XXXII

—Pero dime—le decía un día Joaquín a su yerno—cómo no se le ocurrió a tu padre nunca inclinarte a la pintura?

—No me ha gustado nunca...

—No importa; parecía lo natural que él quisiera iniciarte en su arte...

—Pues, no, sino que antes más bien le molestaba que yo me interesase en él. Jamás me animó a que cuando niño hiciera lo que es natural en niños, figuras y dibujos.

—Es raro... es raro...—murmuraba Joaquín.—Pero...

Abel sentía desasosiego al ver la expresión del rostro de su suegro, el lívido fulgor de sus ojos. Sentíase que algo le escarabajeaba dentro, algo doloroso y que deseaba echar fuera; algún veneno sin duda. Siguióse a esas últimas palabras un silencio cargado de acre amargura. Y lo rompió Joaquín diciendo:

—No me explico que no quisiese dedicarte a pintor...

—No, no quería que fuese lo que él...