Eran los remos de la real galera
De esdrujulos, y dellos conpelida
Se deslizaba por el mar ligera.
Hasta el tope la vela iba tendida,
Hecha de muy delgados pensamientos,
De varios lizos por amor tegida.
Soplaban dulces y amorosos vientos,
Todos en popa, y todos se mostraban
Al gran Viage solamente atentos.
Las sirenas en torno navegaban,
Dando empellones al bagel lozano,
Con cuya ayuda en vuelo le llevaban.
Semejaban las aguas del mar cano
Colchas encarrujadas, y hacian
Azules visos por el verde llano.
Todos los del bagel se entretenian,
Unos glosando pies dificultosos,
Otros cantaban, otros componian.
Otros de los tenidos por curiosos
Referian sonetos, muchos hechos
A diferentes casos amorosos.
Otros alfeñicados y deshechos
En puro azucar, con la voz süave,
De su melifluidad muy satisfechos,
En tono blando, sosegado y grave,
Eglogas pastorales recitaban,
En quien la gala y la agudeza cabe.
Otros de sus señoras celebraban
En dulces versos de la amada boca
Los escrementos que por ella echaban.
Tal huvo á quien amor asi le toca,
Que alabó los riñones de su dama,
Con gusto grande, y no elegancia poca.
Uno cantó, que la amorosa llama
En mitad de las aguas le encendia,
Y como toro agarrochado brama.
Desta manera andaba la poesia
De uno en otro, haciendo que hablase
Este Latin, aquel algaravia.
En esto sesga la galera vase
Rompiendo el mar con tanta ligereza,
Que el viento aun no consiente que la pase.
Y en esto descubriose la grandeza
De la escombrada playa de Valencia
Por arte hermosa y por naturaleza.
Hizo luego de sí grata presencia
El gran DON LUIS FERRER, marcado el pecho
De honor, y el alma de divina ciencia.
Desembarcóse el dios, y fue derecho
A darle quatro mil y mas abrazos,
De su vista y su ayuda satisfecho.
Volvió la vista, y reiteró los lazos
En DON GUILLEN DE CASTRO, que venia
Deseoso de verse en tales brazos.
CHRISTOVAL DE VIRUES se le seguia,
Con PEDRO DE AGUILAR, junta famosa
De las que Turia en sus riberas cria.
No le pudo llegar mas valerosa
Esquadra al gran Mercurio, ni él pudiera
Desearla mejor, ni mas honrosa.
Luego se descubrió por la ribera
Un tropel de gallardos Valencianos,
Que á ver venian la sinpar galera.
Todos con instrumentos en las manos
De estilos y librillos de memoria,
Por bizarria y por ingenio ufanos.
Codiciosos de hallarse en la vitoria,
Que ya tenian por segura y cierta,
De las heces del mundo y de la escoria.
Pero Mercurio les cerró la puerta:
Digo, no consintió que se embarcasen,
Y el porque no lo dixo, aunque se acierta.
Y fue, porque temió que no se alzasen,
Siendo tantos y tales con Parnaso,
Y nuevo imperio y mando en él fundasen.
En esto viose con brioso paso
Venir al magno ANDRES REY DE ARTIEDA,
No por la edad descaecido ó laso.
Hicieron todos espaciosa rueda,
Y cogiendole en medio, le embarcaron,
Mas rico de valor que de moneda.
Al momento las ancoras alzaron,
Y las velas ligadas á la entena,
Los grumetes apriesa desataron.
De nuevo por el aire claro suena
El son de los clarines, y de nuevo
Vuelve á su oficio cada qual sirena.
Miró el bagel por entre nubes Febo,
Y dixo en voz que pudo ser oida:
Aqui mi gusto y mi esperanza llevo.
De remos y sirenas impelida
La galera se dexa atras el viento,
Con milagrosa y prospera corrida.
Leiase en los rostros el contento
Que llevaban los sabios pasageros,
Durable, por no ser nada violento.
Unos por el calor iban en cueros,
Otros por no tener godescas galas
En trage se vistieron de romeros.
Hendia entanto las Neptuneas salas
La galera del modo como hiende
La grulla el aire con tendidas alas.
Enfin llegamos donde el mar se estiende,
Y ensancha y forma el golfo de Narbona,
Que de ningunos vientos se defiende.
Del gran Mercurio la cabal persona
Sobre seis rezmas de papel sentada
Iba con cetro y con real corona:
Quando una nube, al parecer preñada,
Parió quatro poetas en crugia,
O los llovió, razon mas concertada.
Fue el uno aquel, de quien Apolo fia
Su honra, JUAN LUIS DE CASANATE,
Poeta insigne de mayor quantía.
El mismo Apolo de su ingenio trate,
El le alabe, él le premie y recompense,
Que el alabarle yo sería dislate.
Al segundo llovido el Uticense
Catón no le igualó, ni tiene Febo,
Quien tanto por él mire, ni en él piense.
Del Contador GASPAR DE BARRIONUEVO
Mal podrá el corto flaco ingenio mio
Loar el suyo asi como yo debo.
Llenó del gran bagel el gran vacio
El gran FRANCISCO DE RIOJA al punto
Que saltó de la nube en el navio.
A CHRISTOVAL DE MESA vi alli junto
A los pies de Mercurio, dando fama
A Apolo, siendo dél propio trasunto.
A la gavia un grumete se encarama,
Y dixo á voces: la ciudad se muestra
Que Genova del dios Jano se llama.
Dexese la ciudad á la siniestra
Mano, dixo Mercurio, el bagel vaya
Y siga su derrota por la diestra.
Hacer al Tiber vimos blanca raya
Dentro del mar, haviendo ya pasado
La ancha Romana y peligrosa playa.
De lexos vióse el aire condensado
Del humo, que el estrombalo vomita,
De azufre, y llamas, y de horror formado.
Huyen la isla infame, y solicita
El suave poniente, asi el viage
Que lo acorta, lo allana y facilita.
Vimonos en un punto en el parage,
Do la nutriz de Eneas piadoso
Hizo el forzoso y ultimo pasage.
Vimos desde alli á poco el mas famoso
Monte que encierra en sí nuestro emisfero,
Mas gallardo á la vista y mas hermoso.
Las cenizas de Titiro y Sincero
Están en él, y puede ser por esto
Nombrado entre los montes por primero.
Luego se descubrió, donde echó el resto
De su poder naturaleza amiga,
De formar de otros muchos un compuesto.
Vióse la pesadumbre sin fatiga
De la bella Partenope, sentada
A la orilla del mar, que sus pies liga.
De castillos y torres coronada,
Por fuerte y por hermosa en igual grado
Tenida, conocida y estimada.
Mandóme el del aligero calzado,
Que me aprestase y fuese luego á tierra
A dar á los LUPERCIOS un recado.
En que les diese cuenta de la guerra
Temida, y que á venir les persuadiese
Al duro y fiero asalto, al cierra, cierra,
Señor, le respondí, si acaso huviese
Otro que la embaxada les llevase,
Que mas grato á los dos hermanos fuese,
Que yo no soy; sé bien que negociase
Mejor. Dixo Mercurio: no te entiendo,
Y has de ir antes que el tiempo mas se pase.
Que no me han de escuchar estoy temiendo,
Le replique, ya si el ir yo no importa,
Puesto que en todo obedecer pretendo.
Que no sé quien me dice, y quien me exhorta,
Que tienen para mi, á lo que imagino,
La voluntad, como la vista corta.
Que si esto asi no fuera, este camino
Con tan pobre recamara no hiciera,
Ni diera en un tan hondo desatino.
Pues si alguna promesa se cumpliera
De aquellas muchas, que al partir me hicieron,
Lléveme Dios si entrára en tu galera.
Mucho esperé, si mucho prometieron,
Mas podra ser, que ocupaciones nuevas
Les obligue á olvidar lo que dixeron.
Muchos, señor, en la galera llevas,
Que te podrán sacar el pie del lodo,
Parte, y escusa de hacer mas pruebas.
Ninguno, dixo, me hable dese modo,
Que si me desembarco y los envisto,
Voto á Dios, que me traiga al Conde, y todo.
Con estos dos famosos me enemisto,
Que haviendo levantado á la poesia
Al buen punto en que está, como se ha visto:
Quieren con perezosa tirania
Alzarse como dicen á su mano
Con la ciencia que á ser divinos guia.
Por el solio de Apolo soberano
Juro ... y no digo mas: y ardiendo en ira
Se echó á las barbas una y otra mano.
Y prosiguió diciendo: el DOTOR MIRA,
Apostare, sino lo manda el Conde,
Que tambien en sus puntos se retira.
Señor galan, parezca: á qué se asconde?
Pues á fé por llevarle, si él no gusta,
Que ni le busque, aseche, ni le ronde.
Es esta empresa acaso tan injusta,
Que se esquiven de hallar en ella quantos
Tienen conciencia limitada y justa?
Carece el cielo de poetas santos?
Puesto que brote á cada paso el suelo
Poetas, que lo son tantos y tantos?
No se oyen sacros hymnos en el cielo?
La harpa de David allá no suena,
Causando nuevo acidental consuelo?
Fuera melindres, y cese la entena,
Que llegue al tope, y luego obedeciendo
Fue de la chusma sobre buenas buena.
Poco tiempo pasó, quando un ruido
Se oyó, que los oidos atronaba,
Y era de perros aspero ladrido.
Mercurio se turbó, la gente estaba
Suspensa al triste son, y en cada pecho
El corazon mas valido temblaba.
En esto descubrióse el corto estrecho,
Que Scila, y que Caribdis espantosas,
Tan temeroso con su furia han hecho.
Estas olas que veis presuntuosas
En visitar las nubes de contino,
Y aun de tocar el cielo codiciosas.
Venciólas el prudente peregrino
Amante de Calipso, al tiempo quando
Hizo, dixo Mercurio, este camino.
Su prudencia nosotros imitando,
Echaremos al mar en que se ocupen,
Entanto que el bagel pasa volando.
Que entanto que ellas tasquen, roan, chupen
Al misero que al mar ha de entregarse,
Seguro estoy que el paso desocupen.
Miren si puede en la galera hallarse
Algun poeta desdichado acaso,
Que á las fieras gargantas pueda darse.
Buscaronle, y hallaron á LOFRASO,
Poeta militar Sardo, que estaba
Desmayado á un rincon marchito y laso:
Que á sus diez libros de Fortuna, andaba
Añadiendo otros diez, y el tiempo escoge,
Que mas desocupado se mostraba.
Gritó la chusma toda: al mar se arroje,
Vaya Lofraso al mar sin resistencia.
Por Dios, dixo Mercurio, que me enoje.
Cómo? y no será cargo de conciencia
Y grande echar al mar tanta poesia?
Puesto que aqui nos hunda su inclemencia?
Viva Lofraso, entanto que dé al dia
Apolo luz, y entanto que los hombres
Tengan discreta alegre fantasia.
Tocante á ti, ó Lofraso, los renombres,
Y epitetos de agudo y de sincero,
Y gusto que mi comitre te nombres.
Esto dixo Mercurio al caballero,
El qual en la crugia en pie se puso
Con un rebenque despiadado y fiero.
Creo que de sus versos le compuso,
Y no sé como fue, que en un momento,
O ya el cielo, ó Lofraso lo dispuso,
Salimos del estrecho á salvamento
Sin arrojar al mar poeta alguno,
Tanto del Sardo fue el merecimiento.
Mas luego otro peligro, otro importuno
Temor amenazó, sino gritára
Mercurio, qual jamas gritó ninguno.
Diciendo al timonero: á orza, pára,
Amainese de golpe, y todo á un punto
Se hizo, y el peligro se repara.
Estos montes que veis que están tan juntos,
Son los que Acroceraunos son llamados,
De infame nombre, como yo barrunto.
Asieron de los remos los honrados,
Los tiernos, los melifluos, los godescos;
Y los de á cantimplora acostumbrados.
Los frios los asieron y los frescos,
Asieronlos tambien los calurosos,
Y los de calzas largas y greguescos.
Del sopraestante daño temerosos,
Todos á una la galera empujan,
Con flacos y con brazos poderosos.
Debaxo del bagel se somurmujan
Las sirenas que dél no se apartaron,
Y á si mismas en fuerzas sobrepujan.
Y en un pequeño espacio la llevaron
A vista de Corfú, y á mano diestra
La isla inexpugnable se dexaron.
Y dando la galera á la siniestra
Discurria de Grecia las riberas,
Adonde el cielo su hermosura muestra.
Mostravanse las olas lisongeras,
Impeliendo el bagel suavemente,
Como burlando con alegres veras.
Y luego al parecer por el oriente,
(Rayando el rubio sol nuestro orizonte
Con rayas rojas, hebras de su frente;)
Gritó un grumete y dixo: el monte, el monte,
El monte se descubre, donde tiene
Su buen rocin el gran Belorofonte.
Por el monte se arroja, y á pie viene
Apolo á recebirnos. Yo lo creo,
Dixo Lofraso, ya llega á la Hipocrene.
Yo desde aqui columbro, miro y veo
Que se andan solazando entre unas matas
Las musas con dulcisimo recreo.
Unas antiguas son, otras novatas,
Y todas con ligero paso y tardo
Andan las cinco en pie, las quatro á gatas.
Si tu tal ves, dixo Mercurio, ó Sardo
Poeta, que me corten las orejas,
O me tengan los hombres por bastardo.
Dime, porqué algun tanto no te alejas
De la ignorancia, pobretón, y adviertes
Lo que cantan tus rimas en tus quejas?
Porqué con tus mentiras nos diviertes
De recibir á Apolo qual se debe,
Por haver mejorado vuestras suertes?
En esto mucho mas que el viento leve
Baxó el lucido Apolo á la marina
A pie, porque en su carro no se atreve.
Quitó los rayos de la faz divina,
Mostróse en calzas y en jubon vistoso,
Porque dar gusto á todos determina.
Seguiale detras un numeroso
Esquadron de doncellas bailadoras,
Aunque pequeñas, de ademan brioso.
Supe poco despues, que estas señoras,
Sanas las mas, las menos mal paradas.
Las del tiempo y del sol eran las horas.
Las medio rotas eran las menguadas,
Las sanas las felices, y con esto
Eran todas en todo apresuradas.
Apolo luego con alegre gesto
Abrazó á los soldados, que esperaba
Para la alta ocasion que se ha propuesto.
Y no de un mismo modo acariciaba
A todos, porque alguna diferiencia
Hacia con los que él mas se alegraba.
Que á los de señoria y excelencia
Nuevos abrazos dió, razones dixo,
En que guardó decoro y preeminencia.
Entre ellos abrazó á DON JUAN DE ARGUIJO,
Que no sé en qué, ó como, ó quando hizo
Tan aspero viage y tan prolijo.
Con él á su deseo satisfizo
Apolo y confirmó su pensamiento,
Mandó, vedó, quitó, hizo y deshizo.
Hecho pues el sinpar recebimiento,
Do se halló DON LUIS DE BARAHONA,
Llevado alli por su merecimiento.
Del siempre verde lauro una corona
Le ofrece Apolo en su intencion, y un vaso
Del agua de Castalia y de Elicona.
Y luego vuelve el magestoso paso,
Y el esquadron pensado y de repente
Le sigue por las faldas del Parnaso.
Llegóse enfin á la Castalia fuente,
Y en viendola infinitos se arrojaron
Sedientos al cristal de su corriente.
Unos no solamente se hartaron,
Sino que pies y manos, y otras cosas
Algo mas indecentes se lavaron.
Otros mas advertidos, las sabrosas
Aguas gustaron poco á poco, dando
Espacio al gusto, á pausas melindrosas.
El brindez y el caraos se puso en vando,
Porque los mas de bruces, y no á sorbos
El suave licor fueron gustando.
De ambas manos hacian vasos corbos
Otros, y algunos de la boca al agua
Temian de hallar cien mil estorbos.
Poco á poco la fuente se desagua,
Y pasa en los estomagos bebientes,
Y aun no se apaga de su sed la fragua.
Mas dixoles Apolo: otras dos fuentes
Aun quedan Aganipe é Hipocrene,
Ambas sabrosas, ambas excelentes.
Cada qual de licor dulce y perene,
Todas de calidad aumentativa
Del alto ingenio que a gustarlas viene.
Beben, y suben por el monte arriba,
Por entre palmas, y entre cedros altos,
Y entre arboles pacificos de oliva.
De gusto llenos y de angustia faltos,
Siguiendo á Apolo el esquadron camina,
Unos á pedicox, otros á saltos.
Al pie sentado de una antigua encina
Vi á ALONSO DE LEDESMA, componiendo
Una cancion angelica y divina.
Conocíle, y á él me fui corriendo
Con los brazos abiertos como amigo,
Pero no se movió con el estruendo.
No ves, me dixo Apolo, que consigo
No está Ledesma ahora, no ves claro
Que está fuera de sí, y está conmigo?
A la sombra de un mirto, al verde amparo
GERONIMO DE CASTRO sesteaba,
Varon de ingenio peregrino y raro.
Un motete imagino que cantaba
Con voz suave; yo quedé admirado
De verle alli, porque en Madrid quedaba.
Apolo me entendió, y dixo: un soldado
Como este no era bien que se quedara
Entre el ocio y el sueño sepultado.
Yo le truxe, y sé como, que á mi rara
Potencia no la impide otra ninguna,
Ni inconveniente alguno la repara.
En esto se llegaba la oportuna
Hora á mi parecer de dar sustento
Al estomago pobre, y mas si ayuna;
Pero no le pasó por pensamiento
A Delio que el exercito conduce,
Satisfacer al misero hambriento.
Primero á un jardin rico nos reduce,
Donde el poder de la naturaleza,
Y el de la industria mas campea y luce.
Tuvieron los Hesperidas belleza
Menor, no le igualaron los Pensiles
En sitio, en hermosura y en grandeza.
En su comparacion se muestran viles
Los de Alcinoo, en cuyas alabanzas
Se han ocupado ingenios bien sotiles:
No sugeto del tiempo á las madanzas,
Que todo el año primavera ofrece
Frutos en posesion, no en esperanzas.
Naturaleza y arte alli parece
Andar en competencia, y está en duda
Qual vence de las dos, qual mas merece.
Muestrase balbuciente y casi muda,
Si le alaba la lengua mas experta
De adulacion y de mentir desnuda.
Junto con ser jardin, era una huerta,
Un soto, un bosque, un prado, un valle ameno,
Que en todos estos titulos concierta.
De tanta gracia y hermosura lleno,
Que una parte del cielo parecia
El todo del bellisimo terreno.
Alto en el sitio alegre Apolo hacia,
Y alli mandó que todos se sentasen
A tres horas despues de mediodia.
Y porque los asientos señalasen
El ingenio y valor de cada uno,
Y unos con otros no se embarazasen;
A despecho y pesar del importuno
Ambicioso deseo, les dió asiento
En el sitio y lugar mas oportuno.
Llegaban los laureles casi á ciento,
A cuya sombra y troncos se sentaron
Algunos de aquel numero contento.
Otros los de las palmas ocuparon,
De los mirtos, y yedras, y los robles
Tambien varios poetas albergaron.
Puesto que humildes, eran de los nobles
Los asientos qual tronos levantados,
Porque tú, ó envidia, aqui tu rabia dobles.
Enfin, primero fueron ocupados
Los troncos de aquel ancho circuito,
Para honrar á poetas dedicados,
Antes que yo en el numero infinito
Hallase asiento: y asi en pie quedeme
Despechado, colerico y marchito.
Dixe entre mí: es posible que se estreme
En perseguirme la fortuna airada,
Que ofende á muchos y á ninguno teme?
Y volviendome á Apolo con turbada
Lengua le dixe lo que oirá el que gusta
Saber, pues la tercera es acabada,
La quarta parte desta empresa justa.
VIAGE AL PARNASO.
[CAPITULO IV.]
Suele la indignacion componer versos,
Pero si el indignado es algun tonto,
Ellos tendrán su todo de perversos.
De mí yo no sé mas, sino que pronto
Me halle para decir en tercia rima
Lo que no dixo el desterrado al Ponto.
Y asi le dixe á Delio: no se estima,
Señor, del vulgo vano el que te sigue
Y al arbol sacro del laurel se arrima.
La envidia y la ignorancia le persigue,
Y asi envidiado siempre y perseguido
El bien que espera, por jamas consigue.
Yo corté con mi ingenio aquel vestido,
Con que al mundo la hermosa Galatea
Salió para librarse del olvido.
Soy por quien La Confusa nada fea
Pareció en los teatros admirable,
Si esto á su fama es justo se le crea.
Yo con estilo en parte razonable
He compuesto Comedias, que en su tiempo
Tuvieron de lo grave y de lo afable.
Yo he dado en Don Quixote pasatiempo
Al pecho melancolico y mohino
En qualquiera sazon, en todo tiempo.
Yo he abierto en mis Novelas un camino,
Por do la lengua Castellana puede
Mostrar con propriedad un desatino.
Yo soy aquel que en la invencion excede
A muchos, y al que falta en esta parte,
Es fuerza que su fama falta quede.
Desde mis tiernos años amé el arte
Dulce de la agradable poesia,
Y en ella procuré siempre agradarte.
Nunca voló la pluma humilde mia
Por la region satirica, baxeza
Que á infames premios y desgracias guia.
Yo el soneto compuse que asi empieza,
Por honra principal de mis escritos:
Voto á Dios que me espanta esta grandeza.
Yo he compuesto Romances infinitos,
Y el de los zelos es aquel que estimo,
Entre otros que los tengo por malditos.
Por esto me congojo y me lastimo
De verme solo en pie, sin que se aplique
Arbol que me conceda algun arrimo.
Yo estoy, qual decir suelen, puesto á pique
Para dar á la estampa al gran Persiles,
Con que mi nombre y obras multiplique.
Yo en pensamientos castos y sotiles,
Dispuestos en soneto de á docena,
He honrado tres sugetos fregoniles.
Tambien al par de Filis mi Filena
Resonó por las selvas, que escucharon
Mas de una y otra alegre cantilena.
Y en dulces varias rimas se llevaron
Mis esperanzas los ligeros vientos,
Que en ellos y en la arena se sembraron.
Tuve, tengo y tendré los pensamientos,
Merced al cielo que á tal bien me inclina,
De toda adulacion libres y esentos.
Nunca pongo los pies por do camina
La mentira, la fraude y el engaño,
De la santa virtud total ruina.
Con mi corta fortuna no me ensaño,
Aunque por verme en pie, como me veo,
Y en tal lugar, pondero asi mi daño.
Con poco me contento, aunque deseo
Mucho. A cuyas razones enojadas,
Con estas blandas respondió Timbreo:
Vienen las malas suertes atrasadas,
Y toman tan de lejos la corriente,
Que son temidas, pero no escusadas.
El bien les viene á algunos derepente,
A otros poco á poco y sin pensallo,
Y el mal no guarda estilo diferente.
El bien que está adquirido, conservallo
Con maña, diligencia y con cordura
Es no menor virtud, que el grangeallo.
Tu mismo te has forjado tu ventura,
Y yo te he visto alguna vez con ella,
Pero en el imprudente poco dura.
Mas si quieres salir de tu querella,
Alegre, y no confuso, y consolado
Dobla tu capa, y sientate sobre ella.
Que tal vez suele un venturoso estado,
Quando le niega sin razon la suerte,
Honrar mas merecido, que alcanzado.
Bien parece, señor, que no se advierte,
Le respondí, que yo no tengo capa.
El dixo: aunque sea asi, gusto de verte.
La virtud es un manto con que tapa
Y cubre su indecencia la estrecheza,
Que esenta y libre de la envidia escapa.
Incliné al gran consejo la cabeza.
Quedeme en pie: que no hay asiento bueno,
Si el favor no le labra, ó la riqueza.
Alguno murmuró, viendome ageno
Del honor que pensó se me debia,
Del planeta de luz y virtud lleno.
En esto pareció que cobró el dia
Un nuevo resplandor, y el aire oyóse
Herir de una dulcisima harmonia.
Y en esto por un lado descubrióse
Del sitio un esquadron de ninfas bellas,
Con que infinito el rubio dios holgóse.
Venia enfin, y por remate dellas
Una resplandeciendo, como hace
El sol ante la luz de las estrellas.
La mayor hermosura se deshace
Ante ella, y ella sola resplandece
Sobre todas, y alegra y satisface.
Bien asi semejaba, qual se ofrece
Entre liquidas perlas y entre rosas
La aurora que despunta y amanece.
La rica vestidura, las preciosas
Joyas que la adornaban, competian
Con las que suelen ser marabillosas.
Las ninfas que al querer suyo asistian
En el gallardo brio y bello aspecto,
Las artes liberales parecian.
Todas con amoroso y tierno afecto,
Con las ciencias mas claras y escogidas,
Le guardaban santisimo respeto.
Mostraban que en servirla eran servidas,
Y que por su ocasion de todas gentes
En mas veneracion eran tenidas.
Su influjo y su reflujo las corrientes
Del mar y su profundo le mostraban,
Y el ser padre de rios y de fuentes.
Las yerbas su virtud la presentaban,
Los arboles sus frutos y sus flores,
Las piedras el valor que en sí encerraban.
El santo amor castisimos amores,
La dulce paz su quietud sabrosa,
La guerra amarga todos sus rigores.
Mostrabasele clara la espaciosa
Via, por donde el sol hace contino
Su natural carrera y la forzosa.
La inclinacion, ó fuerza del destino,
Y de qué estrellas consta y se compone,
Y como influye este planeta ó sino.
Todo lo sabe, todo lo dispone
La santa y hermosisima doncella,
Que admiracion como alegria pone.
Preguntele al parlero, si en la bella
Ninfa alguna deidad se disfrazaba,
Que fuese justo el adorar en ella.
Porque en el rico adorno que mostraba,
Y en el gallardo sér que descubria,
Del cielo, y no del suelo semejaba.
Descubres, respondió, tu boberia,
Que ha que la tratas infinitos años,
Y no conoces que es la Poesia.
Siempre la he visto envuelta en pobres paños,
Le repliqué: jamas la vi compuesta
Con adornos tan ricos y tamaños:
Parece que la he visto descompuesta,
Vestida de color de primavera
En los dias de cutio y los de fiesta.
Esta que es la poesia verdadera,
La grave, la discreta, la elegante,
Dixo Mercurio, la alta y la sincera,
Siempre con vestidura rozagante
Se muestra en qualquier acto que se halla,
Quando á su profesion es importante.
Nunca se inclina, ó sirve á la canalla
Trobadora, maligna y trafalmeja,
Que en lo que mas ignora, menos calla.
Hay otra falsa, ansiosa, torpe y vieja,
Amiga de sonaja y morteruelo,
Que ni tabanco, ni taberna dexa.
No se alza dos, ni aun un coto del suelo,
Grande amiga de bodas y bautismos,
Larga de manos, corta de cerbelo.
Tomanla por momentos parasismos,
No acierta á pronunciar, y si pronuncia,
Absurdos hace, y forma solecismos.
Baco donde ella esta, su gusto anuncia,
Y ella derrama en coplas el poleo,
Compa, y vereda, y el mastranzo, y juncia.
Pero aquesta que ves, es el aseo,
La gala de los cielos y la tierra,
Con quien tienen las musas su bureo,
Ella abre los secretos y los cierra,
Toca y apunta de qualquiera ciencia
La superficie y lo mejor que encierra.
Mira con mas ahinco su presencia,
Verás cifrada en ella la abundancia
De lo que en bueno tiene la excelencia.
Moran con ella en una misma estancia
La divina y moral Filosofia,
El estilo mas puro y la elegancia.
Puede pintar en la mitad del dia
La noche, y en la noche mas escura
El alba bella que las perlas cria.
El curso de los rios apresura,
Y le detiene, el pecho á furia incita,
Y le reduce luego á mas blandura.
Por mitad del rigor se precipita
De las lucientes armas contrapuestas,
Y da vitorias, y vitorias quita.
Verás como le prestan las florestas
Sus sombras, y sus cantos los pastores,
El mal sus lutos y el placer sus fiestas,
Perlas el Sur, Sabea sus loores,
El oro Tiber, Hibla su dulzura,
Galas Milan, y Lusitania amores.
Enfin ella es la cifra, do se apura
Lo provechoso y honesto, y deleitable,
Partes con quien se aumenta la ventura.
Es de ingenio tan vivo y admirable,
Que á veces toca en puntos que suspenden,
Por tener noséque de inescrutable.
Alabanse los buenos, y se ofenden
Los malos con su voz, y destos tales
Unos la adoran, otros no la entienden.
Son sus obras heroicas inmortales,
Las liricas suaves, de manera
Que vuelven en divinas las mortales.
Si alguna vez se muestra lisongera,
Es con tanta elegancia y artificio,
Que no castigo, sino premio espera.
Gloria de la virtud, pena del vicio
Son sus acciones, dando al mundo en ellas
De su alto ingenio, y su bondad indicio.
En esto estaba, quando por las bellas
Ventanas de jazmines y de rosas,
Que amor estaba á lo que entiendo en ellas;
Divisé seis personas religiosas
Al parecer de honroso y grave aspeto,
De luengas togas, limpias y pomposas.
Preguntele á Mercurio, por qué efeto
Aquellos no parecen y se encubren,
Y muestran ser personas de respeto?
A lo que él respondió: no se descubren
Por guardar el decoro al alto estado
Que tienen, y asi el rostro todos cubren.
Quién son, le repliqué, si es que te es dado
Decirlo? Respondióme: no por cierto,
Porque Apolo lo tiene asi mandado.
No son poetas? Sí. Pues yo no acierto
A pensar por qué causa se desprecian
De salir con su ingenio á campo abierto.
Para qué se embobecen y se anecian,
Escondiendo el talento que da el cielo
A los que mas de ser suyos se precian?
Aqui del Rey: qué es esto? qué recelo,
O zelo les impele á no mostrarse
Sin miedo ante la turba vil del suelo?
Puede ninguna ciencia compararse
Con esta universal de la poesia,
Que limites no tiene do encerrarse?
Pues siendo esto verdad, saber querria
Entre los de la carda, cómo se usa
Este miedo, ó melindre, ó hipocresia?
Hace Monseñor versos, y rehusa
Que no se sepan, y él los comunica
Con muchos, y á la lengua agena acusa
Y mas que siendo buenos, multiplica
La fama su valor, y al dueño canta
Con voz de gloria, y de alabanza rica.
Qué mucho pues? sino se le levanta
Testimonio á un Pontifice poeta,
Que digan que lo es? por Dios que espanta.
Por vida de Lanfusa la discreta,
Que si no se me dice quien son estos
Togados de bonete y de muceta:
Que con trazas y modos descompuestos
Tengo de reducir á behetria,
Estos tan sosegados y compuestos.
Por Dios, dixo Mercurio, y á fe mia,
Que no puedo decirlo, y si lo digo,
Tengo de dar la culpa á tu porfia.
Dilo, señor, que desde aqui me obligo
De no decir que tu me lo dixiste,
Le dixe: por la fe de buen amigo.
El dixo: no nos cayan en el chiste,
Llegate á mí, dirételo al oido,
Pero creo que hay mas de los que viste.
Aquel que has visto alli del cuello erguido,
Lozano, rozagante y de buen talle,
De honestidad y de valor vestido:
Es el DOTOR DON FRANCISCO SANCHEZ: dalle
Puede qual debe Apolo la alabanza,
Que pueda sobre el cielo levantalle.
Y aun mas su famoso ingenio alcanza,
Pues en las verdes hojas de sus dias
Nos dá de santos frutos esperanza.
Aquel que en elevadas fantasias,
Y en éstasis sabrosos se regala,
Y tanto imita las acciones mias,
Es el MAESTRO ORENSE, que la gala
Se lleva de la mas rara eloquencia
Que en las aulas de Atenas se señala.
Su natural ingenio con la ciencia,
Y ciencias aprendidas le levanta
Al grado que le nombra la excelencia.
Aquel de amarillez marchita y santa,
Que le encubre de lauro aquella rama,
Y aquella hojosa y acopada planta:
FRAY JUAN BAPTISTA CAPATAZ se llama,
Descalzo y pobre, pero bien vestido,
Con el adorno que le da la fama.
Aquel que del rigor fiero de olvido
Libra su nombre con eterno gozo,
Y es de Apolo y las musas bien querido,
Anciano en el ingenio, y nunca mozo,
Humanista divino, es segun pienso
El insigne DOCTOR ANDRES DEL POZO.
Un Licenciado de un ingenio inmenso
Es aquel, y aunque en trage Mercenario
Como á señor le dan las musas censo:
RAMON se llama, auxilio necesario
Con que Delio se esfuerza y vé rendidas
Las obstinadas fuerzas del contrario.
El otro, cuyas sienes ves ceñidas
Con los brazos de Dafne en triunfo honroso,
Sus glorias tiene en Alcalá esculpidas.
En su ilustre teatro vitorioso
Le nombra el cisne en canto no funesto,
Siempre el primero como á mas famoso.
A los donayres suyos echó el resto
Con propiedades al gorron debidas,
Por haverlos compuesto ó descompuesto.
Aquestas seis personas referidas,
Como están en divinos puestos puestas,
Y en sacra religion constituidas:
Tienen las alabanzas por molestas,
Que les dan por poetas y holgarian
Llevar la loa sin el nombre acuestas.
Porqué, le pregunté, señor porfian
Los tales á escribir y dar noticia
De los versos, que paren y que crian?
Tambien tiene el ingenio su codicia,
Y nunca la alabanza se desprecia,
Que al bueno se le debe de justicia,
Aquel que de poeta no se precia,
Para qué escribe versos y los dice?
Porqué desdeña lo que mas aprecia?
Jamas me contenté, ni satisfice
De hipocritas melindres. Llanamente
Quise alabanzas de lo que bien hice.
Con todo quiere Apolo, que esta gente
Religiosa se tenga aqui secreta,
Dixo el dios que presume de eloquente.
Oyose en esto el son de una corneta,
Y un trapa, trapa, aparta, afuera, afuera,
Que viene un gallardisimo poeta.
Volví la vista y vi por la ladera.
Del monte un postillon y un caballero
Correr, como se dice, á la ligera.
Servia el postillon de pregonero
Mucho mas que de guia, á cuyas voces
En pie se puso el esquadron entero.
Preguntóme Mercurio: no conoces
Quien es este gallardo, este brioso?
Imagino que ya le reconoces.
Bien, le respondi: que es el famoso
Gran DON SANCHO DE LEIVA, cuya espada
Y pluma harán á Delio venturoso.
Venceráse sin duda esta jornada
Con tal socorro: y en el mismo instante,
Cosa que parecia imaginada,
Otro favor no menos importante
Para el caso temido se nos muestra,
De ingenio, y fuerzas, y valor bastante.
Una tropa gentil por la siniestra
Parte del monte se descubrió: ó cielos,
Que dais de vuestra providencia muestra!
Aquel discreto JUAN DE VASCONCELOS
Venia delante en un caballo vayo,
Dando á las musas Lusitanas zelos.
Tras él el capitan PEDRO TAMAYO
Venia, y aunque enfermo de la gota,
Fue al enemigo asombro, fue desmayo.
Que por él se vió en fuga, y puesto en rota,
Que en los dudosos trances de la guerra
Su ingenio admira y su valor se nota.
Tambien llegaron á la rica tierra,
Puestos debaxo de una blanca seña,
Por la parte derecha de la sierra
Otros, de quien tomó luego reseña
Apolo: y era dellos el primero
El joven DON FERNANDO DE LODEÑA:
Poeta primerizo insigne, empero
En cuyo ingenio Apolo deposita
Sus glorias para el tiempo venidero.
Con magestad real, con inaudita
Pompa llegó, y al pie del monte para
Quien los bienes del monte solicita:
El Licenciado fue JUAN DE VERGARA
El que llegó, con quien la turba ilustre
En sus vecinos medios se repara.
De Esculapio y de Apolo gloria, y lustre,
Sino digalo el santo bien partido,
Y su fama la misma envidia ilustre.
Con él fue con aplauso recebido
El docto JUAN ANTONIO DE HERRERA,
Que puso en fil el desigual partido.
O quien con lengua en nada lisongera,
Sino con puro afecto en grande exceso,
Dos que llegaron alabar pudiera!
Pero no es de mis hombros este peso,
Fueron los que llegaron los famosos
Los dos Maestros CALVO Y VALDIVIESO.
Luego se descubrió por los undosos
Llanos del mar una pequeña barca
Impelida de remos presurosos:
Llegó, y al punto della desembarca
El gran DON JUAN DE ARGOTE Y DE GAMBOA
En compañia de DON DIEGO ABARCA,
Sugetos dinos de incesable loa,
Y DON DIEGO XIMENEZ Y DE ENCISO
Dió un salto á tierra desde la alta proa.
En estos tres la gala y el aviso
Cifró quanto de gusto en sí contienen,
Como su ingenio y obras dan aviso.
Con JUAN LOPEZ DEL VALLE otros dos vienen
Juntos alli, y es PAMONES el uno,
Con quien las musas ogeriza tienen.
Porque pone sus pies por do ninguno
Los puso, y con sus nuevas fantasias
Mucho mas que agradable es importuno.
De lexas tierras por incultas vias
Llegó el brabo Irlandes DON JUAN BATEO,
Xerxes nuevo en memoria en nuestros dias,
Vuelvo la vista, á MANTUANO veo,
Que tiene al gran Velasco por Mecenas,
Y ha sido acertadisimo su empleo.
Dexarán estos dos en las agenas
Tierras, como en las proprias dilatados
Sus nombres, que tú, Apolo, asi lo ordenas.
Por entre dos fructiferos collados
(Habrá quien esto crea, aunque lo entienda?)
De palmas y laureles coronados,
El grave aspecto del ABAD MALUENDA
Pareció, dando al monte luz y gloria,
Y esperanzas de triunfo en la contienda.
Pero de qué enemigos la vitoria
No alcanzará un ingenio tan florido?
Y una bondad tan digna de memoria?
DON ANTONIO GENTIL DE VARGAS, pido
Espacio para verte, que llegaste
De gala y arte, y de valor vestido;
Y aunque de patria Ginoves, mostraste
Ser en las musas castellanas doto,
Tanto que al esquadron todo admiraste.
Desde el Indio apartado del remoto
Mundo llegó mi amigo MONTESDOCA,
Y el que anudó de Arauco el nudo roto.
Dixo Apolo á los dos: á entrambos toca
Defender esta vuestra rica estancia
De la canalla de verguenza poca.
La qual de error armada y de arrogancia
Quiere canonizar y dar renombre
Inmortal y divino á la ignorancia.
Que tanto puede la aficion, que un hombre
Tiene á sí mismo, que ignorante siendo,
De buen poeta quiere alcanzar nombre.
En esto otro milagro, otro estupendo
Prodigio se descubre en la marina,
Que en pocos versos declarar pretendo
Una nave á la tierra tan vecina
Llegó, que desde el sitio donde estaba,
Se ve quanto hay en ella, y determina.
Demás de quatro mil salmas pasaba,
Que otros suelen llamarlas toneladas,
Ancha de vientre y de estatura brava:
Asi como las naves que cargadas
Llegan de la oriental india á Lisboa,
Que son por las mayores estimadas.
Esta llegó desde la popa á proa
Cubierta de poetas, mercancia
De quien hay saca en Calicut y en Goa.
Tomole al roxo dios alferecia
Por ver la muchedumbre impertinente,
Que en socorro del monte le venia.
Y en silencio rogó devotamente,
Que el vaso naufragase en un momento
Al que gobierna el humido tridente.
Uno de los del numero hambriento
Se puso en esto al borde de la nave,
Al parecer mohino y mal contento:
Y en voz, que ni de tierna ni suave
Tenia un solo adarme, gritando
(Dixo tal vez colerico, y tal grave)
Lo que impaciente estuve yo escuchando,
Porque vi sus razones ser saetas,
Que iban mi alma y corazon clavando.
O tú, dixo, traidor, que los poetas
Canonizaste de la larga lista,
Por causas y por vias indiretas:
Dónde tenias, Magancés, la vista
Aguda de tu ingenio, que asi ciego
Fuiste tan mentiroso coronista?
Yo te confieso, ó barbaro, y no niego
Que algunos de los muchos que escogiste
Sin que el respeto te forzase ó el ruego,
En el debido punto los pusiste;
Pero con los demas sin duda alguna
Prodigo de alabanzas anduviste.
Has alzado á los cielos la fortuna
De muchos, que en el centro del olvido
Sin ver la luz del sol, ni de la luna,
Yacian: ni llamado, ni escogido
Fue el gran pastor de Iberia, el gran BERNARDO,
Que de la VEGA tiene el apellido.
Fuiste envidioso, descuidado y tardo,
Y á las Ninfas de Henares y Pastores,
Como á enemigos les tiraste un dardo,
Y tienes tu poetas tan peores
Que estos en tu rebaño, que imagino
Que han de sudar, si quieren ser mejores.
Que si este agravio no me turba el tino,
Siete trobistas desde aqui diviso,
A quien suelen llamar de torbellino,
Con quien la gala, discrecion y aviso
Tienen poco que ver, y tu los pones
Dos leguas mas allá del paraiso.
Estas quimeras, estas invenciones
Tuyas te han de salir al rostro un dia,
Si mas no te mesuras y compones.
Esta amenaza y gran descortesia
Mi blando corazon llenó de miedo,
Y dió al traves con la paciencia mia.
Y volviendome á Apolo con denuedo
Mayor del que esperaba de mis años,
Con voz turbada y con semblante acedo,
Le dixe: con bien claros desengaños
Descubro, que el servirte me grangea
Presentes miedos de futuros daños.
Haz, ó señor, que en publico se lea
La lista que Cilenio llevó á España,
Porque mi culpa poca aqui se vea.
Si tu deidad en escoger se engaña,
Y yo solo aprobé lo que él me dixo,
Porqué este simple contra mí se ensaña?
Con justa causa y con razon me aflixo,
De ver como estos barbaros se inclinan
A tenerme en temor duro y prolixo.
Unos, porque los puse me abominan:
Otros, porque he dexado de ponellos,
De darme pesadumbre determinan.
Yo no sé como me avendré con ellos,
Los puestos se lamentan, los no puestos
Gritan, yo tiemblo destos y de aquellos.
Tú, señor, que eres dios, dales los puestos
Que piden sus ingenios: llama, y nombra
Los que fueren mas habiles y prestos.
Y porque el turbio miedo que me asombra,
No me acabe, acabada esta contienda,
Cubreme con tu manto y con tu sombra.
O ponme una señal, por do se entienda
Que soy hechura tuya y de tu casa:
Y asi no havrá ninguno que me ofenda.
Vuelve la vista, y mira lo que pasa,
Fue de Apolo enojado la respuesta,
Que ardiendo en ira el corazon le abrasa.
Volvila, y vi la mas alegre fiesta,
Y la mas desdichada y compasiva,
Que el mundo vió, ni aun la verá qual esta.
Mas no se espere que yo aqui la escriba,
Sino en la parte quinta, en quien espero
Cantar con voz tan entonada y viva,
Que piensen que soy cisne, y que me muero.
VIAGE AL PARNASO.
[CAPITULO V.]
Oyó el señor del humido tridente
Las plegarias de Apolo, y escuchólas
Con alma tierna y corazon clemente.
Hizo de ojo, y dió del pie á las olas,
Y sin que lo entendiesen los poetas
En un punto hasta el cielo levantólas.
Y él por ocultas vias y secretas
Se agazapó debaxo del navio,
Y usó con él de sus traidoras tretas.
Hirió con el tridente en lo vacio
Del buco, y el estomago le llena
De un copioso corriente amargo rio.
Advertido el peligro, al aire suena
Una confusa voz, la qual resulta
De otras mil que el temor forma y la pena.
Poco á poco el bagel pobre se oculta
En las entrañas del ceruleo y cano
Vientre, que tantas animas sepulta.
Suben los llantos por el aire vano
De aquellos miserables, que suspiran
Por ver su irreparable fin cercano.
Trepan y suben por las jarcias, miran
Qual del navio es el lugar mas alto,
Y en él muchos se apiñan y retiran.
La confusion, el miedo, el sobresalto
Les turba los sentidos, que imaginan
Que desta á la otra vida es grande el salto.
Con ningun medio ni remedio atinan;
Pero creyendo dilatar su muerte
Algun tanto á nadar se determinan.
Saltan muchos al mar de aquella suerte,
Que al charco de la orilla saltan ranas
Quando el miedo, ó el ruido las advierte.
Hienden las olas del romperse canas,
Menudean las piernas y los brazos,
Aunque enfermos estan, y ellas no sanas.
Y en medio de tan grandes embarazos
La vista ponen en la amada orilla,
Deseosos de darla mil abrazos.
Y sé yo bien, que la fatal quadrilla
Antes que alli, holgara de hallarse
En el compas famoso de Sevilla.
Que no tienen por gusto el ahogarse,
Discreta gente al parecer en esto,
Pero valioles poco el esforzarse.
Que el padre de las aguas echó el resto
De su rigor, mostrandose en su carro
Con rostro airado y ademan funesto.
Quatro delfines, cada qual bizarro,
Con cuerdas hechas de tegidas obas
Le tiraban con furia y con desgarro.
Las ninfas en sus humidas alcobas
Sienten tu rabia, ó vengativo Nume,
Y de sus rostros la color les robas.
El nadante poeta que presume
Llegar á la ribera defendida,
Sus ayes pierde y su teson consume.
Que su corta carrera es impedida
De las agudas puntas del tridente,
Entonces fiero y aspero homicida.
Quien ha visto muchacho diligente
Que en goloso á si mesmo sobrepuja
Que no hay comparacion mas conveniente,
Picar en el sombrero la granuja,
Que el hallazgo le puso alli ó la sisa,
Con punta alfileresca, ó ya de aguja:
Pues no con menor gana, ó menor prisa
Poetas ensartaba el Nume airado
Con gesto infame, y con dudosa risa.
En carro de cristal venia sentado,
La barba luenga y llena de marisco,
Con dos gruesas lampreas coronado.
Hacian de sus barbas firme aprisco
La Almeja, el Morsillon, Pulpo y Cangrejo,
Qual le suelen hacer en peña ó risco.
Era de aspecto venerable y viejo,
De verde, azul y plata era el vestido,
Robusto al parecer y de buen rejo.
Aunque como enojado, denegrido
Se mostraba en el rostro, que la saña
Asi turba el color como el sentido.
Airado contra aquellos mas se ensaña
Que nadan mas, y saleles al paso,
Juzgando á gloria tan cobarde hazaña.
En esto, ó nuevo y milagroso caso,
Dino de que se cuente poco á poco,
Y con los versos de Torcato Taso.
Hasta aqui no he invocado, ahora invoco
Vuestro favor, ó musas! necesario
Para los altos puntos en que toco.
Descerrajad vuestro mas rico almario,
Y el aliento me dad que el caso pide,
No humilde, no ratero, ni ordinario.
Las nubes hiende el aire, pisa y mide
La hermosa Venus Acidalia, y baxa
Del cielo que ninguno se lo impide.
Traia vestida de pardilla raja
Una gran saya entera hecha al uso,
Que le dice muy bien, quadra y encaja.
Luto que por su Adonis se le puso,
Luego que el gran colmillo del berraco
A atravesar sus ingles se dispuso.
A fe que si el mocito fuera Maco,
Que él guardára la cara al colmilludo,
Que dió á su vida, y su belleza saco.
O valiente garzon, mas que sesudo,
Cómo estándo avisado, tu mal tomas,
Entrando en trance tan horrendo y crudo?
En esto las mansisimas palomas
Que el carro de la diosa conducian
Por el llano del mar, y por las lomas:
Por unas y otras partes discurrian,
Hasta que con Neptuno se encontraron,
Que era lo que buscaban y querian.
Los dioses que se ven, se respetaron,
Y haciendo sus zalemas á lo moro,
De verse juntos en estremo holgaron.
Guardaronse real grave decoro,
Y procuró Ciprinia en aquel punto
Mostrar de su belleza el gran tesoro.
Ensanchó el verdugado, y dióle el punto
Con ciertos puntapies que fueron coces
Para el dios que las vió y quedó difunto.
Un poeta llamado DON QUINCOCES
Andaba semivivo en las saladas
Ondas dando gemidos y no voces.
Con todo dixo, en mal articuladas
Palabras: o, señora, la de Pafo,
Y de las otras dos islas nombradas,
Muevate á compasion el verme gafo
De pies y manos, y que ya me ahogo,
En otras Linfas que las del Garrafo.
Aqui será mi Pira, aqui mi rogo,
Aqui será QUINCOCES sepultado,
Que tuvo en su crianza Pedagogo.
Esto dixo el mezquino, esto escuchado
Fue de la diosa con ternura tanta,
Que volvió á componer el verdugado.
Y luego en pie y piadosa se levanta,
Y poniendo los ojos en el viejo,
Desembudó la voz de la garganta:
Y con cierto desden y sobrecejo,
Entre enojada y grave, y dulce dixo
Lo que al humido dios tuvo perplejo.
Y aunque no fue su razonar prolixo,
Todavia le truxo á la memoria
Hermano de quien era y de quien hijo.
Representole quan pequeña gloria
Era llevar de aquellos miserables
El triunfo infausto, y la cruel vitoria.
El dixo: si los hados inmudables
No huvieran dado la fatal sentencia
Destos en su ignorancia siempre estables.
Una brizna no mas de tu presencia
Que viera yo, bellisima señora,
Fuera de mi rigor la resistencia.
Mas ya no puede ser, que ya la hora
Llegó donde mi blanda y mansa mano
Ha de mostrar que es dura y vencedora.
Que estos de proceder siempre inhumano,
En sus versos han dicho cien mil veces,
Azotando las aguas del mar cano.
Ni azotado, ni viejo me pareces,
Replicó Venus, y él le dixo á ella:
Puesto que me enamoras no enterneces.
Que de tal modo la fatal estrella,
Influye destos tristes, que no puedo
Dar felice despacho á tu querella.
Del querer de los hados solo un dedo,
No me puedo apartar, ya tu lo sabes,
Ellos han de acabar, y ha de ser cedo.
Primero acabarás que los acabes,
Le respondió madama, la que tiene
De tantas voluntades puerta y llaves.
Que aunque el hado feroz su muerte ordene,
El modo no ha de ser á tu contento,
Que muchas muertes el morir contiene.
Turbóse en esto el liquido elemento,
De nuevo renovóse la tormenta,
Sopló mas vivo y mas apriesa el viento.
La hambrienta mesnada, y no sedienta,
Se rinde al uracan recien venido,
Y por mas no penar muere contenta.
O raro caso y por jamas oido,
Ni visto! ó nuevas y admirables trazas
De la gran reina obedecida en Gnido!
En un instante el mar de calabazas
Se vió quajado, algunas tan potentes,
Que pasaban de dos, y aun de tres brazas.
Tambien hinchados odres y valientes,
Sin deshacer del mar la blanca espuma,
Nadaban de mil talles diferentes.
Esta trasmutacion fue hecha en suma
Por Venus de los languidos poetas,
Porque Neptuno hundirlos no presuma.
El qual le pidió á Febo sus saetas,
Cuya arma arrojadiza desde aparte
A Venus defraudara de sus tretas.
Negóselas Apolo; y veis do parte
Enojado el vejon con su tridente,
Pensandolos pasar de parte á parte;
Mas este se resbala, aquel no siente
La herida, y dando esguince se desliza,
Y él queda de la colera impaciente.
En esto Boreas su furor atiza,
Y lleva antecogida la manada,
Que con la de los cerdas simboliza.
Pidióselo la diosa aficionada
A que vivan poetas zarabandos,
De aquellos de la seta almidonada:
De aquellos blancos, tiernos, dulces, blandos,
De los que por momentos se dividen
En varias setas, y en contrarios vandos.
Los contrapuestos vientos se comiden
A complacer la bella rogadora,
Y con un solo aliento la mar miden:
Llevando á la piara gruñidora,
En calabazas y odres convertida
A los reynos contrarios del aurora.
Desta dulce semilla referida
España, verdad cierta, tanto abunda,
Que es por ella estimada y conocida.
Que aunque en armas y en letras es fecunda
Mas que quantas provincias tiene el suelo,
Su gusto en parte en tal semilla funda.
Despues desta mudanza que hizo el cielo,
O Venus, ó quien fuese, que no importa
Guardar puntualidad como yo suelo,
No veo calabaza, ó luenga ó corta,
Que no imagine que es algun poeta
Que alli se estrecha, encubre, encoge, acorta.
Pues qué quando veo un cuero, ó mal discreta
Y vana fantasia, asi engañada,
Que á tanta liviandad estás sugeta!
Pienso que el piezgo de la boca atada
Es la faz del poeta transformado
En aquella figura mal hinchada.
Y quando encuentro algun poeta honrado,
Digo, poeta firme y valedero,
Hombre vestido bien y bien calzado,
Luego se me figura ver un cuero,
O alguna calabaza, y desta suerte
Entre contrarios pensamientos muero,
Y no sé si lo yerre, ó si lo acierte,
En que á las calabazas y á los cueros,
Y á los poetas trate de una suerte.
Cernìcalos que son lagartigeros
No esperen de gozar las preeminencias
Que gozan gabilanes no pecheros.
Puestas en paz pues ya las diferencias
De Delio, y los poetas transformados
En tan vanas y huecas apariencias:
Los mares y los vientos sosegados,
Sumergiose Neptuno mal contento
En sus palacios de cristal labrados.
Las mansisimas aves por el viento
Volaron, y á la bella Cipriana
Pusieron en su reyno á salvamento.
Y en señal que del triunfo quedó ufana,
Lo que hasta alli nadie acabó con ella,
Del luto se quitó la saboyana.
Quedando en cueros tan briosa y bella,
Que se supo despues que Marte anduvo
Todo aquel dia, y otros dos tras ella.
Todo el qual tiempo el escuadron estuvo
Mirando atento la fatal ruina,
Que la canalla transformada tuvo.
Y viendo despejada la marina
Apolo del socorro mal venido,
De dar fin al gran caso determina.
Pero en aquel instante un gran ruido
Se oyó, con que la turba se alboroza,
Y pone vista alerta, y presto oido.
Y era quien le formaba una carroza
Rica, sobre la qual venia sentado
El grave DON LORENZO DE MENDOZA,
De su felice ingenio acompañado,
De su mucho valor y cortesia,
Joyas inestimables, adornado.
PEDRO JUAN DE REJAULE le seguia
En otro coche insigne Valenciano,
Y grande defensor de la poesia.
Sentado viene á su derecha mano
JUAN DE SOLIS, mancebo generoso,
De raro ingenio en verdes años cano.
Y JUAN DE CARVAJAL, Dotor famoso,
Les hace tercio, y no por ser pesado
Dexan de hacer su curso presuroso.
Porque el divino ingenio al levantado
Valor de aquestos tres que el coche encierra,
No hay impedirle monte, ni collado.
Pasan volando la empinada sierra,
Las nubes tocan, llegan casi al cielo,
Y alegres pisan la famosa tierra.
Con este mismo honroso y grave zelo,
BARTOLOME DE MOLA, y GABRIEL LASO
Llegaron á tocar del monte el suelo.
Honra las altas cimas de Parnaso
DON DIEGO, que de SILVA tiene el nombre,
Y por ellas alegre tiende el paso.
A cuyo ingenio, y sin igual renombre
Toda ciencia se inclina y le obedece,
Y le levanta á ser mas que de hombre.
Dilatanse las sombras, y descrece
El dia, y de la noche el negro manto
Guarnecido de estrellas aparece.
Y el esquadron que havia esperado tanto
En pie, se rinde al sueño perezoso
De hambre y sed, y de mortal quebranto.
Apolo entonces poco luminoso,
Dando hasta los Antipodas un brinco,
Siguió su accidental curso forzoso.
Pero primero licenció á los cinco
Poetas titulados á su ruego,
Que lo pidieron con estraño ahinco,
Por parecerles risa, burla y juego
Empresas semejantes; y asi Apolo
Condecendió con sus deseos luego.
Que es el galan de Dafne unico y solo
En usar cortesia sobre quantos
Descubre el nuestro, y el contrario polo.
Del lobrego lugar de los espantos
Sacó su hisopo el languido Morfeo,
Con que ha rendido y embocado á tantos,
Y del licor que dicen que es Leteo,
Que mana de la fuente del olvido,
Los parpados bañó á todos arreo.
El mas hambriento se quedó dormido,
Dos cosas repugnantes, hambre y sueño,
Privilegio á poetas concedido.
Yo quedé enfin dormido como un leño,
Llena la fantasia de mil cosas,
Que de contallas mi palabra empeño,
Por mas que sean en sí dificultosas.