperanza, y como si se lo hubieran dicho, se fué derecha á la cama, y alzando las cortinas, halló al señor caballero, empuñada la espada, calado el sombrero, muy aferruzado el semblante y puesto á punto de guerra.
Así como le vió la vieja comenzó á santiguarse, diciendo:
—¡Jesus, valme! ¿Qué gran desventura y desdicha es esta? ¡Hombres en mi casa, y en tal lugar y á tales horas! ¡Desdichada de mí! ¡Desventurada fuí yo! ¿Qué dirá quien lo supiese?
—Sosiéguese usted, mi señora Doña Claudia, dijo D. Félix, que yo no he venido aquí por su deshonra y menoscabo, sino por su honor y provecho. Soy caballero, rico y callado, y sobre todo enamorado de mi señora Doña Esperanza; y para alcanzar lo que merecen mis deseos y aficion, he procurado, por cierta negociacion secreta que usted sabrá algun dia, ponerme en este lugar, no con otra intencion sino de ver y gozar desde cerca de la que de léjos me ha hecho quedar sin vida. Y si esta culpa merece alguna pena, en parte estoy y á tiempo somos donde y cuando se me pueda dar: pues ninguna me vendrá de sus manos que yo no estime por muy crecida gloria, ni podrá ser mas rigurosa para mí que la que padezco de mis deseos.
—¡Ay sin ventura de mí, volvió á replicar Claudia, y á cuántos peligros estamos espuestas las mujeres que vivimos sin maridos y sin hombres que nos defiendan y amparen! Ahora sí que te echo de ménos, malogrado de tí, D. Juan de Bracamonte, mal desdichado consorte mio; que si tú fueras vivo, ni yo me viera en esta ciudad, ni en la confusion y afrenta en que me veo. Usted, señor mio, sea servido luego al punto de volverse por donde entró; y si algo quiere en esta casa de mí ó de mi sobrina, desde afuera se podrá negociar con mas despacio, con mas honra y con mas provecho y gusto.
—Para lo que yo quiero en la casa, replicó D. Félix, lo mejor que ello tiene, señora mia, es estar dentro della; que la honra por mí no se perderá; la ganancia está en la mano, que es el provecho; y por lo que hace al gusto sé decir que no puede faltar. Y para que no sea todo palabras, y que sean verdaderas estas mias, esta cadena de oro doy para fiador dellas.