—Lo ves, Antonia, lo ves, no te lo decía?
—Y qué te decía, mamá?
—Nada, hija mía, nada; aprensiones, cavilaciones de tu padre...
—Pues bueno—exclamó Joaquín como quien se decide,—tú vas al convento para salvarme, no es eso?
—Acaso no andes lejos de la verdad.
—Y salvarme de qué?
—No lo sé bien.
—Lo sabré yo...! De qué? de quién?
—De quién, padre, de quién? Pues del demonio o de ti mismo.