Y luego:

—Pero hablemos de otra cosa, y todo esto, hijo, como si no lo hubiese dicho. Lo has oído?

—No!

—Cómo que no?...

—Que no he oído lo que antes dijiste.

—Ojalá no lo hubiese oído yo tampoco!—y la voz le lloraba.


XXXIII

Solía ir Helena a casa de su nuera, de sus hijos, para introducir un poco de gusto más fino, de mayor elegancia, en aquel hogar de burgueses sin distinción, para corregir—así lo creía ella—los defectos de la educación de la pobre Joaquina, criada por aquel padre lleno de una soberbia sin fundamento y por aquella pobre madre que había tenido que cargar con el hombre que otra desdeñó. Y cada día dictaba alguna lección de buen tono y de escojidas maneras.

—Bien, como quieras!—solía decirle Antonia.