Ahora, para cumplir su obra, se contendría. Pobre Abel! La que le esperaba...! Y empezó a sentir desprecio y compasión hacia él. Mirábale como a un modelo y como a una víctima, y le observaba y le estudiaba. No mucho, pues Abel iba poco, muy poco, a casa de su hijo.
—Debe de andar muy ocupado tu padre—decía Joaquín a su yerno;—apenas parece por aquí. Tendrá alguna queja? Le habremos ofendido yo, Antonia o mi hija en algo? Lo sentiría...
—No, no, papá—así le llamaba ya Abelín,—no es nada de eso. En casa tampoco paraba. No te dije que no le importa nada más que sus cosas? Y sus cosas son las de su arte y qué sé yo...
—No, hijo, no, exageras... algo más habrá...
—No, no hay más.
Y Joaquín insistía para oir la misma versión.
—Y Abel, cómo no viene?—le preguntaba a Helena.
—Bah, él es así con todos!—respondía ésta.
Ella, Helena, sí solía ir a casa de su nuera.