—Será de ti...
—Sí, huye de mí! Me ha adivinado!
—Y ahora que le has cobrado ese apego a ese...
—Quieres decirme que huye de él?
—No sino de tu nuevo capricho...
—Capricho? capricho? capricho dices? Yo seré todo menos caprichoso, Antonia. Yo tomo todo en serio, todo, lo entiendes?
—Sí, demasiado en serio—agregó la mujer llorando.
—Vamos, no llores así, Antonia, mi santa, mi ángel bueno, y perdóname si he dicho algo...
—No es peor lo que dices, sino lo que callas.
—Pero, por Dios, Antonia, por Dios, haz que nuestra hija no nos deje; que si se va al convento, me mata, sí, me mata, porque me mata! Que se quede... que yo haré lo que ella quiera... que si quiere que le despache a Abelín, le despacharé...