Y Joaquina, aunque recomiéndose, resignábase. Pero dispuesta a rebelarse un día. Y si no lo hizo fué por los ruegos de su marido.
—Como usted quiera, señora—le dijo una vez y recalcando el usted, que no habían logrado lo dejase al hablarle;—yo no entiendo de esas cosas ni me importa. En todo eso se hará su gusto...
—Pero si no es mi gusto, hija, si es...
—Lo mismo da! Yo me he criado en la casa de un médico, que es ésta, y cuando se trate de higiene, de salubridad, y luego que nos llegue el hijo, de criarle, sé lo que he de hacer, pero ahora, en estas cosas que llama usted de gusto, de distinción, me someto a quien se ha formado en casa de un artista.
—Pero no te pongas así, chicuela...
—No, si no me pongo. Es que siempre nos está usted echando en cara que si esto no se hace así, que si se hace asá. Después de todo no vamos a dar saraos ni tés danzantes.
—No sé de dónde te ha venido, hija, ese fingido desprecio, fingido, sí, fingido, lo repito, fingido...
—Pero si yo no he dicho nada, señora...
—Ese fingido desprecio a las buenas formas, a las conveniencias sociales. Aviados estaríamos sin ellas...! No se podría vivir!