Siguióse otro silencio, que volvió a romper, como con pesar, Joaquín, exclamando como quien se decide a una confesión:

—Pues sí, lo comprendo!

Abel tembló, sin saber a punto cierto por qué, al oir el tono y timbre con que su suegro pronunció esas palabras.

—Pues...?—interrogó el yerno.

—No... nada...—Y el otro pareció recojerse en sí.

—Dímelo!—suplicó el yerno, que por ruego de Joaquín ya le tuteaba como a padre amigo—amigo y cómplice!—aunque temblaba de oir lo que pedía que se le dijese.

—No; no, no quiero que digas luego...

—Pues eso es peor, padre, que decírmelo, sea lo que fuere. Además, que creo adivinarlo...

—Qué?—preguntó el suegro, atravesándole los ojos con la mirada.

—Que acaso temiese que yo con el tiempo eclipsara su gloria...