VIAGE AL PARNASO.

[CAPITULO VI.]

De una de tres causas los ensueños
Se causan, ó los sueños, que este nombre
Les dan los que del bien hablar son dueños.
Primera, de las cosas de que el hombre
Trata mas de ordinario: la segunda
Quiere la medicina que se nombre,
Del humor que en nosotros mas abunda.
Toca en revelaciones la tercera,
Que en nuestro bien mas que las dos redunda.
Dormí, y soñé, y el sueño la tercera
Causa le dió principio suficiente,
A mezclar el ahito y la dentera.
Sueña el enfermo, á quien la fiebre ardiente
Abrasa las entrañas, que en la boca
Tiene de las que ha visto alguna fuente.
Y el labio al fugitivo cristal toca,
Y el dormido consuelo imaginado
Crece el deseo, y no la sed apoca.
Pelea el valentisimo soldado
Dormido, casi al modo que despierto
Se mostró en el combate fiero armado.
Acude el tierno amante á su concierto,
Y en la imaginacion dormido llega
Sin padecer borrasca á dulce puerto.
El corazon el avariento entrega
En la mitad del sueño á su tesoro,
Que el alma en todo tiempo no le niega.
Yo, que siempre guardé el comun decoro
En las cosas dormidas y despiertas,
Pues no soy Troglodita ni soy Moro;
De par en par del alma abrí las puertas,
Y dexé entrar al sueño por los ojos
Con premisas de gloria y gusto ciertas.
Gocé durmiendo quatro mil despojos,
Que los conté sin que faltase alguno,
De gustos que acudieron á manojos.
El tiempo, la ocasion, el oportuno
Lugar correspondian al efeto,
Juntos y por sí solo cada uno.
Dos horas dormí, y mas á lo discreto,
Sin que imaginaciones ni vapores
El celebro tuviesen inquieto.
La suelta fantasia entre mil flores
Me puso de un pradillo, que exhalaba
De Pancaya y Sabea los olores.
El agradable sitio se llevaba
Tras sí la vista que durmiendo, viva
Mucho mas que despierta se mostraba.
Palpable vi, mas no sé si lo escriba,
Que á las cosas que tienen de imposibles,
Siempre mi pluma se ha mostrado esquiva.
Las que tienen vislumbre de posibles,
De dulces, de suaves y de ciertas
Explican mis borrones apacibles.
Nunca á disparidad abre las puertas
Mi corto ingenio, y hallalas contino
De par en par la consonancia abiertas.
Cómo puede agradar un desatino
Si no es que de proposito se hace,
Mostrandole el donaire su camino?
Que entonces la mentira satisface
Quando verdad parece, y está escrita
Con gracia, que al discreto y simple aplace.
Digo, volviendo al cuento, que infinita
Gente vi discurrir por aquel llano,
Con algazara placentera y grita:
Con habito decente y cortesano
Algunos, á quien dió la hipocresia
Vestido pobre; pero limpio y sano.

Otros de la color que tiene el dia
Quando la luz primera se aparece
Entre las trenzas de la aurora fria.
La variada primavera ofrece
De sus varias colores la abundancia,
Con que á la vista el gusto alegre crece.
La prodigalidad, la exorbitancia
Campean juntas por el verde prado
Con galas que descubren su ignorancia.
En un trono del suelo levantado,
(Do el arte á la materia se adelanta
Puesto que de oro y de marfil labrado)
Una doncella ví desde la planta
Del pie hasta la cabeza asi adornada,
Que el verla admira, y el oirla encanta.
Estaba en él con magestad sentada,
Giganta al parecer en la estatura,
Pero aunque grande, bien proporcionada.
Parecia mayor su hermosura
Mirada desde lejos, y no tanto
Si de cerca se ve su compostura.
Lleno de admiracion, colmo de espanto,
Puse en ella los ojos, y vi en ella
Lo que en mis versos desmayados canto.
Yo no sabré afirmar si era doncella,
Aunque he dicho que sí, que en estos casos
La vista mas aguda se atropella.
Son por la mayor parte siempre escasos
De razon los juicios maliciosos
En juzgar rotos los enteros vasos.
Altaneros sus ojos y amorosos
Se mostraban con cierta mansedumbre,
Que los hacia en todo estremo hermosos.
Ora fuese artificio, ora costumbre,
Los rayos de su luz tal vez crecian,
Y tal vez daban encogida lumbre.
Dos ninfas á sus lados asistian,
De tan gentil donaire y apariencia,
Que miradas las almas suspendian.
De la del alto trono en la presencia
Desplegaban sus labios en razones,
Ricas en suavidad, pobres en ciencia.
Levantaban al cielo sus blasones,
Que estaban por ser pocos ó ningunos,
Escritos del olvido en los borrones.
Al dulce murmurar, al oportuno
Razonar de las dos, la del asiento,
Que en belleza jamas le igualó alguno,
Luego se puso en pie, y en un momento
Me pareció, que dió con la cabeza
Mas allá de las nubes, y no miento:
Y no perdió por esto su belleza,
Antes mientras mas grande, se mostraba
Igual su perfecion á su grandeza:
Los brazos de tal modo dilataba,
Que de do nace adonde muere el dia
Los opuestos estremos alcanzaba.
La enfermedad llamada hidropesia
Asi le hincha el vientre, que parece
Que todo el mar caber en él podia.
Al modo destas partes asi crece
Toda su compostura, y no por esto,
Qual dixe, su hermosura desfallece.
Yo atonito esperaba ver el resto
De tan grande prodigio, y diera un dedo
Por saber la verdad segura, y presto.
Uno, y no sabré quien, bien claro y quedo
Al oido me habló, y me dixo: espera,
Que yo decirte lo que quieres puedo.
Esta que ves, que crece de manera,
Que apenas tiene ya lugar do quepa,
Y aspira en la grandeza á ser primera:
Esta que por las nube sube y trepa
Hasta llegar al cerco de la luna
(Puesto que el modo de subir no sepa.)
Es la que confiada en su fortuna
Piensa tener de la inconstante rueda
El exe quedo, y sin mudanza alguna.

Esta que no halla mal que le suceda,
Ni le teme atrevida y arrogante,
Prodiga siempre, venturosa y leda:
Es la que con disignio extravagante
Dió en crecer poco á poco hasta ponerse
Qual ves en estatura de gigante.
No dexa de crecer por no atreverse
A emprender las hazañas mas notables,
Adonde puedan sus estremos verse.
No has oido decir los memorables
Arcos, anfiteatros, templos, baños,
Termas, porticos, muros admirables:
Que á pesar y despecho de los años,
Aun duran sus reliquias y entereza,
Haciendo al tiempo y á la muerte engaño?
Yo, respondi por mí, ninguna pieza
Desas que has dicho, dexo de tenella
Clavada y remachada en la cabeza.
Tengo el sepulcro de la viuda bella,
Y el Coloso de Rodas alli junto,
Y la lanterna que sirvió de estrella.
Pero vengamos de quien es al punto
Esta, que lo deseo. Haráse luego,
Me respondió la voz en baxo punto.
Y prosiguió, diciendo: á no estar ciego
Huvieras visto ya quien es la dama:
Pero enfin tienes el ingenio lego.
Esta que hasta los cielos se encarama
Preñada, sin saber como, del viento,
Es hija del deseo y de la fama.
Esta fue la ocasion y el instrumento
En todo y parte de que el mundo viese
No siete marabillas, sino ciento.
Corto numero es ciento: aunque dixese
Cien mil y mas millones, no imagines,
Que en la cuenta del numero excediese.
Esta conduxo á memorables fines,
Edificios que asientan en la tierra,
Y tocan de las nubes los confines.
Esta tal vez ha levantado guerra,
Donde la paz suave reposaba
Que en limites estrechos no se encierra.
Quando murió en las llamas, abrasaba
El atrevido fuerte brazo y fiero,
Esta el incendio horrible resfriaba.
Esta arrojó al Romano caballero
En el abismo de la ardiente cueva,
De limpio armado, y de luciente azero.
Esta tal vez con marabilla nueva,
(De su ambiciosa condicion llevada)
Mil imposibles atrevida prueba.
Desde la ardiente Libia hasta la helada
Citia lleva la fama su memoria,
En grandiosas obras dilatada.
Enfin ella es la altiva vanagloria,
Que en aquellas hazañas se entremete,
Que llevan de los siglos la vitoria.
Ella misma á sí misma se promete
Triunfos y gustos, sin tener asida
A la calva ocasion por el copete.
Su natural sustento, su bebida,
Es aire, y asi crece en un instante
Tanto, que no hay medida á su medida.
Aquellas dos del placido semblante
Que tiene á sus dos lados, son aquellas
Que sirven á la maquina de Atlante.
Su delicada voz, sus luces bellas,
Su humildad aparente, y las lozanas
Razones, que el amor se cifra en ellas,
Las hacen mas divinas que no humanas,
Y son, (con paz escucha y con paciencia)
La adulacion y la mentira hermanas.
Estas están contino en su presencia,
Palabras ministrandole al oido,
Que tienen de prudentes aparencia.
Y ella qual ciega del mejor sentido,
No ve que entre las flores de aquel gusto,
El aspid ponzoñoso está escondido.

Y asi arrojada con deseo injusto
En cristalino vaso prueba y bebe
El veneno mortal, sin ningun susto.
Quien mas presume de advertido, pruebe
A dexarse adular, verá quan presto
Pasa su gloria como el viento leve.
Esto escuché: y en escuchando aquesto,
Dió un estampido tal la gloria vana,
Que dió á mi sueño fin dulce y molesto.
Y en esto descubrióse la mañana,
Vertiendo perlas y esparciendo flores,
Lozana en vista, y en virtud lozana.
Los dulces pequeñuelos ruiseñores
Con cantos no aprendidos le decian
Enamorados della mil amores.
Los silgueros el canto repetian,
Y las diestras calandrias entonaban
La musica, que todos componian.
Unos del esquadron priesa se daban,
Porque no los hallase el dios del dia
En los forzosos actos en que estaban.
Y luego se asomó su señoria,
Con una cara de tudesco roja,
Por los balcones de la aurora fria.
En parte gorda, en parte flaca y floja,
Como quien teme el esperado trance,
Donde verse vencido se le antoja.
En propio toledano y buen romance
Les dió los buenos dias cortesmente,
Y luego se aprestó al forzoso lance.
Y encima de un peñasco puesto enfrente
Del esquadron, con voz sonora y grave
Esta oracion les hizo de repente.
O espiritus felices, donde cabe
La gala del decir, la sutileza
De la ciencia mas docta que se sabe!
Donde en su propia natural belleza
Asiste la hermosa poesia
Entera de los pies á la cabeza!
No consintais por vida vuestra y mia,
(Mirad con que llaneza Apolo os habla)
Que triunfe esta canalla que porfia.
Esta canalla digo que se endiabla,
Que por darles calor su muchedumbre,
Ya su ruina, ó ya la nuestra entabla.
Vosotros de mis ojos gloria y lumbre,
Faroles do mi luz de asiento mora,
Ya por naturaleza, ó por costumbre,
Haveis de consentir que esta embaidora,
Hipocrita gentalla se me atreva,
De tantas necedades inventora?
Haced famosa y memorable prueba
De vuestro gran valor en este hecho,
Que á su castigo y vuestra gloria os lleva.
De justa indignacion armad el pecho,
Acometed intrepidos la turba,
Ociosa, vagamunda, y sin provecho.
No se os dé nada, no se os dé una burba,
(Moneda Berberisca, vil y baxa)
De aquesta gente, que la paz nos turba.
El son de mas de una templada caja,
Y el del pifaro triste y la trompeta,
Que la colera sube, y flema abaxa;
Asi os incite con virtud secreta,
Que despierte los animos dormidos
En la facion que tanto nos aprieta.
Yá retumba, ya llega á mis oidos
Del esquadron contrario el rumor grande,
Formado de confusos alaridos.
Ya es menester, sin que os lo ruegue, ó mande,
Que cada qual como guerrero experto,
sin que por su capricho se desmande,
La orden guarde y militar concierto,
Y acuda á su deber como valiente
Hasta quedar, ó vencedor ó muerto.
En esto por la parte de poniente
Pareció el escuadron casi infinito
De la barbara, ciega, y pobre gente.

Alzan los nuestros al momento un grito
Alegre, y no medroso; y gritan, arma,
Arma resuena todo aquel distrito;
Y aunque mueran, correr quieren al arma.


VIAGE AL PARNASO.

[CAPITULO VII.]

Tu, Beligera musa, tú, que tienes
La voz de bronce, y de metal la lengua,
Quando á cantar del fiero Marte vienes:
Tú, por quien se aniquila siempre y mengua
El gran genero humano: tú, que puedes
Sacar mi pluma de ignorancia, y mengua:
Tu, mano rota, y larga de mercedes;
Digo en hacellas: una aqui te pido,
(Que no hará que menos rica quedes.)
La soberbia y maldad, el atrevido
Intento de una gente mal mirada
Ya se descubre con mortal ruido.
Dame una voz al caso acomodada,
Una sotil y bien cortada pluma,
No de aficion, ni de pasion llevada.
Para que pueda referir en suma
Con purisimo y nuevo sentimiento,
Con verdad clara, y entereza suma,

El contrapuesto y desigual intento
De uno y otro esquadron, que ardiendo en ira,
Sus vanderas descoge al vago viento.
El del vando catolico, que mira
Al falso y grande al pie del monte puesto,
Que de subir al alta cumbre aspira;
Con paso largo, y ademan compuesto,
Todo el monte coronan, y se ponen
A la furia, que en loca ha echado el resto.
Las ventajas tantean, y disponen
Los animos valientes al asalto,
En quien su gloria y su venganza ponen.
De rabia lleno y de paciencia falto
Apolo su bellisimo estandarte
Mandó al momento levantar en alto.
Arbolole un MARQUES, que el propio Marte
Su briosa presencia representa
Naturalmente, sin industria y arte.
Poeta celeberrimo y de cuenta,
Por quien, y en quien Apolo soberano
Su gloria y gusto, y su valor aumenta.
Era la insinia un cisne hermoso y cano,
Tan al vivo pintado, que dixeras,
La voz despide alegre al aire vano.
Siguen al estandarte sus vanderas
De gallardos alfereces llevadas,
Honrosas por no estar todas enteras.
Las cajas á lo belico templadas
Al milite mas tardo vuelven presto,
De voces de metal acompañadas.
GERONIMO DE MORA llegó en esto,
Pintor excelentisimo y poeta,
Apeles y Virgilio en un supuesto:
Y con la autoridad de una gineta,
(Que de ser capitan le daba nombre)
Al caso acude y á la turba aprieta.
Y porque mas se turbe, y mas se asombre
El enemigo desigual y fiero
Llegó el gran BIEDMA de inmortal renombre.
Y con él GASPAR DE AVILA, primero
Sequáz de Apolo, á cuyo verso y pluma,
Iciar puede envidiar, temer Sincero.
Llegó JUAN DE MEZTANZA, cifra y suma
De tanta erudicion, donaire y gala,
Que no hay muerte, ni edad que la consuma.
Apolo le arrancó de Guatimala,
Y le truxo en su ayuda para ofensa
De la canalla en todo estremo mala.
Hacer milagros en el trance piensa
CEPEDA, y acompañale MEGIA,
Poetas dinos de alabanza inmensa.
Clarisimo esplendor de Andalucia,
Y de la Mancha el sin igual GALINDO
Llegó con magestad y bizarria.
De la alta cumbre del famoso Pindo
Baxaron tres bizarros Lusitanos
(A quien mis alabanzas todas rindo.)
Con prestos pies y con valientes manos
Con FERNANDO CORREA DE LA CERDA,
Pisó RODRIGUEZ LOBO monte y llanos.
Y porque Febo su razon no pierda
El grande DON ANTONIO DE ATAIDE
Llegó con furia alborotada y cuerda.
Las fuerzas del contrario ajusta y mide
Con las suyas Apolo, y determina
Dar la batalla, y la batalla pide.
El ronco són de mas de una bocina,
Instrumento de caza y de la guerra,
De Febo á los oidos se avecina.
Tiembla debaxo de los pies la tierra
De infinitos poetas oprimida,
Que dan asalto á la sagrada sierra.
El fiero general de la atrevida
Gente, que trae un cuervo en su estandarte,
Es ARBOLANCHES, muso por la vida.
Puestos estaban en la baxa parte,
Y en la cima del monte, frente á frente
Los campos de quien tiembla el mismo Marte:

Quando una, al parecer discreta gente,
Del catolico vando al enemigo
Se pasó, como en numero de veinte.
Yo con los ojos su carrera sigo,
Y viendo el paradero de su intento,
Con voz turbada al sacro Apolo digo:
Qué prodigio es aqueste? qué portento?
O por mejor decir, qué mal aguero,
Que asi me corta el brio y el aliento?
Aquel tránsfuga que partió primero,
No solo por poeta le tenia,
Pero tambien por bravo churrullero.
Aquel ligero que tras él corria,
En mil corrillos en Madrid le he visto
Tiernamente hablar en la poesia.
Aquel tercero que partió tan listo,
Por satirico, necio, y por pesado
Sé que de todos fue siempre mal quisto.
No puedo imaginar como ha llevado
Mercurio estos poetas en su lista.
Yo fui, respondió Apolo, el engañado;
Que de su ingenio la primera vista
Indicios descubrió que serian buenos
Para facilitar esta conquista.
Señor, repliqué yo, crei que agenos
Eran de las deidades los engaños,
Digo, engañarse en poco mas ni menos.
La prudencia que nace de los años,
Y tiene por maestra la experiencia,
Es la deidad que advierte destos daños.
Apolo respondió: por mi conciencia,
Que no te entiendo, algo turbado y triste
Por ver de aquellos veinte la insolencia.
Tu, SARDO militar LOFRASO, fuiste
Uno de aquellos barbaros corrientes,
Que del contrario el numero creciste.
Mas no por esta mengua los valientes
Del esquadron catolico temieron,
Poetas madrigados y excelentes.
Antes tanto corage concibieron
Contra los fugitivos corredores,
Que riza en ellos y matanza hicieron.
O falsos y malditos trobadores,
Que pasais plaza de poetas sabios,
Siendo la hez de los que son peores.
Entre la lengua, paladar y labios
Anda contino vuestra poesia,
Haciendo á la virtud cien mil agravios.
Poetas de atrevida hipocresia,
Esperad, que de vuestro acabamiento
Ya se ha llegado el temeroso dia.
De las confusas voces el concento
Confuso por el aire resonaba
De espesas nubes condensando en viento.
Por la falda del monte gateaba
Una tropa poetica, aspirando
A la cumbre que bien guardada estaba.
Hacian hincapie de quando en quando,
Y con hondas de estallo y con ballestas
Iban libros enteros disparando.
No del plomo encendido las funestas
Balas, pudieran ser dañosas tanto,
Ni al disparar pudieran ser mas prestas.
Un libro mucho mas duro que un canto
A JUSEPE DE VARGAS dió en las sienes,
Causandole terror, grima y espanto.
Gritó, y dixo á un soneto: tú, que vienes
De satirica pluma disparado,
Porqué el infame curso no detienes?
Y qual perro con piedras irritado,
Que dexa al que las tira, y va tras ellas,
Qual si fueran la causa del pecado,
Entre los dedos de sus manos bellas
Hizo pedazos al soneto altivo,
Que amenazaba al sol y á las estrellas.
Y dixole Cilenio: ó rayo vivo
Donde la justa indignacion se muestra
En un grado y valor superlativo,

La espada toma en la temida diestra,
Y arrojate valiente y temerario
Por esta parte que el peligro adiestra.
En esto del tamaño de un breviario
Volando un libro por el aire vino,
De prosa y verso que arrojó el contrario.
De verso y prosa el puro desatino
Nos dió á entender que de ARBOLANCHES eran
Las Avidas pesadas de contino.
Unas Rimas llegaron, que pudieran
Desbaratar el esquadron christiano,
Si acaso vez segunda se imprimieran.
Dióle á Mercurio en la derecha mano
Una satira antigua licenciosa,
De estilo agudo, pero no mui sano.
De una intricada y mal compuesta prosa,
De un asunto, sin jugo y sin donaire,
Quatro Novelas disparó PEDROSA.
Silvando recio, y desgarrando el aire,
Otro libro llegó de rimas solas
Hechas al parecer como al desgaire.
Viólas Apolo y dixo, quando viólas:
Dios perdone á su autor, y á mí me guarde
De algunas Rimas sueltas españolas.
Llegó EL PASTOR DE IBERIA, aunque algo tarde,
Y derribó catorce de los nuestros,
Haciendo de su ingenio y fuerza alarde.
Pero dos valerosos, dos maestros,
Dos lumbreras de Apolo, dos soldados,
Unicos en hablar, y en obrar diestros:
Del monte puestos en opuestos lados
Tanto apretaron á la turba multa,
Que volvieron atras los encumbrados.
Es GREGORIO DE ANGULO el que sepulta
La canalla, y con él PEDRO DE SOTO,
De prodigioso ingenio, y vena culta.
Doctor aquel, estotro unico y doto
Licenciado, de Apolo ambos sequaces
Con raras obras y animo devoto.
Las dos contrarias indignadas haces
Ya miden las espadas, ya se cierran
Duras en su teson y pertinaces.
Con los dientes se muerden y se aferran
Con las garras, las fieras imitando,
Que toda piedad de sí destierran.
Haldeando venia, y trasudando
El autor de LA PICARA JUSTINA,
Capellan lego del contrario vando.
Y qual si fuera de una culebrina
Disparó de sus manos su librazo,
Que fue de nuestro campo la ruina.
Al buen TOMAS GRACIAN mancó de un brazo,
A MEDINILLA derribó una muela,
Y le llevó de un muslo un gran pedazo.
Una despierta nuestra centinela
Gritó: todos abaxen la cabeza,
Que dispara el contrario otra Novela.
Dos pelearon una larga pieza,
Y el uno al otro con instancia loca
De un embion, con arte y con destreza,
Seis seguidillas le encajó en la boca,
Con que le hizo vomitar el alma
Que salió libre de su estrecha roca.
De la furia el ardor, del sol la calma
Tenia en duda de una, y otra parte
La vencedora y pretendida palma.
Del cuervo en esto el lobrego estandarte
Cede al del cisne, porque vino al suelo
Pasado el corazon de parte á parte.
Su alferez, que era un ANDALUZ mozuelo
Trobador repentista, que subia
Con la soberbia mas allá del cielo,
Helosele la sangre que tenia,
Murióse quando vió que muerto estaba
La turba pertinaz en su porfia.
Puesto que ausente el gran LUPERCIO estaba
Con un solo soneto suyo hizo
Lo que de su grandeza se esperaba.

Descuadernó, desencajó, deshizo
Del opuesto esquadron catorce hileras,
Dos criollos mató, hirió un mestizo.
De sus sabrosas burlas y sus veras
El magno CORDOVES un cartapacio
Disparó, y aterró quatro vanderas.
Daba ya indicios de cansado y lacio
El brio de la barbara canalla,
Peleando mas flojo y mas despacio.
Mas renovóse la fatal batalla
Mezclandose los unos con los otros,
Ni vale arnes, ni presta dura malla,
Cinco melifluos sobre cinco potros
Llegaron, y envistieron por un lado,
Y llevaronse cinco de nosotros.
Cada qual como moro ataviado,
Con mas letras y cifras, que una carta
De Principe enemigo y recatado.
De romances moriscos una sarta,
Qual si fuera de balas enramadas,
Llega con furia y con malicia harta.
Y á no estar dos esquadras avisadas
De las nuestras del recio tiro y presto,
Era fuerza quedar desbaratadas.
Quiso Apolo indignado echar el resto
De su poder y de su fuerza sola,
Y dar al enemigo fin molesto.
Y una sacra cancion, donde acrisola
Su ingenio, gala, estilo y bizarria
BARTOLOME LEONARDO DE ARGENSOLA,
Qual si fuera un petrarte Apolo envia,
Adonde está el teson mas apretado,
Mas dura, y mas furiosa la porfia.
Quando me paro á contemplar mi estado
Comienza la cancion, que Apolo pone
En el lugar mas noble y levantado.
Todo lo mira, todo lo dispone
Con ojos de Argos, manda, quita y veda,
Y del contrario á todo ardid se opone.
Tan mezclados están, que no hay quien pueda
Discernir qual es malo, ó qual es bueno,
Qual es GARCILASISTA, ó TIMONEDA.
Pero un mancebo de ignorancia ageno,
Grande escudriñador de toda historia,
Rayo en la pluma, y en la voz un trueno,
Llegó, tan rica el alma de memoria,
De sana voluntad y entendimiento,
Que fue de Febo y de las musas gloria.
Con este acelerose el vencimiento,
Porque supo decir: este merece
Gloria, pero aquel no, sino tormento.
Y como ya con distincion parece
El justo y el injusto combatiente,
El gusto al paso de la pena crece.
Tú PEDRO MANTUANO el excelente,
Fuiste quien distinguió de la confusa
Maquina el que es cobarde del valiente.
JULIAN DE ALMENDARIZ no reusa,
Puesto que llegó tarde, en dar socorro
Al rubio Delio con su ilustre musa.
Por las rucias que peino, que me corro
De ver que las comedias endiabladas
Por divinas se pongan en el corro.
Y á pesar de las limpias y atildadas
Del comico mejor de nuestra Esperia
Quieren ser conocidas y pagadas.
Mas no ganaron mucho en esta feria,
Porque es discreto el vulgo de la corte,
Aunque le toca la comun miseria.
De llano no le deis, dadle de corte,
Estancias Polifemas, al poeta
Que no os tuviere por su guia y norte.
Inimitables sois, y á la discreta
Gala que descubris en lo escondido,
Toda elegancia puede estar sugeta.
Con estas municiones el partido
Nuestro se mejoró de tal manera,
Que el contrario se tuvo por vencido.

Cayó su presuncion soberbia y fiera,
Derrumbanse del monte abaxo quantos
Presumieron subir por la ladera,
La voz prolija de sus roncos cantos
El mal suceso con rigor la vuelve
En interrotos y funestos llantos.
Tal huvo, que cayendo se resuelve
De asirse de una zarza ó cabrahigo,
Y en llanto á lo de Ovidio se disuelve.
Quatro se arracimaron á un quejigo
Como enjambre de abejas desmandada,
Y le estimaron por el lauro amigo.
Otra quadrilla virgen por la espada
Y adultera de lengua, dió la cura
A sus pies de su vida almidonada.
BARTOLOME llamado DE SEGURA
El toque casi fue del vencimiento,
Tal es su ingenio, y tal es su cordura.
Resonó en esto por el vago viento
La voz de la vitoria repetida
Del numero escogido en claro acento.
La miserable, la fatal caida
De las musas del limpio tagarete
Fue largos siglos con dolor plañida.
A la parte del llanto (ay me!) se mete
Zapardiel famoso por su pesca,
Sin que un pequeño instante se quiete.
La voz de la vitoria se refresca,
Vitoria suena aqui, y alli vitoria,
Adquirida por nuestra soldadesca,
Que canta alegre la alcanzada gloria.


VIAGE AL PARNASO.

[CAPITULO VIII.]