—Y tú qué sabes?
—Por Dios, Joaquín, por Dios—suplicó la madre con lágrimas en la voz, llena de miedo ante la mirada y el tono de su marido.
—Déjanos, mujer, déjanos, déjanos a ella y a mí. Esto no te toca!
—Pues no ha de tocarme? Pero si es mi hija...
—La mía! Déjanos, ella es una Monegro, yo soy un Monegro; déjanos. Tú no entiendes, tú no puedes entender estas cosas...
—Padre, si trata así a madre delante mío, me voy. No llores, mamá.
—Pero tú crees, hija mía...?
—Lo que yo creo y sé es que soy tan hija suya como tuya.
—Tanto?
—Acaso más.