Al caer de la maquina excesiva
Del esquadron poetico arrogante
Que en su no vista muchedumbre estriba:
Un poeta, mancebo y estudiante,
Dixo: caipaciencia, que algun dia
Será la nuestra, mi valor mediante.
De nuevo afilaré la espada mia,
Digo mi pluma, y cortaré de suerte
Que dé nueva excelencia á la porfia.
Que ofrece la comedia, si se advierte,
Largo campo al ingenio, donde pueda
Librar su nombre del olvido y muerte.
Fue desto exemplo JUAN DE TIMONEDA,
Que con solo imprimir se hizo eterno
Las comedias del gran LOPE DE RUEDA.
Cinco vuelcos daré en el propio infierno
Por hacer recitar una que tengo
Nombrada: El Gran Bastardo de Salerno.
Guarda Apolo, que baxa guarde rengo
El golpe de la mano mas gallarda
Que ha visto el tiempo en su discurso luengo.
En esto el claro són de una bastarda
Alas pone en los pies de la vencida
Gente del mundo perezosa y tarda.
Con la esperanza del vencer perdida
No hay quien no atienda con ligero paso,
Si no á la honra, á conservar la vida.
Desde las altas cumbres de Parnaso
De un salto uno se puso en Guadarrama,
Nuevo, no visto, y verdadero caso.
Y al mismo paso la parlera fama
Cundió del vencimiento la alta nueva,
Desde el claro Caistro hasta Jarama.
Lloró la gran vitoria el turbio Esgueva,
Pisuerga la rió, rióla Tajo,
Que en vez de arena granos de oro lleva.
Del cansancio, del polvo, y del trabajo
Las rubicundas hebras de Timbreo
Del color se pararon de oro baxo.
Pero viendo cumplido su deseo,
Al son de la guitarra Mercuriesca
Hizo de la gallarda un gran paseo.
Y de Castalia en la corriente fresca
El rostro se lavó, y quedó luciente
Como de acero la segur Turquesca.
Pulióse luego, y adornó su frente
De magestad mezclada con dulzura,
Indicios claros del placer que siente.
Las reynas de la humana hermosura
Salieron de do estaban retiradas,
Mientras duraba la contienda dura:
Del arbol siempre verde coronadas,
Y enmedio la divina Poesia,
Todas de nuevas galas adornadas.
MELPOMENE, TERSICORE, Y TALIA,
POLIMNIA, URANIA, ERATO, EUTERPE, Y CLIO,
Y CALIOPE, hermosa en demasia
Muestran ufanas su destreza y brio,
Tegiendo una entricada y nueva danza
Al dulce son de un instrumento mio.
Mio, no dixe bien, mentí á la usanza
Del que dice propios los agenos
Versos, que son mas dinos de alabanza.
Los anchos prados, y los campos llenos
Están de las esquadras vencedoras,
(Que siempre van á mas, y nunca á menos)
Esperando de ver de sus mejoras
El colmo con los premios merecidos
Por el sudor y aprieto de seis horas.
Piensan ser los llamados escogidos
Todos á premios de grandeza aspiran,
Tienense en mas de lo que son tenidos:
Ni á calidades, ni riquezas miran,
A su ingenio se atiene cada uno,
Y si hay quatro que acierten, mil deliran.
Mas Febo, que no quiere que ninguno
Quede quexoso dél, mandó á la Aurora,
Que vaya, y coja in tempore oportuno
De las faldas floriferas de Flora
Quatro tabaques de purpureas rosas,
Y seis de perlas de las que ella llora.
Y de las nueve por estremo hermosas
Las coronas pidió, y al darlas ellas
En nada se mostraron perezosas.
Tres, á mi parecer, de las mas bellas
A Partenope sé que se enviaron,
Y fue Mercurio el que partió con ellas.
Tres sugetos las otras coronaron
Alli en el mesmo monte peregrinos,
Con que su patria y nombre eternizaron.
Tres cupieron á España, y tres divinos
Poetas se adornaron la cabeza,
De tanta gloria justamente dinos.
La envidia, monstruo de naturaleza,
Maldita, y carcomida, ardiendo en saña
A murmurar del sacro dón empieza.
Dixo: será posible que en España
Haya nueve poetas laureados?
Alta es de Apolo, pero simple hazaña.
Los demas de la turba defraudados
Del esperado premio, repetian
Los himnos de la envidia mal cantados.
Todos por laureados se tenian
En su imaginacion antes del trance,
Y al cielo quejas de su agravio envian.
Pero ciertos poetas de romance
Del generoso premio hacer esperan
A despecho de Febo presto alcance.
Otros, aunque latinos, desesperan
De tocar del laurel solo una hoja,
Aunque del caso en la demanda mueran.
Vengase menos el que mas se enoja,
Y alguno se tocó sienes y frente,
Que de estar coronado se le antoja.
Pero todo deseo impertinente
Apolo resfrió, premiando á quantos
Poetas tuvo el esquadron valiente.
De rosas, de jazmines y amarantos
Flora le presentó cinco cestones,
Y la Aurora de perlas otros tantos.
Estos fueron, letor dulce, los dones
Que Delio repartió con larga mano
Entre los poetisimos varones.
Quedando alegre cada qual, y ufano
Con un puño de perlas y una rosa,
Estimando el premio sobrehumano.
Y porque fuese mas marabillosa
La fiesta y regocijo, que se hacia
Por la vitoria insigne y prodigiosa,
La buena, la importante Poesia
Mandó traer la bestia, cuya pata
Abrió la fuente de Castalia fria.
Cubierta de finisima escarlata,
Un lacayo la truxo en un instante,
Tascando un freno de bruñida plata.
Envidiarle pudiera Rocinante
Al gran Pegaso de presencia brava,
Y aun Billadoro el del señor de Anglante.
Con no sé quantas alas adornaba
Manos y pies, indicio manifiesto,
Que en ligereza al viento aventajaba.
Y por mostrar quan agil y quan presto
Era, se alzó del suelo quatro picas,
Con un denuedo y ademan compuesto.
Tú, que me escuchas, si el oido aplicas
Al dulce cuento deste gran Viage,
Cosas nuevas oiras de gusto ricas.
Era del bel troton todo el herrage
De durisima plata diamantina,
Que no recibe del pisar ultrage.
De la color que llaman columbina,
De raso en una funda trae la cola,
Que suelta con el suelo se avecina.
Del color del carmin ó de amapola
Eran sus clines y su cola gruesa,
Ellas solas al mundo, y ella sola.
Tal vez anda despacio, y tal á priesa,
Vuela tal vez, y tal hace corbetas,
Tal quiere relinchar, y luego cesa.
Nueva felicidad de los poetas!
Unos sus escrementos recogian
En dos de cuero grandes barjuletas.
Pregunté, para qué lo tal hacian?
Respondióme Cilenio á lo vellaco
Con no sé que vislumbres de ironia:
Esto que se recoge, es el tabaco,
Que á los vaguidos sirve de cabeza
De algun poeta de celebro flaco.
Urania de tal modo lo adereza,
Que puesto á las narices del doliente,
Cobra salud, y vuelve á su entereza.
Un poco entonces arrugué la frente,
Ascos haciendo del remedio estraño,
Tan de los ordinarios diferente.
Recibes, dixo Apolo, amigo, engaño.
Leyome el pensamiento. Este remedio
De los vaguidos cura, y sana el daño.
No come este rocin lo que en asedio
Duro y penoso comen los soldados,
Que están entre la muerte y hambre en medio.
Son deste tal los piensos regalados,
Ambar y almizcle entre algodones puesto,
Y bebe del rocio de los prados.
Tal vez le damos de almidon un cesto,
Tal de algarrobas con que el vientre llena,
Y no se estriñe, ni se va por esto.
Sea, le respondi, muy norabuena,
Tieso estoy de celebro por ahora,
Vaguido alguno no me causa pena.
La nuestra en esto universal señora,
Digo la poesia verdadera,
Que con Timbreo y con las musas mora,
En vestido subcinto á la ligera
El monte discurrió, y abrazó á todos,
Hermosa sobre modo, y placentera.
O sangre vencedora de los Godos!
Dixo: de aqui adelante ser tratada
Con mas suaves y discretos modos
Espero ser, y siempre respetada
Del ignorante vulgo que no alcanza,
Que puesto que soy pobre, soy honrada.
Las riquezas os dexo en esperanza,
Pero no en posesion, premio seguro
Que al reyno aspira de la inmensa holganza.
Por la belleza deste monte os juro,
Que quisiera al mas minimo entregalle
Un privilegio de cien mil de juro.
Mas no produce minas este valle,
Aguas sí, salutiferas y buenas,
Y monas que de cisnes tienen talle.
Volved á ver, ó amigos, las arenas
Del aurifero Tajo en paz segura,
Y en dulces horas de pesar agenas.
Que esta inaudita hazaña os asegura
Eterno nombre, entanto que dé Febo
Al mundo aliento, y luz serena y pura.
O marabilla nueva, ó caso nuevo,
Digno de admiracion que cause espanto,
Cuya estrañeza me admiró de nuevo!
Morfeo, el dios del sueño por encanto
Alli se apareció; cuya corona
Era de ramos de beleño santo.
Flogisimo de brio y de persona,
De la pereza torpe acompañado,
Que no le dexa á visperas, ni á nona.
Traia al silencio á su derecho lado,
El descuido al siniestro, y el vestido
Era de blanda lana fabricado.
De las aguas que llaman del olvido,
Traia un gran caldero, y de un hisopo
Venia como aposta, prevenido.
Asía á los poetas por el hopo,
Y aunque el caso los rostros les volvia
En color encendida de piropo,
El nos bañaba con el agua fria,
Causandonos un sueño de tal suerte,
Que dormimos un dia y otro dia.
Tal es la fuerza del licor, tan fuerte
Es de las aguas la virtud, que pueden
Competir con los fueros de la muerte.
Hace el ingenio alguna vez que queden
Las verdades sin credito ninguno,
Por ver que á toda contingencia exceden.
Al despertar del sueño asi importuno,
Ni vi monte, ni monta, dios, ni diosa,
Ni de tanto poeta vide alguno.
Por cierto estraña y nunca vista cosa,
Despavilé la vista, y parecióme
Verme en medio de una ciudad famosa.
Admiración y grima el caso dióme,
Torné á mirar, porque el temor ó engaño
No de mi buen discurso el paso tome.
Y dixeme á mi mismo: no me engaño.
Esta ciudad es Napoles la ilustre,
Que yo pisé sus ruas mas de un año:
De Italia gloria, y aun del mundo lustre,
Pues de quantas ciudades él encierra,
Ninguna puede haver que asi le ilustre.
Apacible en la paz, dura en la guerra,
Madre de la abundancia y la nobleza,
De Eliseos campos, y agradable sierra;
Si vaguidos no tengo de cabeza,
Pareceme que está mudada en parte
De sitio, aunque en aumento de belleza.
Qué teatro es aquel donde reparte
Con él quanto contiene de hermosura,
La gala, la grandeza, industria y arte?
Sin duda el sueño en mis palpebras dura,
Porque este es edificio imaginado,
Que excede á toda humana compostura.
Llegose en esto á mí disimulado
Un mi amigo, llamado Promontorio,
Mancebo en dias, pero gran soldado.
Creció la admiracion viendo notorio
Y palpable, que en Napoles estaba,
Espanto á los pasados acesorio.
Mi amigo tiernamente me abrazaba,
Y con tenerme entre sus brazos, dixo:
Que del estar yo alli mucho dudaba.
Llamóme padre, y yo llamele hijo.
Quedó con esto la verdad en punto,
Que aqui puede llamarse punto fijo.
Dixome Promontorio: yo barrunto,
Padre, que algun gran caso á vuestras canas
Las trae tan lejos ya semidifunto.
En mis horas mas frescas y tempranas
Esta tierra habité, hijo, le dixe,
Con fuerzas mas briosas y lozanas.
Pero la voluntad que á todos rige,
Digo el querer del cielo, me ha traido
A parte que me alegra mas que aflige.
Dixera mas, sino que un gran ruido
De pifaros, clarines y tambores
Me azoró el alma, y alegró el oido.
Volví la vista al són, vi los mayores
Aparatos de fiesta que vió Roma
En sus felices tiempos, y mejores.
Dixo mi amigo: Aquel, que ves que asoma
Por aquella montaña contrahecha,
Cuyo brio al de Marte oprime y doma,
Es un alto sugeto, que deshecha
Tiene á la envidia en rabia, porque pisa
De la virtud la senda mas derecha.
De gravedad y condicion tan lisa,
Que suspende y alegra á un mismo instante,
Y con su aviso al mismo aviso avisa.
Mas quiero antes que pases adelante
En ver lo que verás si estas atento,
Darte del caso relacion bastante.
Será DON JUAN DE TASIS de mi cuento
Principio, porque sea memorable,
Y lleguen mis palabras á mi intento.
Este varon en liberal notable,
Que una mediana Villa le hace Conde,
Siendo rey en sus obras admirable.
Este, que sus haberes nunca esconde,
Pues siempre los reparte, ó los derrama,
Ya sepa adonde, ó ya no sepa adonde:
Este, á quien tiene tan en fil la fama,
Puesta la alteza de su nombre claro,
Que liberal y prodigo le llama:
Quiso prodigo aqui, y alli no avaro,
Primer mantenedor ser de un torneo,
Que á fiestas sobrehumanas le comparo.
Responden sus grandezas al deseo
Que tiene de mostrarse alegre, viendo
De España y Francia el regio himeneo.
Y este que escuchas, duro, alegre estruendo,
Es señal que el torneo se comienza,
Que admira por lo rico y estupendo.
Arquímedes el grande se averguenza
De ver que este teatro milagroso
Su ingenio apoque, y á sus trazas venza.
Digo pues que el mancebo generoso,
Que alli deciende de encarnado y plata,
Sobre todo mortal curso brioso,
Es el CONDE DE LEMOS, que dilata
Su fama con sus obras por el mundo,
Y que lleguen al cielo en tierra trata:
Y aunque sale el primero, es el segundo
Mantenedor, y en buena cortesia
Esta ventaja califico y fundo.
El DUQUE DE NOCERA, luz y guia
Del arte militar, es el tercero
Mantenedor de este festivo dia.
El quarto, que pudiera ser primero,
Es DE SANTELMO el fuerte CASTELLANO,
Que al mesmo Marte en el valor prefiero.
El quinto es otro Eneas el Troyano,
Arrociolo, que gana en ser valiente
Al que fue verdadero, por la mano.
El gran concurso y numero de gente
Estorbó que adelante prosiguiese
La comenzada relacion prudente.
Por esto le pedí que me pusiese
Adonde sin ningun impedimento
El gran progreso de las fiestas viese.
Porque luego me vino al pensamiento
De ponerlas en verso numeroso,
Favorecido del Febeo aliento.
Hizolo asi, y yo vi lo que no oso
Pensar, no que decir, que aqui se acorta
La lengua y el ingenio mas curioso.
Que se pase en silencio es lo que importa,
Y que la admiracion supla esta falta
El mesmo grandioso caso exôrta.
Puesto que despues supe que con alta
Magnifica elegancia y milagrosa,
Donde ni sobra punto ni le falta,
El curioso DON JUAN DE OQUINA en prosa
La puso, y dió á la estampa para gloria
De nuestra edad, por esto venturosa.
Ni en fabulosa, ó verdadera historia
Se halla que otras fiestas hayan sido,
Ni puedan ser mas dignas de memoria.
Desde alli, y no sé como, fui traido
Adonde vi al gran DUQUE DE PASTRANA
Mil parabienes dar de bien venido:
Y que la fama en la verdad ufana
Contaba que agradó con su presencia,
Y con su cortesia sobrehumana:
Que fue nuevo Alexandro en la excelencia
Del dar, que satisfizo á todo quanto
Puede mostrar real magnificencia:
Colmó de admiracion, llenó de espanto.
Entré en Madrid en trage de romero,
Que es grangeria el parecer ser santo.
Y desde lexos me quitó el sombrero
El famoso ACEVEDO, y dixo: á Dio,
Voi siate il ben venuto, cabaliero;
So parlar Zenoese, & Tusco anchio.
Y respondi: la vostra signoria
Sia la ben trovata, patron mio.
Topé á LUIS VELEZ, lustre y alegria,
Y discrecion del trato cortesano,
Y abracéle en la calle á medio dia.
El pecho, el alma, el corazon, la mano
Di á PEDRO DE MORALES y un abrazo,
Y alegre recebi á JUSTINIANO.
Al volver de una esquina sentí un brazo
Que el cuello me ceñia, miré cuyo,
Y mas que gusto me causó embarazo:
Por ser uno de aquellos (no rehuyo
Decirlo) que al contrario se pasaron,
Llevados del cobarde intento suyo.
Otros dos al del Layo se llegaron,
Y con la risa falsa del conejo,
Y con muchas zalemas me hablaron.
Yo socarron, yo poeton ya viejo
Volviles á lo tierno las saludes,
Sin mostrar mal talante, ó sobrecejo.
No dudes, ó letor caro, no dudes,
Sino que suele el disimulo á veces
Servir de aumento á las demas virtudes.
Dinoslo tú, David, que aunque pareces
Loco en poder de Aquis, de tu cordura,
Fingiendo el loco, la grandeza ofreces.
Dexélos esperando coyuntura
Y ocasion mas secreta para dalles
Vejamen de su miedo, ó su locura.
Si encontraba poetas por las calles,
Me ponia á pensar, si eran de aquellos
Huidos, y pasaba sin hablalles.
Ponianseme yertos los cabellos
De temor no encontrase algun poeta,
De tantos que no pude conocellos;
Que con puñal buido, ó con secreta
Almarada me hiciese un abugero
Que fuese al corazon por via reta.
Aunque no es este el premio que yo espero
De la fama, que á tantos he adquirido
Con alma grata, y corazon sincero.
Un cierto mancebito cuellierguido,
En profesion poeta, y en el trage
A mil leguas por Godo conocido:
Lleno de presuncion y de corage
Me dixo: bien sé yo, señor Cervantes,
Que puedo ser poeta, aunque soy page.
Cargastes de poetas ignorantes,
Y dexastesme á mí, que ver deseo
Del Parnaso las fuentes elegantes.
Que caducais sin duda alguna creo:
Creo, no digo bien: mejor diria
Que toco esta verdad, y que la veo.
Otro, que al parecer de argenteria,
De nacar, de cristal, de perlas y oro
Sus infinitos versos componia,
Me dixo bravo, qual corrido toro:
No sé yo para que nadie me puso
En lista con tan barbaro decoro.
Asi el discreto Apolo lo dispuso,
A los dos respondí, y en este hecho
De ignorancia ó malicia no me acuso.
Fuime con esto, y lleno de despecho
Busqué mi antigua y lobrega posada,
Y arrogéme molido sobre el lecho:
Que cansa quando es larga una jornada.
[ADJUNTA AL PARNASO.]
Algunos dias estuve reparandome de tan largo viage, al cabo de los quales salí á ver y á ser visto, y á recebir parabienes de mis amigos, y malas vistas de mis enemigos, que puesto que pienso que no tengo ninguno, todavia no me aseguro de la comun suerte. Sucedió pues que saliendo una mañana del monesterio de Atocha, se llegó á mí un mancebo al parecer de veinte y quatro años, poco mas ó menos, todo limpio, todo aseado y todo crugiendo gorgoranes, pero con un cuello tan grande y tan almidonado, que creí que para llevarle fueran menester los hombros de otro Adlante. Hijos deste cuello eran dos puños chatos, que comenzando de las muñecas, subian y trepaban por las canillas del brazo arriba, que parecia que iban á dar asalto á las barbas. No he visto yo yedra tan codiciosa de subir desde el pie de la muralla donde se arrima, hasta las almenas, como el ahinco que llevaban estos puños á ir á darse de puñadas con los codos. Finalmente la exôrbitancia del cuello y puños era tal, que en el cuello se escondia y sepultaba el rostro, y en los puños los brazos. Digo pues que el tal mancebo se llegó á mí, y con voz grave y reposada me dixo: es por ventura vm. el señor Miguel de Cervantes Saavedra, el que ha pocos dias que vino del Parnaso? A esta pregunta creo sin duda, que perdí la color del rostro, porque en un instante imaginé y dixe entre mí: si es este alguno de los poetas que puse, ó dexé de poner en mi Viage, y viene ahora á darme el pago que él se imagina se me debe? Pero sacando fuerzas de flaqueza, le respondí: yo, señor, soy el mesmo que vm. dice: qué es lo que se me manda? El luego en oyendo esto, abrió los brazos, y me los echó al cuello, y sin duda me besára en la frente, si la grandeza del cuello no lo impidiera, y dixome: vm. señor Cervantes, me tenga por su servidor y por su amigo, porque ha muchos dias que le soy muy aficionado asi por sus obras, como por la fama de su apacible condicion. Oyendo lo qual respiré, y los espiritus que andaban al borotados se sosegaron: y abrazandole yo tambien con recato de no ajarle el cuello, le dixe: yo no conozco á vm. sino es para servirle; pero por las muestras bien se me trasluce que vm. es muy discreto y muy principal: calidades que obligan á tener en veneracion á la persona que las tiene. Con estas pasamos otras corteses razones, y anduvieron por alto los ofrecimientos, y de lance en lance me dixo: vm. sabrá, señor Cervantes, que yo por la gracia de Apolo soy poeta, ó á lo menos deseo serlo, y mi nombre es Pancracio de Roncesvalles. Miguel. Nunca tal creyera, si vm. no me lo hubiera dicho por su mesma boca. Pancracio. Pues porqué no lo creyera vm? Mig. Porque los poetas por marabilla andan tan atildados como vm. y es la causa, que como son de ingenio tan altaneros y remontados, antes atienden á las cosas del espiritu, que á las del cuerpo. Yo, señor, dixo él, soy mozo, soy rico, y soy enamorado: partes que deshacen en mí la flogedad que infunde la poesia: por la mocedad tengo brio; con la riqueza con que mostrarle: y con el amor con que no parecer descuidado. Las tres partes del camino, le dixe yo, se tiene vm. andadas para llegar á ser buen poeta. Pan. Quales son? Mig. La de la riqueza y la del amor. Porque los partos de los ingenios de la persona rica y enamorada son asombros de la avaricia, y estimulos de la liberalidad, y en el poeta pobre la mitad de sus divinos partos y pensamientos se los llevan los cuidados de buscar el ordinario sustento. Pero digame vm. por su vida: de qué suerte de menestra poetica gasta ó gusta mas? A lo que respondió: no entiendo eso de menestra poetica. Mig. Quiero decir que á qué genero de poesia es vm. mas inclinado? al lirico, al heroico, ó al comico? A todos estilos me amaño, respondió él; pero en el que mas me ocupo, es en el comico. Mig. Desa manera habrá vm. compuesto algunas comedias. Pan. Muchas, pero solo una se ha representado. Mig. Pareció bien? Pan. Al vulgo no. Mig. Y á los discretos? Pan. Tampoco. Mig. La causa? Pan. La causa fue, que la achacaron que era larga en los razonamientos, no muy pura en los versos, y desmayada en la invencion. Tachas son estas, respondí yo, que pudieran hacer parecer mal á las del mesmo Plauto. Y mas, dixo él, que no pudieron juzgalla, porque no la dexaron acabar segun la gritaron. Con todo esto la echó el autor para otro dia: pero porfiar, que porfiar: cinco personas vinieron apenas. Creame vm. dixe yo, que las comedias tienen dias, como algunas mugeres hermosas: y que esto de acertarlas bien, va tanto en la ventura, como en el ingenio: comedia he visto yo apedreada en Madrid, que la han laureado en Toledo: y no por esta primer desgracia dexe vm. de proseguir en componerlas, que podrá ser que quando menos lo piense, acierte con alguna que le dé credito y dineros. De los dineros no hago caso, respondió él; mas preciaria la fama, que quanto hay: porque es cosa de grandisimo gusto, y de no menos importancia ver salir mucha gente de la comedia, todos contentos, y estar el poeta que la compuso á la puerta del teatro, recibiendo parabienes de todos. Sus descuentos tienen esas alegrias, le dixe yo, que tal vez suele ser la comedia tan pesima, que no hay quien alce los ojos á mirar al poeta, ni aun él pára quatro calles del coliseo, ni aun los alzan los que la recitaron, avergonzados y corridos de haverse engañado y escogidola por buena. Y vm. señor Cervantes, dixo él, ha sido aficionado á la caratula? ha compuesto alguna comedia? Sí, dixe yo: muchas, y á no ser mias, me parecieran dignas de alabanza, como lo fueron: Los Tratos de Argel: La Numancia: La gran Turquesca: La Batalla Naval: La Gerusalen: La Amaranta ó La del Mayo: El Bosque amoroso: La Unica y la vizarra Arsinda, y otras muchas de que no me acuerdo; mas la que yo mas estimo, y de la que mas me precio, fue y es, de una llamada La Confusa, la qual, con paz sea dicho de quantas comedias de capa y espada hasta hoy se han representado, bien puede tener lugar señalado por buena entre las mejores. Pan. Y agora tiene vm. algunas? Mig. Seis tengo con otros seis entremeses. Pan. Pues porqué no se representan? Mig. Porque ni los autores me buscan, ni yo les voy á buscar á ellos. Pan. No deben de saber que vm. las tiene. Mig. Sí saben, pero como tienen sus poetas paniaguados, y les va bien con ellos, no buscan pan de trastrigo; pero yo pienso darlas á la estampa, para que se vea de espacio lo que pasa apriesa, y se disimula, ó no se entiende quando las representan; y las comedias tienen sus sazones y tiempos coma los cantares. Aqui llegabamos con nuestra platica, quando Pancracio puso la mano en el seno, y sacó dél una carta con su cubierta, y besandola, me la puso en la mano: leí el sobrescrito y vi que decia desta manera.
A Miguel de Cervantes Saavedra, en la calle de las Huertas, frontero de las casas donde solia vivir el Principe de Marruecos, en Madrid. Al porte: medio real, digo diez y siete maravedis.
Escandalizome el porte, y de la declaracion del medio real, digo diez y siete. Y volviendosela le dixe: estando yo en Valladolid llevaron una carta á mi casa para mí, con un real de porte: recibióla y pagó el porte una sobrina mia, que nunca ella le pagára; pero dióme por disculpa, que muchas veces me havia oido decir que en tres cosas era bien gastado el dinero: en dar limosna, en pagar al buen medico, y en el porte de las cartas ora sean de amigos, ó de enemigos, que las de los amigos avisan, y de las de los enemigos se puede tomar algun indicio de sus pensamientos. Dieronmela, y venia en ella un soneto malo, desmayado, sin garbo, ni agudeza alguna, diciendo mal del Don Quixote, y de lo que me pesó, fue del real, y propuse desde entonces de no tomar carta con porte: asi que, si vm. le quiere llevar desta, bien se la puede volver, que yo sé que no me puede importar tanto como el medio real que se me pide. Riose muy de gana el señor Roncesvalles, y dixome: aunque soy poeta, no soy tan misero que me aficionen diez y siete maravedis. Advierta vm. señor Cervantes, que esta carta por lo menos es del mesmo Apolo: él la escribió no ha veinte dias en el Parnaso, y me la dió para que á vm. la diese. vm. la lea, que yo sé que le ha de dar gusto. Haré lo que vm. me manda, respondí yo: pero quiero que antes de leerla, vm. me le haga de decirme, como, quando, y á qué fue al Parnaso? Y él respondió: como fui, fue por mar, y en una fragata que yo y otros diez poetas fletamos en Bercelona: quando fui, fue seis dias despues de la batalla que se dió entre los buenos y los malos poetas: a que fui, fue á hallarme en ella por obligarme á ello la profesion mia. A buen seguro, dixe yo, que fueron vms. bien recebidos del señor Apolo. Pan. Sí fuimos, aunque le hallamos muy ocupado á él, y á las señoras Pierides, arando y sembrando de sal todo aquel termino del campo donde se dió la batalla. Preguntéle para qué se hacia aquello, y respondióme, que asi como de los dientes de la serpiente de Cadmo havian nacido hombres armados, y de cada cabeza cortada de la Hidra que mató Hercules, habian renacido otras siete, y de las gotas de la sangre de la cabeza de Medusa se havia llenado de serpientes toda la Libia; de la mesma manera de la sangre podrida de los malos poetas que en aquel sitio havian sido muertos, comenzaban á nacer del tamaño de ratones otros poetillas rateros, que llevaban camino de henchir toda la tierra de aquella mala simiente, y que por esto se araba aquel lugar, y se sembraba de sal, como si fuera casa de traidores. En oyendo esto, abri luego la carta, y vi que decia.
[APOLO DELFICO]
A MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA.
SALUD.