—Comulgo cada semana, papá.
—Y se te antojan revelaciones de Dios los desvanecimientos que te suben del estómago en ayunas.
—Peores son los del corazón en ayunas.
—No, no, eso no puede ser; eso no lo quiere Dios, no puede quererlo, te digo que no lo puede querer!
—Yo no sé lo que Dios quiere, y tú, padre, sabes lo que no puede querer, eh? De cosas del cuerpo sabrás mucho, pero de cosas de Dios, del alma...
—Del alma, eh? Con que tú crees que no sé del alma?
—Acaso lo que mejor te sería no saber.
—Me acusas?
—No, eres tú, papá, quien se acusa a sí mismo.