—He ahí una cosa que no comprendo bien, amigo mío; no comprendo que nadie se disponga a dar la vida por poder ser otro, ni siquiera comprendo que nadie quiera ser otro. Ser otro es dejar de ser uno, de ser el que se es.
—Sin duda.
—Y eso es dejar de existir.
—Sin duda.
—Pero no para ser otro...
—Sin duda.
—Entonces...
—Quiero decir, don Joaquín, que de buena gana dejaría de ser, o dicho más claro, me pegaría un tiro o me echaría al río si supiera que los míos, los que me atan a esta vida perra, los que no me dejan suicidarme, habrían de encontrar un padre en usted. No comprende usted ahora?
—Sí que lo comprendo. De modo que...
—Que maldito el apego que tengo a la vida y que de buena gana me separaría de mí mismo y mataría para siempre mis recuerdos si no fuese por los míos. Aunque también me retiene otra cosa.