—Qué?

—El temor de que mis recuerdos, de que mi historia me acompañen más allá de la muerte. Quién fuera usted, don Joaquín!

—Y si a mí me retuvieran en la vida, amigo mío, motivos como los de usted?

—Bah, usted es rico.

—Rico... rico...

—Y un rico nunca tiene motivo de queja. A usted no le falta nada. Mujer, hija, una buena clientela, reputación... qué más quiere usted? A usted no le desheredó su padre; a usted no le echó de su casa su hermano a pedir... A usted no le han obligado a hacerse un mendigo! Quién fuera usted, D. Joaquín!

Y al quedarse luego éste solo se decía: «Quién fuera yo! Ese hombre me envidia! me envidia! Y yo quién quiero ser?»


XXIX

Pocos días después Abelín y Joaquina estaban en relaciones de noviazgo. Y en su Confesión, dedicada a su hija, escribía algo después Joaquín: